“Lo que no puede ser, no puede ser, y además, es imposible”, solía repetir un veterano político de la transición aún con vida. Es la misma frase que no convenció lo más mínimo a la norteamericana Lindsey Vonn, de 41 años, a la hora de rehusar a tomar parte en la prueba de descenso de los Juegos Olímpicos de Invierno de Milán-Cortina D’Ampezzo. Desaconsejada por los médicos, y con la rodilla izquierda totalmente destrozada, se atrevió a tomar la salida ayer contra viento y marea. No era ninguna inexperta ni alguien que desconociera los peligros de la nieve. De hecho, conocía la zona a la perfección porque había ganado allí con anterioridad en 12 ocasiones. Era una esquiadora que acumulaba 84 victorias –a solo dos del mítico esquiador sueco Ingemar Stermmark- y eran sus quintos Juegos Olímpicos. Con ese cartel de presentación se merecía una oportunidad. Era, como dirían los taurinos, elegir entre puerta grande o enfermería.
El sábado quiso probarse y las cosas salieron mejor que bien. Quedó la tercera. Acariciaba la posibilidad de reeditar el oro olímpico que ya había conseguido en Vancouver hace 16 años. Ayer, antes de terminar la cuenta atrás en el interior del cajón de salida, repitió los gestos habituales. Clavó bien sus bastones en la nieve, cogió impulso con su cuerpo y cuando le dieron la salida se ayudó por tres veces en sus bastones para coger velocidad y emprender una veloz bajada donde podía llegar a alcanzar en algunos tramos los 130 km/h. No llevaba ni doce segundos sobre los esquíes cuando, tras sortear las primeras puertas de la prueba, su cuerpo se desequilibró y chocó violentamente contra la nieve. El impacto fue brutal. A consecuencia de la velocidad a la que bajaba descendió de espaldas varios metros más hasta que se quedó inmóvil boca arriba gritado “help” (ayuda) de forma agónica. Una imagen que, por desgracia, no era nueva para la esquiadora de Minnesota.
Su reto de subir a lo más alto del pódium con 41 años y su cuerpo maltrecho presentaba tintes de heroicidad o temeridad, según quién quiera valorar su arrojo. Hasta la fecha solo habían conseguido ese galardón tres mujeres después de atravesar la barrera de los cuarenta. La primera fue una norteamericana de nombre Eliza Pollock. Lo logró hace más de un siglo en la prueba de tiro con arco disputada en los Juegos Olímpicos de Saint Louis (1904) cuando le faltaban solo dos meses para cumplir los 64. Las otras dos fueron la inglesa Queenis Newell, a los 53 años en Londres (1908), y su compatriota, la ciclista Kristin Armstrong a los 41 años en Rio de Janeiro (2016). No hay constancia de que ninguna otra mujer haya logrado un hito semejante a esa edad en otra cita olímpica, ya sea de verano o de invierno.

De ahí que la proeza que Lindsey Vonn tenía metida entre ceja y ceja haya sido objeto de todo tipo de comentarios durante los últimos días. Y no solo por un tema de edad. Lo único que rondaba por la cabeza de la norteamericana era acudir a toda costa a los Juegos Olímpicos de Invierno que se disputan en Cortina D’Ampezzo (Italia) desde el pasado viernes sin importarle los posibles peajes que habría que pagar después. Sus rodillas estaban destrozadas. La derecha hace años que no pasa desapercibida en los controles de los aeropuertos puesto que tiene más titanio que hueso fruto de una degeneración tricompartimental . Aún así, después de que hace cinco años anunciara su retirada de la alta competición por esa lesión, la pasada temporada decidió dar marcha atrás.
Daba la impresión de que los resultados avalaban su arriesgada decisión tras sendas victorias el año pasado en las pruebas de descenso de St. Moritz y Altenmarky-Zauchensee. Todo se torció el pasado 31 de enero a raíz de que la esquiadora perdiera el equilibrio durante una carrera de la Copa del Mundo disputada Crans-Montana y chocara contra las redes protectoras. Tardó bastante tiempo en levantarse. Entonces, empezaron a saltar todas las alarmas. Un helicóptero la trasladó a un hospital cercano, lo mismo que ocurrió ayer tras su caída en Cortina D’Ampezzo. Una vez allí, descubrió que le había sucedido algo muy común entre los esquiadores. Un chasquido cuando el ligamento se rompe es el sonido que nadie quiere oír. Y lo peor no es eso. Es el intenso dolor que produce, seguida de una inflamación de la rodilla. La media estimada para una recuperación total de este tipo de lesiones es de entre seis o doce meses. No le importó correr riesgos. Era plenamente consciente de que el precio a pagar puede ser muy alto en forma de una inestabilidad articular crónica o de lesiones meniscales y de cartílagos que degeneren en una dolora artrosis los próximos años.
Su penúltima lesión, con rotura completa del ligamento cruzado anterior, iba unida a un edema óseo que, además de provocar rigidez en la zona resulta bastante doloroso, y a un desgarro en el menisco que solo se cura a base de mucho hielo y de reposar con la pierna elevada. En teoría, parecía fuera de combate. Al menos, eso fue lo que pensaron los que no la conocen realmente. Se ganó a pulso la fama de haber sido la paciente más desobediente y obstinada del hospital. Su respuesta con mensaje incluido a los incrédulos se produjo este mismo viernes en forma de vídeo en Instagram en el que aparecía realizando sentadillas, zancadas laterales y saltos sobre una caja con una férula sujetando su rodilla izquierda. Y todo al ritmo de la canción de Andy Grammer Don’t give Up on Me, que habla de luchar por la persona a la que se ama, aún en tiempos difíciles. Toda una declaración de intenciones.
