Una habitación propia
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‘Tierra de lobos’, el tiempo y me confunden con un notario en la misma semana

Ocurrió en un concierto que ofreció el príncipe de O’Donnell hace unos días en Morocco. El príncipe de O’Donnell es, probablemente, uno de los mejores teclistas del barrio. Y es de mi generación. El caso es que poco antes del show, yo todo pantalón vaquero pitillo, camisa denim as well, fular rojete y Mahou en astillero, se me acerca un tipo con cara de Salamanca o Retiro y me pregunta muy amablemente:

—Perdona, ¿eres Álvaro de la Rasi*** , el notario?

—No, lo siento —respondí con el mismo tono afable, mientras Fabrizio el espagueti roquero se descojonaba.

—Ah, joer, perdona, es que eres igualito —concluyó, con el mismo tono amable de ascensor.

Al instante, como te podrás suponer, dejé de concentrarme en las chucherías que el teclado del príncipe escupía y mi mente cambió a la pantalla qué-hubiera-sido-de-mi-vida-si-hubiese-sido-notario, algo completamente imposible por variadas razones. Serán los cincuenta, y tampoco te voy a contar ninguna novedad, pero el tiempo y sus tres estados divinos, el que fue, el que pudo ser y el que será, se me están apareciendo últimamente a los pies de la cama, dándole vueltas la cabeza, como la pequeña Regan de El exorcista.

Y que te confundan con un notario tampoco ayuda.

(…)

Días después acudí a la presentación, en la lustrosa y señorial sede de esta santa casa, de la segunda y magnífica novela de David Lorao, Tierra de lobos (Dolmen), moderada por la ubicua María Serrano, referente en la edición cultural y una de las curadoras del relato periodístico que está por venir, aunque ella aún no lo sepa. David Lorao tiene treinta y tres años y escribe novelas-western, un ¿género/contexto? completamente disruptivo en nuestro país y del que David es el máximo exponente. En un momento dado de la presentación, se habló del pavor que el escritor tiene al paso del tiempo, cosa que me hizo removerme en la silla. Me pareció adorable que una persona casi veinte años menor que yo ya tuviera ese tipo de preocupaciones. Me vi a mí mismo a esa mítica edad y no encontré ningún recuerdo existencialista. Y me pareció que el autor tenía una madurez y una sensibilidad adelantadas a su época, algo que no necesariamente es una ventaja.

La época, el paso del tiempo, ese monstruo.

Ese monstruo se materializó después de la presentación cuando en francachela acompañamos a David, a su mujer y a otro grupo de escritores y periodistas a tomar algo. Casi todos eran treintañeros y pronto apareció el Abismo de Helm que hay entre ellos y yo. Tampoco voy a contar todo lo que hablamos, pero surgieron los temas estándar, como la aventura de vivir en Madrid y, por extensión, el acceso a la vivienda en el modelo pequeño burgués. Me parecieron todos efebos lustrosos, un poco perdidos y naif, pero mucho más felices y solidarios que los de mi quinta. Y digo más solidarios porque no necesitan competir entre ellos, entre otras cosas, porque no hay liga para sus presupuestos. Si nosotros sabíamos que, tragando paladas de mierda, currando como cerdos, aguantando (ellas) sobradas machirulas y humo en la cara, podíamos acceder a una hipoteca del 115% para el adosado en Majadahonda, el BMW Serie 3 y, si seguimos comiendo camiones de estiércol, podríamos incluso tener un par de hijos, tres, y mandarles a Estados Unidos un curso escolar, viaje anual en familia cruzando el charco, esquiar, tenis, guitarra, equitación, música y piano, estos davides de mármol ni se plantean tamaña distopía capitalista. Habitación en piso compartido, apartamentos en el solar donde brillan los Rayos C y cartel de “No Se Admiten Niños”. Madrid, esa bimbo recauchutada, les ha expulsado de su seno y amamanta a sus nuevas criaturas de oro, chándal ceñido, cenas a las siete de la tarde, perritos pequeños y gafas de sol grandes. Y pensé, mientras los miraba, relajados y despreocupados, que eran ellos, una editora de cultura, una enfermera, varios periodistas y dos escritores con novelas publicadas en el expositor de La Casa del Libro, quienes dominarán el relato en los próximos años, robándoles el fuego a los cipotudos de la Tercera Vía. Y nos guiarán con su revólver por el desfiladero de la creatividad y del arte, aunque no tengan bajo con jardín, Audi Q5 o reserva en Baqueira. Y me sentí bien. Muy bien. Como una buena herencia colocada ante notario, ese notario que por un instante fui en la cabeza de un pureta random.

Al llegar a casa y dormirme, soñé que me llamaba Álvaro y que estaba en mi despacho de suelo crujiente y boiserie firmando compraventas en venezolano, mientras sonaba en el Spotify “My Generation“, de los Who. ¿Quién si no?

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