En Florida, estos días, las iguanas parecen caer del cielo. Las temperaturas más bajas registradas desde que existen mediciones las paralizan y precipitan por centenares desde los árboles. Hace apenas dos semanas, lo que ocurrió en Sicilia rozó lo inverosímil. Tras días de lluvias intensas, el suelo arcilloso de Niscemi cedió y un deslizamiento de tierras de varios kilómetros fue desgarrando la meseta sobre la que se asienta la localidad, dejándola literalmente partida en dos, con casas asomadas al vacío. En Grazalema, el espectáculo es distinto, pero igual de inquietante. El agua brota incluso de los enchufes. Tres escenarios, tres latitudes, un mismo recordatorio: la naturaleza no improvisa. Obedece leyes geológicas, térmicas y físicas solo caprichosas cuando olvidamos escucharlas.

En este municipio gaditano lo que está pasando responde a procesos hidrológicos y geológicos bien conocidos, según nos explica Juan José Durán, geólogo del Instituto Geológico Minero (IGME) y especialista en los sistemas de karst del sur de la Península. La localidad se asienta sobre un macizo kárstico de calizas jurásicas, un tipo de roca altamente permeable, atravesada por grietas, galerías y cavidades formadas a lo largo de miles de años por disolución. “Los acuíferos kársticos son formaciones geológicas permeables tanto por fracturación como por disolución, generalmente desarrolladas en rocas carbonáticas como calizas o dolomías”, indica Durán. A diferencia de otros acuíferos, en los que el agua se almacena lentamente en los poros de la roca, los sistemas kársticos concentran el flujo en conductos subterráneos bien definidos, lo que acelera de forma notable la circulación del agua.
Efecto esponja
Esta diferencia es clave para entender lo ocurrido. Un acuífero normal se comporta como una esponja. El agua se infiltra y se difunde poco a poco. En los acuíferos kársticos, en cambio, el agua circula por grietas, galerías y cuevas, lo que hace que la respuesta a la lluvia sea mucho más rápida. Cuando las precipitaciones son persistentes e intensas, como en este episodio, el sistema se satura en muy poco tiempo. El agua recarga el acuífero, eleva bruscamente el nivel piezométrico y llena cavidades que, en condiciones normales, permanecen vacías durante años o incluso décadas.

En condiciones naturales, ese exceso de agua rebosa por fuentes y manantiales. Pero cuando el volumen es excepcional, el sistema busca nuevas vías de salida siguiendo las zonas de menor resistencia. El agua puede emerger por puntos donde nunca se había observado, incluso por el interior de las casas. No se trata de que el subsuelo se rompa o colapse, sino de que el acuífero activa rutas que forman parte de su funcionamiento natural, aunque invisibles en periodos secos. El trazado urbano, con cimientos, sótanos y canalizaciones, se superpone a este sistema sin llegar a controlarlo del todo.
Desde el punto de vista estadístico, episodios como el de Grazalema ya no pueden considerarse anomalías excepcionales. Los registros pluviométricos muestran una tendencia clara hacia precipitaciones más intensas y concentradas en periodos cortos, un patrón consistente con los escenarios climáticos proyectados para el Mediterráneo. Este tipo de lluvias no solo incrementa el volumen de agua, sino que reduce el tiempo de respuesta de los sistemas naturales, forzando acuíferos, suelos y laderas más allá de su capacidad de amortiguación. En entornos kársticos, esta dinámica amplifica los riesgos de surgencias incontroladas y afecciones a infraestructuras, aunque no implique una degradación estructural del terreno.
La roca no se debilita
“Grazalema no está asentada sobre tierra blanda, sino sobre roca caliza, que es muy sólida”, subraya Durán. La roca no se debilita ni se vuelve inestable tras episodios como este. “La única modificación que se puede haber producido es la generación de alguna cavidad o la limpieza del relleno de alguna preexistente”.
Una de las claves del episodio es, precisamente, su carácter transitorio. Debido a la rapidez con la que circula el agua, el sistema también se vacía con relativa rapidez una vez cesan las lluvias. En cuanto deje de llover, el nivel del agua irá descendiendo y las surgencias desaparecerán progresivamente, quedando activas solo las fuentes y manantiales habituales. La espectacularidad del fenómeno no implica necesariamente consecuencias permanentes.

¿Por qué cruje la tierra?
Tampoco existe relación entre este fenómeno y los pequeños movimientos sísmicos registrados recientemente. Se trata de procesos completamente independientes. “Los movimientos sísmicos -advierte el geólogo- están producidos por movimientos en fallas activas, o sea con actividad reciente, en los últimos miles o decenas de miles de años. Las lluvias no tienen relación alguna con los movimientos sísmicos”.
Las lecciones que deja Grazalema van más allá del episodio concreto. La primera es que este tipo de inundaciones hidrogeológicas son posibles y están bien descritas por la ciencia, aunque su manifestación resulte sorprendente para la población. La segunda es que el riesgo no depende solo del clima, sino de la planificación territorial.
Aunque precipitaciones como esta son poco frecuentes en otros lugares de la geografía española, existen muchos acuíferos similares. La prevención no solo reduce daños materiales y riesgos para la población, sino que resulta mucho más eficaz, y menos costosa, que la reparación posterior.
A la espera de analizar con calma, una vez terminado el proceso, qué ha pasado y qué consecuencias finales ha tenido, Durán extrae una primera advertencia: “Lo que ha sucedido, una inundación hidrogeológica, con subidas rápidas de centenares de metros del nivel freático es posible….” Grazalema no es una excepción ni un error de la naturaleza. Es un recordatorio de que vivimos sobre sistemas complejos, activos y con memoria. Ignorarlos tiene resultados.
