FÚTBOL

Una final escolar en Edimburgo, dos trofeos distintos y una realidad incómoda

El episodio revela una desigualdad persistente en el desarrollo del fútbol femenino.

No fue el pitido final o el marcador lo que dejó a las niñas del South Morningside Primary School con una sensación incómoda al final de aquella tarde de verano en Edimburgo. 

Ganaron la final del torneo escolar, celebraron como lo hacen los equipos que aún no han aprendido a disimular la alegría y bajaron del campo convencidas de haber hecho algo importante. La duda llegó después, en el momento del premio.

Mientras el equipo masculino recibía el trofeo habitual del campeonato, a ellas se les entregó una pequeña copa de plástico.

No se trataba de un error ni un problema organizativo. Era el premio previsto, y la pregunta apareció de forma casi automática: “¿No somos lo suficientemente buenas?”. Se preguntaban las niñas de entre diez y doce años.

Cuando el gesto también importa

La desigualdad en el deporte rara vez se presenta como un conflicto directo. Suele instalarse a través de decisiones asumidas como normales: un premio distinto, una ceremonia menos cuidada, una atención menor.

También en cómo se consume el fútbol femenino. Partidos que no siempre se emiten en abierto, horarios de retransmisión menos accesibles y ruedas de prensa posteriores que, en muchos casos, no se ofrecen con la misma regularidad que las del fútbol masculino

Estos detalles no cambian el resultado del partido, pero sí la forma en que se acompaña y se valida el esfuerzo. Ese aprendizaje empieza pronto, tal como lo han vivido las niñas en esa final, y, se mantiene en el tiempo.

El malestar no fue solo cosa de las jugadoras. Tom Wills, entrenador del equipo, reconoció después que le preocupaba que el tamaño del trofeo acabará reduciendo la sensación de logro.

Habían ganado un torneo exigente y el reconocimiento no parecía estar a la altura. Durante esos días, explicó, intentó que las niñas pusieran el foco en el camino recorrido y en el trabajo hecho para llegar hasta allí, más que en el objeto recibido.

Un reflejo que viene de la élite

Durante años, en las grandes competiciones internacionales, los símbolos, trofeos, ceremonias, y premios, tardaron en acompañar una igualdad que ya existía sobre el césped.

No fue hasta ediciones recientes cuando torneos como la Copa Mundial Femenina de la FIFA comenzaron a cuidar esos aspectos con una atención similar a la del fútbol masculino.

Ese avance simbólico, sin embargo, no ha eliminado la desigualdad estructural. El crecimiento del fútbol femenino en visibilidad y seguimiento convive todavía con una brecha económica evidente y con diferencias en los reconocimientos que siguen marcando distancias.

La comparación lo hizo visible

En Edimburgo, la desigualdad se hizo evidente al coincidir ambos torneos en la misma jornada. Ver los trofeos juntos fue suficiente para que la diferencia dejará de ser abstracta.

El propio presidente de la asociación organizadora reconoció después su incomodidad al comprobarlo. Aunque no era un problema nuevo, hasta entonces no había sido cuestionado

Una respuesta directa

La reacción a este precedente no llegó desde una campaña ni desde un comunicado institucional. Llegó en forma de carta que escribieron las propias jugadoras, explicando por qué aquel premio no reflejaba lo que habían logrado.

Semanas después, recibieron un nuevo trofeo, del mismo tamaño que el del campeonato masculino.

Lo que queda

No cambiaron el resultado ni reescribieron el torneo, pero sí cerraron la historia de otra manera. En un deporte donde la desigualdad sigue teniendo una dimensión económica y simbólica clara, incluso en los detalles, episodios como este ayudan a entender cómo se construyen las diferencias desde la base.