Hacía poco que Estados Unidos había legalizado el voto femenino, uno de los más trascendentes triunfos del movimiento por la emancipación de la mujer. Eran los felices veinte y las flappers retratadas por Scott Fitzgerald desafiaban el machismo imperante conduciendo coches, fumando en público, bailando desaforadamente y con su corte de pelo a lo garçon. La mujer conquistaba justa y necesariamente el papel que se le había negado en la sociedad occidental, tácita o explícitamente, a lo largo de siglos. Aunque pasarían décadas hasta conseguirlo plenamente, se había hecho mucho en muy poco tiempo. Pero eso tuvo también por consecuencia que, conseguida la meta común del voto, sufragistas y pioneras feministas descubrieran que aunque eran iguales al hombre, quizá no eran tan iguales entre ellas.
A las modernas flappers que manejaban hombres y coches con la misma soltura y descaro, mientras sostenían un vaso de whisky en algún recóndito speakeasy, contoneándose al ritmo de la infernal música negra de jazz, respondían aquellas feministas por la temperancia que habían contribuido a la Prohibición del alcohol —y con ello indirectamente al nacimiento del crimen organizado—, apoyaban políticos conservadores e incluso movimientos de extrema derecha evangélicos, radicales y racistas. Al tiempo que defendían la escolarización obligatoria, la educación igualitaria, la prohibición de la explotación infantil y los derechos de las madres trabajadoras, apoyaban la segregación, abogando por la prohibición del matrimonio interracial y la total separación entre población blanca y negra. Por la criminalización de las parejas mixtas y una escala de derechos totalmente distinta para blancos y negros. Incluso para blancos anglosajones protestantes y el resto de la población de cualquier otro credo o extracción étnica diferentes a los suyos. Con el voto recién conquistado, muchas lo entregaron a políticos reaccionarios y xenófobos. Fue así como el diez de junio de 1923 se formaba en Arkansas la organización nacional Mujeres del Ku Klux Klan (WKKK), con sede en Little Rock (condado de Pulaski).

Hasta ese momento, las mujeres del Klan se habían limitado a participar de forma externa, ayudando en su papel de esposas, amas de casa y madres, confeccionando uniformes, banderas e insignias, preparando provisiones para sus expediciones punitivas. En definitiva, dedicándose amorosamente a sus labores. Al fin y al cabo, uno de los fines declarados de aquel primer Ku Klux Klan fundado poco después de la Guerra Civil en Tennesse, era proteger a las desvalidas mujeres blancas de los salvajes príapos negros que, de acuerdo con la propaganda, andaban a su caza y captura para violarlas brutalmente, atraídos por su pureza virginal.
Tras eclipsarse en la década de 1870, el KKK renació con mayor celo racista si cabe hacia 1915, con un vigor que extendió el movimiento más allá de sus aparentes fronteras naturales del Sur, sumando entre tres y seis millones de seguidores en toda la Unión, desfilando descaradamente en público por las calles, en lugar de permanecer escondido en sus esotéricos rituales nocturnos de antaño. Ahora, si bien los negros seguían siendo su blanco principal (no pun intended), sus objetivos eran mucho más amplios, abarcando católicos, judíos, asiáticos, mormones, socialistas e izquierdistas, inmigrantes, sindicalistas y hasta propietarios de salones de baile y locales de espectáculos, cines y teatros. Los mismos a los que otras mujeres liberadas pero también liberales acudían, para escándalo de machistas, misóginos y carcamales varios.