Su historia se asemeja mucho a la de la esquiadora de montaña Ana Alonso que estuvo a punto de ver frustrado su sueño de competir en estos Juegos Olímpico de Invierno. La granadina fue atropellada a mediados de septiembre por un coche cuando pedaleaba con su bicicleta. El parte médico era un rosario de malas noticias a medida que se iba leyendo: rotura de ligamento LCA y LCI con edema óseo en la rodilla, fisura de maléolo y luxación acromioclavicular. Pese a todo, decidió no operarse. La moneda salió cara puesto que hace solo dos semanas consiguió junto al catalán Oriol Cardona un más que meritorio segundo puesto en la prueba de relevo mixto de la Copa del Mundo disputada en la estación ilerdense de Boi Taüll. De momento, la cosa pinta bien para Ana Alonso, que también competirá en la prueba de sprint donde también tiene grandes posibilidades de colgarse una medalla.
¿Tiene sentido que alguien con un patrimonio de unos 14 millones de euros arriesgue su salud por un oro olímpico?. Lindsey Voon no tuvo dudas. “Mi vida no gira en torno a las carreras de esquí. Soy una mujer a la que le encanta esquiar. No tengo problemas de identidad, sé exactamente quién soy. Estuve retirada durante seis años y tengo una vida increíble. No necesito esquiar, pero me encanta esquiar. Vine aquí para participar en unos Juegos Olímpicos y voy a dar lo mejor de mí. Así de simple”. Esa fue la manera que escogió para expresarse públicamente y que demuestra que prioriza el deporte sobre el resto de las cosas mundanas.

Lo del romance de la norteamericana y la nieve viene desde los dos años cuando esquiaba en Burnsville (Minnesota) antes de ir a Vail (Colorado) para mejorar su técnica acompañada de sus padres (Alan y Lindy) y de sus cuatro hermanos menores Karin y los trillizos Dylan, Laura y Reed. Pronto se pudo comprobar que aquella adolescente tenía madera de campeona. Destacó en los Juegos Olímpicos Junior y en competiciones nacionales e internacionales de niñas de su edad. Su carrera deportiva parecía no tener fin. Con solo 14 años fue la primera estadounidense en ganar el Trofeo Topolino (Italia) y en 2001 consiguió su primera victoria en una competición oficial de la Federación Internacional de Esquí.
Su presencia en cualquier competición se antoja inexcusable. Su estreno en una cita olímpica se produjo en su país, más en concreto en Salt Lake City (2002), y pasó un tanto desapercibida. Ya en la temporada 2004-05 finalizó en primera posición en seis pruebas de la Copa del Mundo, pero fue su incorporación al Proyecto Especial de Atletas de Red Bull, dirigido por Robert Trenkwalder, entrenador que cooperaba con el equipo estadounidense de esquí, lo que supuso una gran progresión en su carrera. Lo demuestra el hecho de que 2009 fue el año que marcó su ascenso definitivo al olimpo de los campeones proclamarse doble ganadora en descenso y supergigante y revalidar el de campeona en la general de la Copa del Mundo.
A lo largo de su carrera deportiva obtuvo una medalla olímpica de oro en descenso y otras dos de bronce, una de ellas en supergigante. Era la auténtica reina de la velocidad. Además, ganó ocho medallas (dos oros, tres platas y tres bronces) en el Campeonato Mundial de Esquí Alpino entre 2007 y 2019, al margen de haber logrado 84 victorias -récord absoluto en categoría femenina que hasta 2016 ostentaba Annemarie Moser-Pröll con 63-, y 143 podium en la Copa del Mundo, una competición que lideró en cuatro ocasiones: 2008, 2009, 2010 y 2012. Otro hito de su carrera se produjo a comienzos de la temporada 2011-12 con su victoria en el eslalon gigante de la Copa del Mundo, en Sölden (Austria), que la situó entre el reducido grupo de esquiadoras con triunfos en las cinco disciplinas.
En 2019 obtuvo la medalla de bronce en el Campeonato del Mundo disputado en Äre convirtiéndose así en la primera mujer en conseguirlo a una edad tan tardía para una deportista de elite. Sin embargo, los problemas físicos ya empezaban a pasarle factura y ese mismo año decidió retirarse, un anuncio que coincidió en el tiempo con la concesión del premio Princesa de Asturias. Durante los años que estuvo alejada de las pistas tuvo que afrontar el difícil trance del fallecimiento de su madre, Linda, que en agosto de 2022 fue diagnosticada de Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA). Ambas estaban muy unidas como lo demostró en redes sociales. “Falleció pacíficamente mientras sostenía su mano, exactamente un año después de su diagnóstico. Estoy muy agradecida por cada momento que tuve con ella, pero también estoy agradecida de que ya no esté sufriendo y ya esté en paz. Era una luz brillante que nunca se desvanecer”. Esa vena de escritora la trasladó a un libro sobre sus memorias titulado Rise: My Story que se publicaron en 2022 y fue un éxito de ventas del New York Times.
De su vida privada se comenta más bien poco. Habla alemán con fluidez porque pasa largas temporadas en Austria. De su vida sentimental la revista People cita varias parejas como el golfista Tiger Woods, un jugador de los New Jersey Devil que llegó a ser All Star en la NHL llamado P. K. Subban, un afamado técnico de la NFL como Kenan Smith o el esquiador Thomas Vonn con quien estuvo casada cuatro años. El último acompañante con el que se dejó ser es el empresario español Diego Osorio aunque la cosa parece que ya no va muy bien. La imagen de Lindsey Vonn tampoco pasó desapercibida para la prensa –ha sido portada de Time y de Sport Illustrated– ni para las grandes marca comerciales como Rolex, Red Bull o Yniq. También creó en 2014 una fundación que lleva su nombre en favor del empoderamiento de las jóvenes.
