Sobrevivir al juez Maman

Blanca denunció violencia de género en el juzgado de David Maman. Tras archivar su caso y dejarla sin protección, tuvo que crear una red propia para estar a salvo

El tatuaje que Blanca se hizo con sus amigas, las mujeres que la han sostenido
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Tres horas pedaleando sin bajarse de la bicicleta elíptica. Blanca no entrenaba: huía. De la ansiedad, del miedo, de las náuseas, de la certeza de que al salir del gimnasio tendría que volver a mirar detrás de cada esquina. A su lado, sus amigas seguían pedaleando con ella hasta la madrugada, mientras cantaban: “Sabes, me costó salir. Qué bonito después del naufragio tocar tierra. Celebraré que hoy empieza mi vida y tengo un folio en blanco. Celebraré que acaba la tormenta y yo sigo bailando”. Es Celebraré, de Conchita, una canción que con el tiempo se convirtió en su himno, su mantra, su refugio y hasta en un tatuaje.

Blanca es una de las mujeres cuya denuncia por violencia de género recayó en el juzgado de violencia sobre la mujer número 8 de Madrid, el juzgado de David Maman Benchimol. Tardó en cruzarse con él. La primera vez que acudió a declarar la atendió una jueza sustituta.

Aquel primer día salió con una orden de protección y con la sensación de que, por fin, alguien había entendido lo que estaba viviendo. Semanas después, cuando el caso quedó en manos de Maman, todo cambió. Archivó la causa y la dejó sin protección. No llegó a escuchar a Blanca, no le tomó declaración, no conoce siquiera el sonido de su voz y tampoco citó a los testigos que ella había propuesto. Según relata, a partir de entonces comenzó otro calvario. El de sobrevivir a las decisiones del juez Maman.

“Me tuve que crear mi propia orden de protección”

Ante la incapacidad de las instituciones para protegerla, tuvo que buscar su propia fórmula para resistir y mantenerse a salvo. “Me tuve que crear mi propia orden de protección”, resume hoy.

El magistrado del juzgado de violencia sobre la mujer, David Maman

No se refiere a un papel firmado por un juzgado, sino a una red organizada casi al minuto. Su padre la acompañaba cada mañana al colegio con su hija. Norka la esperaba después para llevarla hasta la parada del autobús. Ruth estaba pendiente de ella al llegar al trabajo, comía con ella y era su contacto de seguridad si no llegaba o desaparecía. Por la tarde, Daniela o Patri se turnaban para recogerla, acompañarla a casa, al gimnasio o a cualquier sitio donde no debía ir sola.

Era una logística nacida del miedo, sostenida por el cariño, el amor y la sororidad.

Las amigas no eran escoltas, ni policías, ni trabajadoras sociales. Eran mujeres corrientes que reorganizaron sus horarios para acompañarla en cada tramo del día. “Si se le quebraba la voz por teléfono, íbamos donde estuviera”, recuerda Norca.

No supieron desde el principio que estaban ante un caso de violencia machista. Lo que vieron primero fueron cambios difíciles de explicar. Daniela, que conocía a Blanca desde años antes, recuerda que dejó de reconocerla. “La veía diferente, distante. La veía rara. Más triste, más apagada”. También notó cómo se iba alejando poco a poco de la vida que había tenido hasta entonces. “Cuando empezó con él, dejamos un poquito la relación”, cuenta.

“Sabes que no está bien, pero no sabes qué no está bien”

No sabía ponerle nombre a aquello. “Sabes que no está bien, pero no sabes qué no está bien”. Lo que percibía era una mujer cada vez más sola, menos presente, menos ella.

Norca, que la conoció porque sus hijos iban al mismo colegio, detectó antes otra señal: el miedo de la niña. Recuerda una escena que no ha olvidado. El padre quería ir a un bar y la menor no quería acompañarle. “Si no vamos al montaditos, ya verás cuando lleguemos a casa”, le dijo, según su relato. La niña rompió a llorar y terminó accediendo aterrorizada. “Se veía que estaba muy asustada”.

“A mí me criaron a golpes y mira lo bien que he salido”

Otra mañana, en una cafetería cercana al colegio, él defendió delante de ellas pegar a los niños. “A mí me criaron a golpes y mira lo bien que he salido”, recuerda Norca que dijo. Ellas se quedaron heladas.

