La historia de Izaro, o la cara y la cruz de romper el silencio tras una agresión sexual

El testimonio de Izaro visibiliza el apoyo colectivo que surge cuando una mujer habla, pero también el acoso, la exposición y el abandono institucional

Izaro sobrevivió a una agresión sexual. Ahí debería haber terminado la violencia, pero no lo hizo, solo cambió de forma. Su testimonio es otro jarro de agua fría —uno más— que muestra cómo se sienten y qué les ocurre a las mujeres que denuncian violencia sexual: la exposición, la sospecha, el abandono institucional y una violencia que no cesa, sino que se transforma.

“Había amigas que me hablaban del caso y yo no sabía cómo decirles que era yo”.

El primer golpe llegó muy pronto. Apenas dos días después de la agresión, Izaro descubrió que su caso ya circulaba públicamente, sin sus datos personales, pero también sin su consentimiento. “Yo me vi expuesta en todos los lados”, relata. Personas de su entorno comenzaron a hablarle de la agresión sin saber que ella era la víctima. “Había amigas que me hablaban del caso y yo no sabía cómo decirles que era yo”.

Esa exposición sin nombre ni rostro fue, para Izaro, la primera forma de violencia institucional.

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Mientras ella quedaba expuesta, su agresor no tenía restricciones para salir del país. “No le quitaron el pasaporte y se marchó”, denuncia. El hombre huyó a Mali. “Ahora estamos con el proceso judicial abierto y no sabemos ni cuándo va a ser el juicio, ni si va a venir”.

“Me tocó un juez que me trató como si yo fuera la acusada, la agresora”

Tras su paso por los juzgados, la experiencia no supuso un espacio de reparación. Izaro lo resume así: “Me tocó un juez que me trató como si yo fuera la acusada, la agresora. Me sentí totalmente desprotegida y avergonzada de mí misma”, explica.

Fue después de todo eso cuando decidió hablar públicamente. En septiembre publicó un vídeo en el que puso palabras a lo ocurrido: “El 8 de septiembre del año pasado sufrí una violación en Bilbao. Aceptarlo me ha costado mucho porque me da mucho asco, vergüenza y miedo. Siento que no he vuelto a ser la misma chica que era antes de aquel día”.

Lo que Izaro no sabía entonces era cómo iba a reaccionar una parte de la sociedad ante el relato de una violencia sexual. Tras hacer público su testimonio, su caso fue utilizado e instrumentalizado políticamente por sectores que lo vincularon al origen migrante de su agresor. Entre ellos, Vox, a quienes ella misma señala. “Yo no quería tener nada que ver con la extrema derecha”, explica. Esa exposición forzada abrió la puerta a una nueva fase de violencia.

“Seguro que te gustó”, “se la chupaste y ahora denuncias”

A partir de ese momento, el acoso se volvió constante. Izaro empezó a recibir insultos, burlas y mensajes de odio de forma reiterada en redes sociales. Algunos la culpaban de la agresión; otros se burlaban abiertamente de ella. Entre los mensajes que recibió había frases como “seguro que te gustó”, “se la chupaste y ahora denuncias”, o “si te suicidas harías un favor”, además de amenazas de violación y de muerte.

Uno de esos mensajes, especialmente violento, marcó un punto de inflexión. Al hacerlo público, otras mujeres comenzaron a reconocer al autor y su vinculación con entornos ultras del fútbol. En los días posteriores, decenas de mujeres rompieron el silencio y compartieron en redes sociales y plataformas feministas relatos de acoso, amenazas y agresiones sexuales sufridas en contextos relacionados con grupos de aficionados, entre ellos personas vinculadas a Herri Norte Taldea.

El abrazo que no esperaba

La ola de testimonios ha tenido un fuerte impacto social y mediático. Algunos de estos colectivos se han visto obligados a realizar comunicados públicos rechazando la violencia machista y anunciando expulsiones, mientras distintas instituciones reclaman que se investiguen los hechos y se proteja a las mujeres que han decidido hablar.

Para Izaro, ese momento ha sido un abrazo que no esperaba. Frente al aislamiento vivido hasta entonces, el apoyo colectivo de otras mujeres le ha permitido, por primera vez, no sentirse tan sola.

Ese apoyo, sin embargo, no detiene la violencia. Poco después, Izaro se convierte en objetivo de un nuevo perfil con decenas de miles de seguidores en redes sociales, que comienza a difundir contenidos burlándose de su violación. Publica vídeos, imágenes y mensajes en los que ridiculiza el delito, la señala directamente y la expone ante su audiencia. En algunos momentos llega a subir varios vídeos diarios centrados exclusivamente en ella.

La violencia vuelve a escalar. A las humillaciones se suman nuevas amenazas y campañas de linchamiento digital. Sus seguidores comienzan a acosarla de forma coordinada, con denuncias masivas para intentar cerrar sus cuentas, mensajes incitando al suicidio y amenazas dirigidas también contra su familia. “Saben de dónde soy”, explica Izaro, en referencia a la difusión de su localidad, un dato que incrementa su miedo por su seguridad y la de su madre.

“Como es por redes, no se lo toman en serio”

Pese a la gravedad de los hechos, la respuesta judicial vuelve a ser mínima. El acoso se clasifica como un delito leve por producirse en redes sociales. Esa calificación implica que Izaro no tiene derecho a abogada de oficio ni a medidas de protección específicas. “Como es por redes, no se lo toman en serio”, denuncia. “Si esto pasara en la calle, ya habrían hecho algo”.

Desde entonces, Izaro continúa expuesta, acosada y sin protección efectiva. “Estoy humillada, amenazada, y nadie hace nada”, resume. Su caso vuelve a poner sobre la mesa una realidad que se repite: la violencia digital machista sigue siendo tratada como una agresión menor, incluso cuando se ejerce de forma sistemática contra una víctima de violencia sexual, con derechos y protegida por la ley.

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