Opinión

Justicia poética

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Amaneció Sant Jordi en Cataluña con la llamada del secesionismo a quemar los libros de Eduardo Mendoza, estableciendo puntos de contacto para que las hogueras de San Juan contaran con literario combustible. Les horroriza, a mis conciudadanos nacionalistas, que un catalán escriba en español, como si los genes catalanes imprimieran carácter lingüístico y quienes los ostentamos no pudiéramos escribir más que en catalán, obviando que muchos lo hacemos en español, en inglés o en francés, por ejemplo, según el contexto y el destino de la publicación. Les gusta el reduccionismo de campanario y, con ello, la limitación de los derechos lingüísticos que todos tenemos reconocidos legalmente, conforme al Derecho internacional, europeo, nacional y autonómico, puesto que tales derechos son titularidad de las personas y no de territorios o supuestas “entidades nacionales”.

Y es que son tan, tan, tan reduccionistas, nuestros conciudadanos nacionalistas, que parecen desconocer la fascinación por el fuego que ha existido desde los orígenes de la humanidad. Nuestros prehistóricos ancestros prácticamente lo adoraban por facilitarles la vida. Posteriormente, a medida que fuimos evolucionando, el fuego fue adquiriendo valor como símbolo ambivalente, como renacimiento, como destrucción, como rebeldía, como ruptura del orden, como purificación… según quien lo estuviera utilizando.

Quizás la simbología más conocida, seguramente por reciente, ha sido su uso por el nacionalsocialismo, con sus marchas de antorchas, su quema de libros… Pero Goebels no hizo sino manipular y usar en su favor, el fuego que, como destrucción aparece en la más variada literatura: La Ilíada, Cumbres Borrascosas, el mismo Apocalipsis, la Divina Comedia, el Ave Fénix….. o el incendio de Roma en la época de Nerón.

¿Quién no se ha sentido fascinado por los duendecillos de las llamas, frente a la chimenea, en una adolescencia en la que nos subyugaba Herman Hesse, con Demian o El lobo estepario? La transformación interior, la iluminación espiritual, el conocimiento doloroso, la conjunción entre pasión y peligro… destruir el yo antiguo para dar paso al “hombre nuevo”….

No sé si todo esto subyace en la fijación catalana, o quizás mejor barcelonesa aunque en otras ciudades y pueblos también existe, consistente en quemar todo aquello que molesta. La Semana Trágica de 1909, a principios del siglo XX es una buena muestra de ello, conjuntamente con la quema de conventos en mayo de 1931, dando lugar al símbolo de la “Rosa de fuego”, ofreciendo una imagen de Barcelona, desde la montaña del Tibidabo, en la que las hogueras humeantes simulaban, por los colores entremezclados, rosas humeantes, entre las llamas y la humareda.

Esta afición ha perdurado en el tiempo. “La Rosa de Foc no claudica”, fue la consigna de Arran (las juventudes de la CUP) durante los disturbios de 2019, tras la sentencia del Tribunal Supremo condenando a los líderes del golpe. Barcelona volvió a arder por los cuatro costados durante dos días consecutivos. Subías a Collserola, al Tibidabo, y volvías a ver las rosas de humo y llamas. Comparé fotografías del momento con las del siglo pasado y parecía que el tiempo no hubiera transcurrido.

También les gustan las marchas de antorchas, que son para ellos un ritual político y simbólico muy potente. Seguramente saben que lo han heredado de grandes tradiciones: las marchas totalitarias del siglo XX, principalmente nazis y fascistas, las marchas conmemorativas cubanas en honor a José Martí y, también, cómo no, las del totalitario y racista Ku Klux Klan estadounidense. A mí no me amedrentan especialmente, pero no me gustaban una pizca cuando, en la Universidad Autónoma de Barcelona, nos sorprendían en la noche, con sus vestimentas negras y cara tapada modo de “ninjas”, o nos “esperaban” con su “bon cop de falç” (buen golpe de hoz) en las puertas de las Facultades cuando pretendían boicotear cualquier acto que nos les satisficiera. En una ocasión tuvieron que desalojarnos por la salida de emergencia del tejado de una facultad porque un centenar de tales facinerosos, antorchas humeantes, bloqueaban las salidas a pie de calle.

Así las cosas, pues ahora les ha dado por la quema de libros. Tengo catalogadas, es decir, con documento probatorio, las que fueron organizadas por la Deutsche Studentenschaft (asociación estudiantil nazi) dentro de la campaña Aktion wider den undeutschen Geist (Acción contra el espíritu no alemán) a las órdenes de Gooebles, casi todas en plazas universitarias. He estado en dos de ellas, la de Berlín y la de Heidelberg, que cuentan con placas que rememoran lo que nunca debió suceder. Puedo asegurar que, incluso en estos días, poner los pies en donde se pretendió que la cultura se sometiera al estado nazi, definiendo la quema como “purificación” cultural, como limpieza espiritual destinada a expulsar todo lo que se considera “degenerado”, “judío”, “marxista” o “antinacional”, como ritual de regeneración del “espíritu alemán”, para crear una comunidad nacional homogénea, en la que pensar diferente es ser enemigo, te provoca estremecimientos.

Te los provoca porque, entre otras cosas, la quema de libros pretendida contra la obra de Eduardo Mendoza, no está al margen de estas pretensiones. No eres buen catalán si escribes en español y, por ello, te conviertes en el enemigo a abatir. No formas parte de esa sociedad homogénea pretendida por el nacionalismo si defiendes una Cataluña plural, como lo es España y Europa, fundamentada en los valores constitucionales y europeos y, por ello, pretenden condenarte al ostracismo. Al fuego con todo, para “purificar” las mentes, despojándolas de elementos extraños a lo que consideran “nacionalmente homologable”.

Sin embargo, como lo que pretende ese reduccionismo intelectual no casa con la realidad, hete aquí que, en esta fiesta de Sant Jordi, la de la rosa y el libro, las rosas no eran de fuego y humo y los libros, los más vendidos durante esa entrañable fiesta, fueron precisamente los de Eduardo Mendoza. Justicia poética.

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