“Aquí nada tiene sentido, ni siquiera lo que no tiene sentido”. En esa frase aparentemente simple se condensa el territorio moral que recorre Tierra de lobos, la segunda novela de David Lorao: un mundo donde no existe redención posible, donde Dios guarda silencio y donde la violencia no es una excepción, sino la forma natural que adopta la existencia. Lorao regresa al imaginario del western para despojarlo de épica y convertirlo en una herramienta de exploración humana, levantando el retrato de un hombre que se transforma en leyenda al mismo tiempo que se vacía por dentro.
Tras Al filo del ocaso (2023), el autor zaragozano consolida una voz reconocible dentro de un western crepuscular entendido no como decorado, sino como espacio simbólico. En Tierra de lobos, el polvo, las armas y los caminos abiertos funcionan como superficie de algo más profundo: una tragedia moral sobre identidad, memoria y ambición, sobre el deseo de ser alguien en un mundo que solo parece recordar a quienes han dejado una estela de sangre.

El protagonista, John Butcher, aparece desde la primera página como un anciano aislado en Yellowrock, consciente de que un grupo de hombres se aproxima para matarlo. No huye. No suplica. No se engaña con promesas de salvación. Ha matado muchas veces, no se arrepiente y sabe que su nombre genera un eco. Ese punto de partida instala al lector ante una voz incómoda: la de alguien que no busca justificarse, pero tampoco absolverse.
La novela se articula en dos grandes movimientos que dialogan entre sí. Por un lado, el pasado que explica cómo John se convierte en mito. Por otro, el presente de un hombre que vive acompañado únicamente por un lobo herido al que decide no sacrificar. Entre ambos tiempos se despliega la gran pregunta del libro: qué parte de una historia pertenece a la verdad y cuál a la necesidad humana de fabricarse una leyenda.
La figura de James Abbott, forajido carismático al que John termina matando, actúa como detonante. Abbott no es solo un enemigo: es un espejo. Es quien le pone nombre al territorio moral que pisan: “tierra de lobos”, que es un estado del alma más que una geografía: un lugar habitado por hombres que han aceptado comportarse como depredadores. Cuando John cruza esa frontera, aunque no lo verbalice, su condena queda sellada.
Uno de los mayores aciertos de Lorao es la manera de representar la violencia. No hay estilización ni heroísmo. Cada muerte deja residuos: sospecha, culpa, paranoia, soledad. John no se destruye por un único acto, sino por acumulación. La violencia opera como una sustancia lenta que va erosionando todo lo que toca, incluido el propio relato que el protagonista construye sobre sí mismo.

El paisaje de Blackwood refuerza esa lógica. No es un simple escenario, sino una prolongación de los personajes. Pueblos demasiado perfectos para ser reales, caminos que no conducen a ningún refugio, territorios donde la sensación de encierro se impone incluso al aire libre. En este universo, Dios es ausencia. La fe aparece como último gesto desesperado, nunca como respuesta. Tampoco el amor funciona como salvación. Las relaciones están atravesadas por la necesidad, el interés o la manipulación. Lorao dibuja así un mundo sin instancias superiores que ordenen el caos: solo quedan las decisiones individuales y el peso de sus consecuencias.
La elección de la primera persona refuerza ese planteamiento. Todo pasa por la voz de John Butcher, una voz que no garantiza verdad absoluta. El lector se convierte en juez involuntario, obligado a decidir qué creer, qué poner en duda y qué asumir como autoengaño. Esa incomodidad es parte central del dispositivo narrativo.
La aparición del lobo en la segunda parte introduce una capa simbólica esencial. John cree ver en el animal un reflejo de sí mismo: herido, solitario, desconfiado. Durante un tiempo se convence de que lo ha salvado. Pero cuando el lobo se une a una manada y se marcha sin mirar atrás, John comprende algo devastador: nunca fue su dueño, nunca fue imprescindible. La naturaleza no necesita héroes ni verdugos.
El cierre de la novela condensa su tesis con una claridad demoledora: los lobos cazan para sobrevivir; los hombres matan para ser recordados. En esa diferencia mínima se sostiene todo el edificio moral de Tierra de lobos. La ambición de dejar huella, de no ser un cadáver anónimo, empuja a John a convertirse en algo que ya no reconoce como humano.
Con esta novela, David Lorao confirma que su proyecto literario no pasa por revisitar el western desde la nostalgia, sino por usarlo como un laboratorio ético. Tierra de lobos no busca tranquilizar ni consolar. Acompaña al lector en una zona incómoda: la de aceptar que, a veces, convertirse en leyenda es solo otra forma de quedarse completamente solo.
