Cine

Tamara García y la herencia de la histeria: cuando el cine reescribe el cuerpo

'Locas del ático' entra en la carrera hacia los Goya como un ensayo cinematográfico feroz y lúcido que reabre el archivo de Charcot para demostrar que la “histeria femenina” nunca fue una enfermedad, sino una forma histórica —y todavía vigente— de disciplinar el cuerpo y el relato de las mujeres.

Tamara García y la herencia de la histeria: cuando el cine reescribe el cuerpo
Tamara García y la herencia de la histeria: cuando el cine reescribe el cuerpo

Locas del ático, el cortometraje documental y experimental de Tamara García, llega a la “shortlist” de los Premios Goya casi como una rara avis. Hasta el 8 de enero, los académicos podían visionar y votar la película: feminista, ensayística y construida desde el archivo, un trabajo que revisita la histeria femenina, uno de los conceptos más persistentes y violentos de la historia moderna. No como patología, sino como ficción científica, una que todavía resuena en la manera en que el cine mira y escribe a las mujeres.

El proyecto parte del archivo fotográfico del neurólogo Jean-Martin Charcot, quien a finales del XIX definió la histeria como una enfermedad exclusivamente femenina. En la Salpêtrière de París, Charcot fotografió a mujeres internadas para demostrar la existencia de un mal que reunía síntomas físicos, emocionales y sociales. “Cuando vi esas imágenes por primera vez pensé que eran actrices”, confiesa la cineasta, quien ha dirigido previamente El cuerpo de la mujer sin sombra (2021) y Paraíso, cerca (2021). Las poses parecen teatrales, casi religiosas. Y lo eran, en cierto modo: cuerpos sometidos a hipnosis, éter o descargas eléctricas para producir una imagen convincente de la enfermedad.

El corto feminista 'Locas del ático'
El corto feminista ‘Locas del ático’

“Cada imagen del archivo me recordaba que el cuerpo femenino siempre ha sido un territorio narrativo ajeno, escrito por otros. Mi cine intenta devolvérselo a quien lo habita”, añade la cineasta, señalando que la memoria histórica no es un museo cerrado, sino un campo de intervención. Ese gesto fundacional -un hombre escribiendo el cuerpo de las mujeres bajo la autoridad de la ciencia- no se quedó en los manuales médicos. Se filtró en el lenguaje, en la cultura visual y, de manera especialmente persistente, en el cine. “La locura femenina es un cliché absoluto”, dice García, que cuestiona también cómo se han construido los personajes femeninos, las escenas de sexo o las emociones asignadas a una supuesta sensibilidad femenina.

“Cuando hablo de la histeria, no hablo de mujeres enfermas, hablo de cómo la cultura nos ha enseñado a mirarnos como enfermas. Y eso todavía nos atraviesa”, insiste, y esa afirmación atraviesa la película como un hilo invisible que conecta pasado y presente. En Locas del ático, el archivo no es pasado cerrado, sino materia viva. García introduce imágenes de castings de 1917 y las cruza con textos contemporáneos: frases que podrían circular hoy en cualquier conversación entre amigas. El humor, lejos de suavizar el discurso, lo afila. Señala una continuidad incómoda: la competencia por la atención, la necesidad de existir a través de la mirada del otro, no es solo histórica.
“El humor me permite señalar lo absurdo y lo doloroso al mismo tiempo. Es una forma de resistencia frente a siglos de representaciones que nos han negado la voz”, explica García, y sus palabras son un recordatorio de que el cine puede ser herramienta de crítica y cuidado al mismo tiempo.

Fotograma de 'Locas del ático'
Fotograma de ‘Locas del ático’

Defensora de las cuotas de género

El formato ensayo permite a la directora trabajar “con el tiempo”. No hay narración cerrada, sino un espacio que interpela a quien mira. Esa elección formal es política también. “Quería que el cortometraje fuera un espacio donde la duda no se cierre con una moraleja. Porque el cine, al igual que el cuerpo, no puede encerrarse en definiciones”, afirma. En un sistema cinematográfico competitivo y conservador, García defiende sin ambages las cuotas como herramienta de posibilidad: “muchas películas no existirían sin ellas. Las cuotas no son un premio ni un privilegio: son la posibilidad de que historias que importan lleguen a contarse. Sin ellas, muchas voces seguirían ausentes”.

Trabajar con los archivos históricos, dice, le hace sentir el peso de generaciones: “Pero también me da la oportunidad de dialogar con ellas, de reescribir lo que nos dijeron que éramos”. Ese diálogo es el corazón de Locas del ático, donde el pasado se cruza con la experiencia contemporánea y el cine se convierte en un lugar para cuestionar lo que damos por natural.

El corto gira en torno a una idea clave: mi cuerpo ha sido tu primer cine. García insiste: “Mi cuerpo ha sido tu primer cine, y eso no es un reproche, es un punto de partida. La película busca abrir preguntas, no cerrarlas”. Una frase que no busca clausura, sino apertura. Porque, como propone la película, quizá la tarea pendiente sea esa: volver a escribir el cuerpo, esta vez desde dentro, y ensayar otras formas de mirar que todavía están por venir.