Ruth la conoció ya en una etapa más avanzada del deterioro. “Yo pensaba que estaba afectada porque todavía le quería”, explica. Al principio solo sabía que se estaba separando. Después empezó a comprender que había algo mucho más grave detrás. “Cada día me iba contando un poquito más”.

Mientras tanto, Blanca seguía intentando sostener una vida normal. Iba a trabajar, llevaba a su hija al colegio, quedaba a desayunar. Pero por dentro se desmoronaba. Sus amigas la vieron consumirse. Llegó a perder 25 kilos.

Lo que las tres describen es la transformación paulatina de una mujer alegre y fuerte en alguien consumido por el miedo. “Era como un roble roto por dentro, pero seguía ahí”, resume Norka.

Cuando la mente empezó a quebrarse

Sufría vacíos mentales. Salía de casa y aparecía en el trabajo sin recordar qué había pasado entre medias. Varias veces terminó dentro del autobús en la última parada, sola, cuando todos los pasajeros ya se habían bajado. El cuerpo cumplía la rutina mientras la mente trataba de defenderse como podía.

Por fuera mantenía una apariencia de normalidad: trabajo, colegio, horarios, tareas. Por dentro estaba rota. “Era como una máquina programada para hacer ciertas cosas”, recuerda Daniela.

Sus amigas entendieron entonces que no bastaba con verla de vez en cuando. Había que tejer una presencia constante. Mensajes para comprobar que había llegado bien, desayunos improvisados, llamadas a mitad del día, planes de última hora para que no se encerrara sola en casa, conversaciones interminables cuando la noche se hacía cuesta arriba.

Tatuar un sentimiento

También buscaron pequeños espacios de aire. Después del gimnasio se iban a tomar algo, se sentaban durante horas a hablar o simplemente compartían silencio. “Necesitábamos celebrar pequeñas cosas para poder seguir”, resume una de ellas.

En una de esas noches surgió la idea del tatuaje. Blanca había conocido a una tatuadora y buscaba “algo que definiera todo esto”, recuerda Norka. La artista dibujó cuatro copas de vino, una por cada amiga. “Lo propuso y ninguna dudó”, cuenta. “No hubo un ‘uy, qué tamaño’, ni ‘uy, dónde’. Fue un sí inmediato”.

Fueron juntas a hacérselo, como quien acude a cerrar una promesa. “Yo no pensaba hacerme un tatuaje en mi vida”, admite Norca. “Y me hice ese”.

La diferencia de tener una red de apoyo

No era un gesto trivial. Dejaba grabado que, en medio del miedo, habían levantado algo firme: una hermandad, un escudo protector, una red que las sostenía.

No todas las mujeres tienen esa suerte. Un día, en el punto de encuentro familiar (PEF), vieron a una madre salir sola, llorando, después de entregar a su bebé. Nadie la esperaba fuera. Nadie la abrazó. Nadie le preguntó cómo estaba.

“Ahí nos dimos cuenta de la suerte que tenía Blanca”, recuerda una de sus amigas. “Hay muchas mujeres que no tienen familia, ni amigas, ni nadie”. Lo que para ellas era una cadena improvisada de cuidados —turnarse, acompañar, llamar, estar— para otras mujeres es un lujo inalcanzable. Y en procesos largos, hostiles y revictimizantes, esa diferencia puede marcarlo todo.

“Justicia divina”

Ahora, estas mujeres ven por televisión al juez del que llevaban tiempo hablando entre ellas. Reconocen el mismo tono altivo, la misma forma de tratar a las víctimas que Blanca les había descrito. “Justicia divina”, dice Norka. “Ojalá pase algo de verdad”, añade Daniela.

No hablan de venganza. Hablan de alivio. De que, por fin, aquello que vivieron en privado haya dejado de ser invisible.

En lo que todas coinciden es en otra ausencia: la de información. Ninguna supo identificar desde el principio lo que estaba ocurriendo. Vieron tristeza, aislamiento, miedo, cambios bruscos, una niña aterrorizada. Pero no supieron ponerle nombre hasta mucho después.

Por eso reclaman más campañas de sensibilización, más formación y más herramientas para el entorno. Explicar cómo detectar señales tempranas de violencia machista, cómo acompañar sin juzgar, cómo ayudar sin invadir, cómo sostener a una amiga cuando todavía ni siquiera puede contar lo que le pasa.

Aprendieron solas lo que nadie les enseñó: detectar la violencia, sostener a una amiga rota, proteger cuando las instituciones no protegen. Y, después del naufragio, tocar tierra.