Opinión

Pedro a la Casa dels Canonges y Gabriel a la Moncloa

Pedro Sánchez
Actualizado: h
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En el Congreso de los Diputados, este 22 de abril de 2026, Pedro Sánchez pronunció una frase que, años atrás, habría provocado escándalo en su propio partido: “Este Gobierno va a hacer a Cataluña y a España países mejores. Sí, países mejores”. No era un lapsus. Ya en mayo de 2025, ante el Cercle d’Economia en Barcelona, había afirmado que “España y Cataluña somos países extraordinarios”. La equiparación lingüística es deliberada. Cataluña y España, dos entidades gozando del mismo nivel semántico. Dos “países” que, según el presidente, su Gobierno mejorará en paralelo.

Quien lea hoy esas palabras y recuerde los discursos de Sánchez y del PSOE antes de 2019 se frota los ojos. Entonces, hablar de “nación” catalana o equiparar Cataluña a España en términos nacionales se consideraba un ataque al artículo 2 de la Constitución, que proclama la “indisoluble unidad de la Nación española” y reconoce “nacionalidades y regiones” dentro de ella, no naciones soberanas paralelas.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (i), saluda al líder de ERC, Oriol Junqueras. EFE/ Borja Sánchez-Trillo

El “estado plurinacional” era una expresión que el propio Sánchez matizaba con cuidado: una forma elegante de describir el Estado autonómico, no un reconocimiento de varias naciones políticas con igual rango. Históricamente, un Estado plurinacional solía evocar más un imperio que una república moderna: un poder central que integra bajo un mismo techo pueblos con identidades, lenguas y, a veces, aspiraciones políticas distintas. El Imperio Austrohúngaro o la Unión Soviética (en su retórica) fueron ejemplos. En la España del siglo XXI, el concepto sirve sobre todo para justificar cesiones competenciales y presupuestarias a cambio de apoyo parlamentario. Cuando Sánchez necesita los votos de ERC, Junts o Bildu, la plurinacionalidad se vuelve herramienta útil. Cuando no, se diluye.

El secretario general de Junts, Jordi Turull, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y la portavoz del Grupo Parlamentario Junts, Miriam Nogueras.
EP

El cortejo resulta llamativo. Un presidente del Gobierno que gobierna gracias a los independentistas catalanes y vascos se ve obligado a validar simbólicamente sus premisas: Cataluña no es una comunidad autónoma más, sino un “país” equiparable a España. La necesidad política impone su propia gramática. Las palabras, como decía Zapatero, están al servicio de la política. Pero es que, en paralelo, asistimos a otro espectáculo de fluidez identitaria similar. Gabriel Rufián, el mismo diputado de ERC que ha dedicado años a fustigar a “los españoles” con dureza verbal, a denunciar la imposición del castellano y a presentar a Cataluña como víctima de un Estado opresor, aparece ahora como el favorito de muchos votantes españolazos de izquierda para encabezar una coalición amplia a la izquierda del PSOE. Ciertas encuestas de marzo de 2026 lo situaban como preferido por más del 50% de los electores de Sumar, Podemos, ERC, Bildu y BNG para liderar esa unidad.

Rufián durante el acto que protagonizó con Emilio Delgado, portavoz adjunto de Más Madrid
Efe

Rufián, el furibundo independentista, postulándose para aglutinar “las izquierdas españolas”. ¿Quién lo iba a imaginar? ¿Le veremos algún día como el más españolista de los españolistas, defendiendo la unidad de España desde la tribuna del Congreso con el mismo ardor con que hoy defiende la soberanía catalana? ¿Y a Sánchez, tras perder el poder, buscando acomodo en Cataluña, convertido en el más catalanista de los catalanes, reclamando para sí una identidad que antes gestionaba con calculada ambigüedad? Zygmunt Bauman describió la modernidad líquida como un mundo donde las identidades, las lealtades y hasta las palabras se vuelven fluidas, volátiles, intercambiables según las necesidades del momento. En la política española actual, esa liquidez es casi caricaturesca. Las identidades nacionales se estiran o contraen según el cálculo de investidura. Los independentistas más viscerales flirtean con candidaturas estatales. Los socialistas que defendían la nación española como “patria común e indivisible” la rebautizan como “país” entre otros “países”.

Gabriel Rufián (i) señala a los dipitados de Junts a su paso junto al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.
EFE/ Mariscal

No es cinismo individual, es la lógica de un sistema donde la supervivencia en el poder prima sobre la coherencia ideológica, incluso sobre el respeto a la legalidad (esta semana se ha publicado el video del pucherazo de Sánchez). En este baile de máscaras, todo es posible. Mañana Rufián podría invocar la “España plural” con emoción, y Sánchez reclamar para Cataluña un “reconocimiento nacional” que hoy ya insinúa. Las palabras seguirán al servicio del poder. Y los ciudadanos, perplejos, observaremos cómo las identidades que parecían sólidas se disuelven en el líquido ponzoñoso de la necesidad política. Al final, quizá la única certeza sea esta: en la España líquida de 2026, nadie es lo que dice ser durante demasiado tiempo. Todo depende de cuántos votos se necesiten mañana para seguir disfrutando de poder y sueldo.

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