Dice una canción de The Magnetic Fields: “nunca podría hacer que te quedaras / Ni por todo el té de China / Ni si pudiera cantar como un pájaro / Ni por Carolina del Norte / Ni por todas mis pequeñas palabras / Ni si pudiera escribir para ti / La canción más dulce que escucharas nunca / No importa lo que haga / Ni por todas mis pequeñas palabras”; en inglés China y North Carolina riman, así que Russian Red, en su versión, para hacer que la cosa encaje, cambia el estado norteamericano por “recorrer la Argentina”. No es lo importante. Las palabras, en la canción, son una cosa pequeña e inútil, hasta cuando se convierten en lo más dulce o lo más bello. Las palabras no harán —nunca podrían hacer— que alguien se quede, no hay formulación mágica o forma mejor de decir las cosas. Podríamos buscar consuelo y decirnos que, si las palabras no pueden, podrá una caricia, un beso o un gesto; la realidad es que tampoco tiene por qué y tampoco la caricia parará rueda alguna de angustia en el mundo.
Lo pienso desde Riga, Letonia, donde estoy estos días como invitada al Page Break, un festival internacional de poesía que junta a poetas de muchos rincones del mundo. La palabra en torno a la cual se articula la edición de este año es la paz; por la mañana nos sentaron en una mesa redonda y nos hicieron conversar sobre qué significaba la paz para nosotros, en tanto que poetas (¡qué será aquello!), cómo articulábamos o pensábamos la paz en relación con el trabajo poético, etcétera. Conforme avanzaba la conversación, más menciones a Rusia iban surgiendo: es lo que tiene un festival así en una república báltica y en una ciudad en la cual la mitad de los habitantes habla ruso. Son muchos kilómetros de frontera compartida y aún más historia. Aparecía la idea de una paz justa y de una paz injusta, la idea de que no habría paz hasta que se le parasen los pies a la invasión rusa —los drones rusos volando por territorio letón son otra realidad—, la paz como una circunstancia frágil, como una máscara del conflicto; al final, la idea de formas de paz interior.
¿A qué formas de paz interior se puede llegar a través de la palabra si la palabra es inútil? He estado pensando, estos últimos días, antes y después de venir al festival, en todo lo que hacemos con las palabras para no hacerlo con otra cosa. Quienes trabajamos con ellas o les dedicamos a las palabras nuestras vidas tomamos en muy diversas ocasiones a las palabras como muletas, en ellas apoyamos el peso completo de nuestros cuerpos, creemos que podrán suplementarnos o hacer cosas que no podríamos hacer, a las que no nos atreveríamos, construir escenarios. Inventamos un relato o una historia para que las cosas sucedan dentro de ese relato de otro modo. Revivimos en un texto a los muertos para que en él no vuelvan a morir, o sí, o lo consigan. Echamos de menos a alguien, una amiga, con la que no hablamos desde hace años, y le damos voz en un texto, pensamos en ella, le dedicamos ficcionalmente los gestos y caricias que en la realidad hemos claudicado. Son todas palabras inútiles. Es distinto al inglés, donde inútil es useless, sin uso: sí que tienen uso, de lo que carecen es de utilidad. Uti es servir, usar, se vincula a la raíz para llevar consigo, recoger; usus tiene más que ver con el derecho de utilización y goce que cada uno ostenta sobre lo suyo. Con las palabras gozamos, muchas veces, de lo que en la realidad rehuimos, por cobardía o falta de atrevimiento; para nadie están tan usadas las palabras como para quien las dice, las profiere o las escribe, nadie les da tanto uso como quien de ellas abusa. Pero estos usos, como todos, también nos calman como nanas. El mundo es el que es, pero las palabras nos abren la posibilidad de otro, aunque no exista; pensar en esa posibilidad hace el mundo que sí que es más fácil, nos permite contemplar el otro sin, en el fondo, quererlo.
Una palabra dicha al aire o soltada al viento no parará ninguna guerra, no hará que nos reconciliemos con alguien. ¿Quién, si yo gritara, me oiría desde las jerarquías de los ángeles? No quiere el grito que se oiga. No tiene sentido un dios que manifieste su fuerza. Pero el discurso sobre la imposibilidad del lenguaje, su inexactitud, es tan cansino que acaba convirtiéndose en un lugar común. Realmente lo imposible no es el lenguaje ni lo inexacto los idiomas: las imposibles somos nosotras, las personas, culpa nuestra lo inexacto, lo que elegimos y lo que no, las distancias infinitas o pequeñas que colocamos. Que nadie responsabilice al lenguaje de eso. Mientras tanto, aquello que las palabras o el lenguaje sí que permiten, incluso en la guerra o en el vacío, es vivir. Puede que sea suficiente, aunque las palabras sigan siendo pequeñas: pueden calmar como las nanas.
