Confusión, miedo y culpa: el caso del hermano de Ansu Fati vuelve a poner el foco en la sumisión química

La investigación por una presunta agresión sexual vuelve a poner en primer plano una violencia difícil de detectar, marcada por la confusión, las lagunas y la sospecha de haber sido drogada

En 2022 se investigaron 1.648 casos sospechosos de agresiones sexuales por sumisión química
KiloyCuarto

La investigación abierta por los Mossos d’Esquadra sobre una presunta agresión sexual por sumisión química en Barcelona en la que estaría implicado el hermano del futbolista Ansu Fati ha puesto de nuevo sobre la mesa un patrón que se repite en muchas agresiones sexuales: la confusión de la víctima, las lagunas de memoria y la sospecha de haber sido drogada.

Según ha trascendido, la joven que relató los hechos manifestó sentirse desorientada, no recordar con claridad lo ocurrido y sospechar que pudo haber sufrido una incapacidad química. Por ahora no consta una denuncia formal, pero sí diligencias policiales preliminares, una situación habitual en este tipo de casos, en los que la víctima tarda en comprender qué ha vivido y en decidir cómo actuar.

Ese desconcierto inicial —no saber qué ha pasado, pero intuir que algo grave ha ocurrido— no es excepcional. Es, de hecho, una de las huellas más características de las agresiones sexuales cometidas bajo sumisión química.

No entender qué ha ocurrido, pero tener la intuición persistente de que sabes lo que no recuerdas, así funciona la sumisión química
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“Sabes que algo ha pasado, aunque no lo recuerdes”

Despertarse desorientada, desnuda, confundida. No entender qué ha ocurrido, pero tener la intuición persistente de que sabes lo que no recuerdas. Así describen muchas mujeres el impacto inicial de una agresión sexual con sumisión química, una violencia que no siempre deja recuerdos claros, pero sí una sensación profunda de vulneración.

En España, este tipo de agresiones creció un 75 % entre 2021 y 2022. Según el Instituto Nacional de Toxicología y Ciencias Forenses, en 2022 se analizaron 1.648 agresiones sexuales con sospecha de sumisión química, frente a las 950 del año anterior: casi cinco casos al día. Sin embargo, ese aumento no se ha traducido en un seguimiento institucional acorde a la magnitud del problema.

Cuando la prueba desaparece y la duda se instala

Uno de los mayores obstáculos para las víctimas es que la prueba suele desaparecer antes de que puedan reaccionar. Las sustancias empleadas —alcohol, GHB, benzodiacepinas, ketamina u otras— permanecen poco tiempo en el organismo, lo que dificulta su detección si la mujer no es consciente de lo ocurrido en las primeras horas.

Esa dificultad probatoria no invalida la vivencia, pero sí deja a muchas víctimas atrapadas en la duda. La psicóloga experta en trauma Noemí Álvarez Boyero lo ve a menudo en consulta. “Si me veo desnuda, la sensación de vulnerabilidad y de humillación es peor porque mi cabeza intenta hacer un puzle del que no tiene piezas”, explica. “No te viene ninguna imagen, ningún recuerdo. La confusión da muchísimo miedo. Entras en pánico porque no sabes qué ha ocurrido”.

Ese vacío no tranquiliza. “No saber lo que han hecho con tu cuerpo es demoledor emocionalmente”, subraya. “La sensación de falta de control es muy humillante”.

El cuerpo recuerda aunque la memoria no lo haga

Aunque la memoria consciente falle, el cuerpo suele conservar huellas del trauma. “Hay mujeres que no recuerdan imágenes, pero sí sensaciones”, explica Álvarez Boyero. Dolores persistentes, impulsos motores, reacciones físicas que reaparecen ante estímulos de alerta. “Son memorias corporales alteradas por el trauma. A veces no hay palabras ni imágenes, solo sensaciones”.

Culpa, silencio y dificultad para denunciar

A la confusión se suma la culpa. “Cuando la agresión es por sumisión química es todavía más desconcertante porque no recuerdas bien cómo has llegado hasta ahí ni lo que ha pasado”, explica la psicóloga. “Entonces, la culpa y la vergüenza se multiplican”.

Esa falta de relato es una de las razones por las que las denuncias son menos frecuentes. “Es muchísimo más complicado que encontremos denuncias por sumisión química”, señala. “La duda se les hace tremenda. No tienen relato. Y como saben que no lo tienen, con mucha menor probabilidad van a denunciar”.

Una violencia que no siempre deja recuerdos, pero sí huella

El caso que afecta al entorno de Ansu Fati sigue en una fase inicial, sin imputaciones ni acusaciones formales. Pero vuelve a poner el foco en una realidad que se repite: una violencia sexual que no siempre deja recuerdos claros ni pruebas inmediatas, pero sí una huella profunda en quienes la sufren.

Entender esa experiencia —la confusión, el miedo, la duda— es clave para no convertir la falta de memoria en una nueva forma de silencio.

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