Opinión

La ciencia del futuro

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El 11 de febrero, Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, regresa con un despliegue impecable de actividades, lemas y buenas intenciones. Charlas, talleres, exposiciones, rutas urbanas, teatro, videojuegos educativos, campañas institucionales. En los idiomas oficiales, en cada comunidad, España entera parece decir al unísono: estamos en ello. La pregunta incómoda —la única que merece un artículo de opinión— es otra: ¿estamos de verdad en ellos, o una vez más, celebramos el deseo más que el resultado?

La conmemoración, impulsada por Naciones Unidas desde 2015, llega en 2026 con un lema ambicioso: aprovechar las sinergias entre la inteligencia artificial, las ciencias sociales, las STEM y el sistema financiero para construir un futuro inclusivo. Dicho así, suena a programa de gobierno global. Analizado con honestidad, suena también al diagnóstico correcto de un problema mal resuelto: la ciencia no se basa solo en la vocación, requiere una estructura; no demanda talento que no pueda hallar acomodo en un sistema; y, por mucho que se repita, no se alimenta tanto de la inspiración (en eso comparte mito con la literatura) como de instituciones que garanticen su permanencia.

Los organismos públicos se movilizan. El Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades recuerda —con datos de Científicas en Cifras 2025— que se ha avanzado pero que sigue siendo necesario “poner la atención” en una ciencia que no discrimine. Prestemos atención a la frase, porque es reveladora: poner la atención. ¿Pero es que abordamos un problema de mirada, de mantenerse alertas o es que no existen ni los medios ni la intención de mejorar el diseño?

Las mujeres ayudaron en muchos aspectos del proyecto, incluidas la soldadura, la gestión del panel de control e incluso la ciencia nuclear.
Departamento de Energía de EE. UU.

El Consejo Superior de Investigaciones Científicas programa más de 220 actividades bajo el lema Todas hacemos ciencia. Rutas con científicas por Chamberí, exposiciones como Ocultas en el Museo Nacional de Ciencias Naturales, teatro documental, homenajes a Dorotea Barnés. Cultura, memoria, divulgación. Todo necesario. Todo valioso. Pero también todo insuficiente si no se traduce en carreras sostenidas y no en biografías interrumpidas.

Porque la pregunta no es si hay niñas interesadas. Ya sabemos que las hay. Ni la carencia de mujeres brillantes. Las hay —y muchas—. La pregunta es por qué, a medida que avanzan los tramos de edad y poder, desaparecen. Por qué el entusiasmo escolar no se convierte en liderazgo científico, por qué la excelencia no garantiza estabilidad, por qué la maternidad sigue siendo un punto de inflexión y no una variable integrada. Por qué no se cuida a las científicas ya formadas, con una carrera que depende de proyectos y becas precarias, y se sigue buscando que más y más entren en una, nunca mejor dicho, carrera de ratas.

Y otra pregunta incómoda surge con dónde suele ponerse el foco mediático. Por ejemplo, en los laboratorios donde no hay pancartas pero sí resultados. El equipo que dirige Mariano Barbacid, pionero en la investigación del cáncer de páncreas en modelos animales, está formado mayoritariamente por mujeres. Nadie lo haya diseñado; han podido quedarse. El sistema —en ese caso concreto— no las ha expulsado. Ese dato, casi anecdótico, dice más sobre igualdad real que cien campañas urbanas. La igualdad no se mide por la foto, sino por la retención del talento.

También el Instituto de Salud Carlos III y sus centros adscritos —CNIC, CNIO, CIBER— abren sus puertas a alumnado de Primaria. El Centro para el Desarrollo Tecnológico y la Innovación habla de transferencia tecnológica con perspectiva de género. El Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas celebra sus décimas jornadas dedicadas a niñas y jóvenes. La Agencia Estatal de Investigación lanza campañas de inspiración. La Agencia Espacial Española muestra referentes femeninos en astronomía. El Instituto de Astrofísica de Canarias hace lo propio.

La pregunta vuelve a imponerse: ¿qué pasa después?¿Quién garantiza contratos estables? ¿Quién corrige evaluaciones sesgadas? ¿Quién adapta los tiempos de la ciencia a los tiempos de la vida? ¿Quién asume que la conciliación no es una concesión, sino una condición de calidad científica?

Incluso las instituciones privadas y educativas lo reconocen ya sin rodeos. Inspiring Girls, universidades, centros de posgrado coinciden en el diagnóstico: la brecha empieza pronto, se afianza por estereotipos y se consolida por incompatibilidad con la vida real. Dicho de otro modo: no perdemos talento por falta de vocación, sino por agotamiento.

Por eso el lema Todas hacemos ciencia resuena potente pero también puede funcionar como anestesia. Porque si todas hacemos ciencia, ¿por qué no todas decidimos? ¿Por qué no todas dirigimos? ¿Por qué no todas llegamos?

Por necesario que parezca el 11 de febrero no es suficiente. Celebrar sin reformas suena demasiado a marketing institucional, y ya estamos hartas de eso. La ciencia del futuro —esa que mezcla inteligencia artificial, ciencias sociales y financiación— solo devendrá inclusiva si deja de tratar la igualdad como un evento más y empieza a tratarla como parte de la infraestructura.

Cuando eso ocurra, cuando no haga falta subrayar que un equipo puntero lo componen mujeres, cuando no sorprenda que una científica tenga vida, hijos, ambición y poder, entonces sí: ese día ya no celebraremos una promesa, sino una realidad.

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