En el libro Nunca delante de los criados, de Frank Victor Dawes (publicado en España por Periférica), el autor buscó en 1972 testimonios de gente que hubiera trabajado de criado en casas señoriales, ya fuera a través de cartas de sus antepasados o a través de narraciones orales. El resultado fue desolador. Tras las estancias principales estaban la explotación, la humillación, la desesperanza. Mujeres (casi siempre mujeres) que trabajaba hasta 18 horas a cambio de techo, comida, y poco más. Mujeres a la que llamaríamos, strictu senso, criados: una familia pobre le entregaba una niña a una familia rica y éstos la tenían a su servicio durante muchos años a cambio de casi nada. La situación cambiaba si la joven conseguía casarse tras encontrar novio en algún día libre. De ahí pasaba a servir a su marido y a sus hijos, pero al menos lo hacía en un hogar. Penosísima situación que hoy día añoran los señoritos españoles de toda la vida (esos que Iñigo Onieva quiere que sean el grueso de su club privado al que no le auguro ni dos años de vida) y a la que se refieren como “vocación de servicio”. De señoritos y caciques en España sabemos mucho, y tenemos grandes obras literarias que exploran esta realidad, desde Los santos inocentes hasta La barraca pasando por las viñetas de La oficina siniestra o La familia Cebolleta. Hacemos chistes del señorito, nos reímos, pero al final estamos en sus manos, y a veces hay gente tan tonta que está feliz de tal condición (se llaman a si mismos “políticamente incorrectos”). El mundo eduardiano de los sirvientes se sostenía sobre la idea de la fortaleza, no tanto sobre la de la opulencia. El lujo – eso lo sabe bien el dinero viejo – es una horterada.
Pero el dinero viejo se muere, se agota. Se han ganado demasiados derechos como para que se mantenga. Se han subido los impuestos y aquí a nadie le renta nada. Cuando un rico (alguien razonablemente rico, o directamente millonario) dice que no gana dinero (sic) lo que quiere decir en realidad es que no gana todo el dinero que le gustaría. Esto lo aprendí de la peor manera, trabajando para un tirano, caprichoso, avaro y vil. Sus allegados dicen que es “un niño grande”. Yo digo que es un descomunal pedazo mierda, porque me gusta llamar al pan, pan, y al vino, vino. Volviendo al tema, el niño grande de las narices decía que con aquello con lo que estábamos él no ganaba dinero. Cada dos meses hacía un viaje de lujo con una cohorte de entre seis y diez personas. Hoteles de cinco estrellas, pasaje en primera para todos, restaurantes caros, y estancias de entre siete y diez días. Mientras tanto en la siniestra oficina la gente bajaba la cabeza y trabajaba; nunca decían nada malo (se rumoreaba que había cámaras y micrófonos, cosa que para mi sorpresa resulta que es legal) y siempre aceptaban de buena gana esas jornadas de entre diez y catorce horas. “Somos tontos” me decía yo mientras hacía otra hora más. Luego firmábamos como si hubiéramos estado el tiempo legal. Todo esto sucede en España, y lo anterior en Inglaterra.
Dubai – donde el lujo está bien visto y el lenocinio está prohibido a pesar de ser el epicentro mundial de la prostitución – ha sido bombardeado en el creciente conflicto de Oriente Medio. Tras unos momentos de conmiseración, los videos subidos a redes sociales por presuntas influencers, presuntas vendedoras de propiedades y presuntos yotubers nos han llevado a desear el mal ajeno. Gente alejada de la realidad que vive o pernocta en una isla artificial con forma de palmera donde no hay derechos laborales y donde cualquier forma de explotación está permitida. Trabajadores de países pobres de Asia y África acceden a Emiratos Árabes con visados que controlan sus patronos. Reciben pagos incompletos, techo, comida, y unas condiciones que provocan no pocas muertes, muertes ocultadas deliberadamente por un sistema opaco que permite que haya miles de pedorros y pedorras sacándose fotos en yates, coches de lujo, y restaurantes de otras y champán.
Este contexto inmoral es aplaudido por personas que llegan a millones de jóvenes, a empresas que contratan a esas personas para anunciar sus marcas (¿quién no querría asociar su marca a la explotación más vil?) y a deportistas retirados para jugar en las ligas de los jeques de estos petroestados. El lujo casi siempre se sostiene sobre la explotación de muchos. ¿Es un lujo contemplar una puesta de sol en un acantilado? Sí. Pero nadie muere de calor. ¿Es un lujo viajar a Dubai para comer un chuletón envuelto en oro? Sí, pero a qué coste.
El problema de fondo es que quizás sea imposible construir una gran civilización sin explotar a una mayoría desfavorecida. En la lectura materialista de la historia tal vez deberíamos replantearnos eso de los pueblos primitivos. Un pueblo que no tiene que conquistar a otro para prosperar es más avanzado que uno que necesita esclavizar a todo el que pueda. El problema de fondo es que la vida, querámoslo o no, se sostiene sobre el sufrimiento. Si no es el propio es el ajeno. Y es el sistema que tenemos. Leí hace poco (citado en el libro Teenage. La invención de la juventud, escrito por Jon Savage y publicado en España por Despera Ferro) que lo que ha hecho avanzar a la humanidad no han sido los grandes pensadores, sino los grandes corazones. Me quedaré con esta idea, alimentando la esperanza de que en este turbocapitalismo aparezca, de repente, un gran corazón con el poder de hacer la vida más llevadera y más justa.
