Muchas veces pensamos que podemos controlar algunas o incluso muchas cosas que suceden en nuestra vida o en nuestro trabajo. Que las situaciones que vivimos son como son y acontecen como acontecen porque nosotros nos encargamos de que sean así, que nosotros las controlamos. Pero la realidad es la contraria. La realidad es que no tenemos el control de casi nada.
Lo que sucede es que la mayoría de las veces las cosas ocurren, tal y como esperábamos que fueran, o tal y como las habíamos planificado, y por eso pensamos que tenemos las cosas bajo nuestro control. Pero no es así, no tenemos casi nada bajo nuestro control.
Es muy difícil de admitir que casi todos se nos escapa de las manos, y que esto pasa con cosas muy pequeñas y con grandes acontecimientos en nuestras vidas, por más que intentemos que todo siga el curso que trazamos. Lo curioso es que sigamos pensándolo, y que sigas encontrándote a gente que piensa que puede controlar las cosas e incluso lo verbaliza: «si yo controlara esto, saldrían las cosas de otra manera», escuchas a menudo.
Si algo demuestra la ciencia y particularmente los experimentos científicos es que sólo cuando se pueden controlar todas las variables uno puede predecir el resultado, y la pregunta sería: ¿cuántas veces ocurre esto en nuestras vidas? Es decir, ¿cómo podemos saber siquiera cuáles son las variables que influyen en todo lo que sucede en nuestras vidas?
Hace un año por estas fechas, sin ir más lejos, un apagón que afectó a todo el país nos demostró que las circunstancias pueden cambiar en un segundo y que no podemos hacer nada, que todo queda fuera de nuestro control.

En 1975, la psicóloga Ellen Langer definió la ilusión del control como un sesgo cognitivo donde las personas creen que pueden influir en los resultados que dependen sólo del azar. Esto sucede porque las personas aplican comportamientos lógicos que requieren habilidad a situaciones que dependen solo de la suerte.
En la vida no todo sea cuestión de suerte, pero da igual, porque tampoco sabremos nunca qué ha determinado que se haya producido un acontecimiento y no otro, y es que sólo un narrador omnisciente, un dios, podría tener la capacidad de conocer cada detalle para después conectar todo con todo y explicar por qué las cosas suceden como suceden, pero esto sólo ocurre en la literatura o en el cine, y también sólo a veces, que cuántos cambios de guion inesperados acontecen en el último momento en la literatura, en el cine, y en la vida.
Epicteto, ya hace unos dos mil años, nos advirtió de que casi nada de lo que es externo a nosotros está bajo nuestro control, que sólo podemos controlar lo que sentimos en relación con lo que sucede a nuestro alrededor. Y llegados a este punto, no diré que todo es Providencia, por más que existan personas que se entreguen a ella ciegamente y hagan proselitismo, porque yo sí creo que, si uno no se pone en el camino para conseguir ciertas cosas, es probable que esas ciertas cosas nunca sucedan. Pero tal vez sólo si dejamos de creer que podemos controlar todo o casi todo, evitaremos frustraciones continuas a lo largo del camino.
Quizá tenemos que asumir que esa es nuestra limitada vida, que no podemos controlar casi nada, que si debido a la ilusión del control, creemos que podemos controlar hasta lo que depende de la suerte, como no pensar que podemos controlar otras cosas que no dependen exclusivamente del azar. Quizá tenemos que hacernos conscientes de nuestra limitación y aceptar que nuestra limitada naturaleza humana no puede cambiar muchas cosas ni hacer que las cosas no sean como son, ni como nosotros queremos que sean.
Por eso tal vez deberíamos al menos intentar no querer controlarlo todo y recordar lo que Mary Oliver nos decía en uno de sus poemas: let the rose be a rose. Y dejar a las rosas ser simplemente rosas.
