En los pactos pasa como en las discusiones… Dos no discuten si uno no quiere, y dos no pactan si una de las partes no está por la labor. Visto lo ocurrido en las últimas horas en Extremadura me da la sensación de que Vox se siente más cómodo en el choque con Guardiola que en la negociación, y de ahí ese “no” rotundo que ayer entonaba su secretario general, Ignacio Garriga. Es cierto que, normalmente, en las primeras fases de este tipo de conversaciones suele haber una gran parte de drama y de teatralización, pero ahora mismo todo indica que aquí no va a haber un cambio de guion y que los de Abascal están dispuestos a forzar una repetición electoral si los populares no pasan por el aro de todas sus exigencias. En Vox saben que, a día de hoy, poco o nada les penaliza, y pueden arriesgarse a jugar esa baza donde haga falta.
Tampoco ayuda que desde el PP se diga primero que quieren negociar la abstención del PSOE para, pocas horas después, rectificar y decir que la negociación es con Vox. Y en esta formación, claro, lo ven todo como un “win win”: Si el PSOE se abstuviera (cosa bastante improbable, todo sea dicho), se presentarían como la oposición en la Asamblea regional y, si hubiera que volver a las urnas, siempre cabría la posibilidad de crecer todavía más.
Algunos están deslizando ya la idea de que Guardiola no es la candidata adecuada para ganar la investidura y que, quizá con un cambio de nombres, Vox se podría replantear la situación, pero aquí hay un factor a tener en cuenta: que un 42,3 por ciento de los extremeños votaron el pasado 21 de diciembre a Guardiola, frente a un 16,9 que apoyaron a Óscar Fernández, el candidato verde. ¿Por qué habría pues que cambiar? Sería lo mismo que pensar que, si el PP ganara las elecciones y tuviera que negociar con Vox, Abascal pudiera exigir que el presidente del Gobierno no fuera Feijóo, sino otro candidato.
Abascal quiere absorber el voto del cabreo, el del desahogo, el de los que creen que el actual sistema ya no puede resolver sus problemas, por eso llama de manera despectiva “los políticos” a los representantes de PP y PSOE, como si él mismo no fuera tan político como ellos, o no fuera un fiel representante de esos dirigentes que han vivido de la política prácticamente toda su vida.
Lo que chirría mucho es que los que dicen que hay que acabar con este Gobierno sanchista hagan todo lo posible por poner trabas a las posibilidades de hacerlo. A no ser que su estrategia sea la de ir tirando de inestabilidad en las regiones para desgastar al PP de cara a las generales. Pablo Iglesias quiso ser Sánchez, Albert Rivera quiso ser Rajoy, pero, al igual que le ocurrió a Ícaro sus ansias acabaron derritiendo sus alas. Que tomen nota algunos.