Ese fue el momento en que las mujeres del Klan tomaron el poder, o, al menos, una parcela de este. La expresidenta del capítulo de Arkansas de la Unión Femenina por la Templanza, Lulu Markwell, se convirtió en primera Comandante Imperial del WKKK. Renunciaría a su puesto en 1924, siendo sucedida por su secretaria, Robbie Gill, quien poco después contrajo matrimonio con el abogado James Comer, Gran Dragón del Klan de Arkansas, personaje fundamental para convencer al Klan de dar su visto bueno a la organización femenina. De hecho, algunos miembros masculinos habían sido instrumentales en la formación de las varias sociedades secretas supremacistas de mujeres, con nombres tan encantadores como Las Kamelias (con K de Klan) o tan pulp como Las Reinas de la Máscara Dorada, que precedieron al WKKK.
Entrar en el WKKK era sencillo: solo tenías que ser una mujer blanca, protestante y nacida en los Estados Unidos. Eso sí, al formar parte aceptabas un conjunto de normas y principios tan obligatorios como paradójicos: ser cristiano de acuerdo a las prácticas de las iglesias protestantes ilustradas… a la vez que defender la separación de iglesia y estado así como la libertad de expresión y de culto. Defender el hogar como fundamento de la sociedad, la educación pública gratuita, la justicia imparcial y la supremacía de la Constitución de los Estados Unidos… al tiempo que la prohibición de la mezcla racial y la restricción de la inmigración. Las mujeres del Klan, como muestran numerosos documentos de la época, defendían la emancipación femenina y su derecho al voto, al tiempo que consideraban el mestizaje un delito capital, el protestantismo un derecho de nacimiento y a inmigrantes y católicos como esencialmente antiamericanos.

Pero nada es tan blanco como parece. Las disensiones internas y luchas por el poder socavaron el WKKK con rapidez. En 1925, la texana Alice B. Cloud, vicecomandante cuando Markwell renunció a su cargo y quien debería (según ella) haberla sustituido, demandó a Robbie Gill, acusando al matrimonio Comer de desviar fondos de la organización para su beneficio. Cuando un juez obligó a que entregaran los registros financieros, estos revelaron que los Comer habían ganado enormes sumas de dinero gestionando las ventas de uniformes del WKKK y “malgastado 70.000 dólares de los fondos equipando a la sede con peces de colores, pájaros cantores, perros policía, flores y un piano, comprando para su propio uso un sedán de 5.000 dólares”.
A finales de los años treinta, el WKKK se desvaneció, víctima de la corrupción económica y las disputas por el liderazgo. Además, una mayoría de sus miembros desaprobaba las brutales exhibiciones de violencia pública de sus contrapartidas masculinas, prefiriendo distanciarse, creando varias organizaciones independientes de breve existencia. Poco después, las mujeres volvieron, en términos generales, a asumir su papel subsidiario respecto al KKK original, muchos de cuyos componentes no se encontraban precisamente cómodos con la idea de que sus esposas, madres y abuelas, se transformaran en líderes de organización, participando en decisiones políticas, ideológicas y prácticas dentro y fuera del Klan. Lo que no significa que no siguieran y sigan representando un papel importante en las actividades del KKK.

La historia del WKKK es una de paradojas aparentemente absurdas que conviven sin excluirse, para asombro de muchos y muchas. Luchadoras por el voto femenino, por la igualdad salarial y laboral, contra la violencia sufrida por mujeres, la explotación de la infancia y la sanidad y la enseñanza públicas obligatorias, lo fueron también por la expulsión de inmigrantes, la segregación racial, la ilegalización del matrimonio mixto y la marginación de católicos, judíos y asiáticos. Lulu Markwell, su líder original, fue una campeona del sufragio femenino; Daisy Douglas, líder del WKKK en Indiana, era cuáquera (!!!); Mary Benadum, cabeza visible de la organización en Muncie, participó en la creación de la Escuela para mujeres profesionales y de negocios de Indiana… Y así, tantas otras incapaces de ver contradicción alguna entre estas ideas progresistas y el racismo más profundo e irracional.
Hay una lección que aprender de las mujeres del Klan: no todas las sororidades están formadas por seres de luz. La historia del feminismo moderno es una de luces, pero también de sombras, que muestra la profunda complejidad del ser humano. Como nos recuerda la periodista y escritora feminista Emily Cataneo: “Después de todo, que una mujer haga algo y mantenga una opinión no la hace necesariamente merecedora de nuestra aprobación ni entusiasmo”.
