Justo en el peor momento de Vox, con el partido estancado en las encuestas, con la formación mostrando las costuras de su crisis interna, cuando están quedando como comparsa de un lunático como Trump, cuya popularidad está cayendo en picado, y cuando Viktor Orban, para muchos el mecenas de Abascal, ha sido estrepitosamente derrotado en Hungría, va el PP y les vuelve a echar un capote.
Es como si desde Génova y cualquiera de sus sucursales renegaran de una lección que hace ya tiempo deberían haber aprendido. María Guardiola ha cerrado un pacto con Vox en el que ha dejado que la agenda ideológica de Bambú pisotee la cordura que se le presupone a un partido de Estado, con vocación de mayoría, como debería ser el PP. Con lo de la ‘Prioridad Nacional’ se vuelve a la casilla de salida, porque se le da alas a un Vox apagado y mustio que ahora vuelve a colocar en la agenda mediática uno de sus marcos discursivos favoritos: el de la xenofobia soterrada por un supuesto sentido común que lo único que tiene de común es que siempre es igual.
Primero los extremeños, dicen. Y lo peor es que los de azul, bajo ese pretexto de las frasecitas populistas de bazar, tragan. Y tragan con un cuarenta por ciento de los votos, que no se debe olvidar que es el resultado que obtuvo Guardiola en las elecciones. Que sí, que no sacó la mayoría absoluta que buscaba para desembarazarse de ese socio que nunca había querido, que todo después de eso suena a fracaso, que hay que ser prácticos y tal y tal, pero no se puede pasar de poner las urnas para ser libre, abogando por la política útil, a dejarse meter un gol por la escuadra y que te cuelen dentro de la portería toda esa bazofia argumental que es la que aleja al potencial votante que te hará dejar de depender de Vox.
Si algo había hecho bien el PP en este último tiempo, era no tener prisas, no dejarse arrastrar por la ansiedad de cerrar los pactos. Tenían a Vox cociéndose en su propio jugo de miseria y orgullo, de prepotencia y fanatismo, y la pelota estaba en su tejado. Incluso el propio votante de derechas había empezado a identificar que las pataletas de la extremaderecha y sus ganas de imponer su agenda con menos de la mitad de los votos, iban encaminadas a resucitar a una izquierda que está grogui. Pero no, claro, el PP ha preferido volver a pegarse un tiro en el pie para otra vez ponerse a cojear. Y con su cobardía, con su falta de decisión y de rumbo, no solo ha conseguido poner en pie otra vez el castillo de arena de Bambú, sino que ha vuelto a armar a una izquierda que estaba replegada en la trinchera ya sin munición.
Resulta hasta cómico y paradójico lo de la Prioridad Nacional, pues ambos partidos conservadores predican hasta la saciedad eso de que es urgente desalojar a Sánchez de La Moncloa. No obstante, siguen enfrascados en estas anécdotas que tienen más de pompa y de relato que de otra cosa y que ilusionan a la friolera de cero personas, más allá de un cachito de sociedad exaltada que seguirá echada al monte si el plan es este, armar una alternativa a golpe de ocurrencia, creando un frente dinamitero que nace fracasado, pues es un polvorín.
Los españoles reclaman estabilidad frente al sindiós de la administración Sánchez, y la que se supone que se debería presentar como esperanza seria anda a la gresca, haciendo el cafre de cara a la galería, matándose a garrotazos. Yo entiendo perfectamente que Vox ande en eso, es su manera de subsistir, sin este tipo de embrollos y polémicas no tendrían sentido. Pero que el PP, que se supone que debe ser el adulto de la sala, vuelva a caer en el error de ponerse a contemplar a los adolescentes, no hay por donde cogerlo. La Prioridad Nacional no tiene nada que ver con este nuevo lema que destila racismo, la prioridad nacional, y solo hace falta pisar un poco la calle para saberlo, va de estabilidad, de ilusión y de gestión. Pero nada, sigan, sigan con esa estrategia de la improvisación y la sumisión. Esa del hoy pacto y mañana reniego, hoy abrazo y mañana puñal. No hace falta que recuerde que estos con los que hoy brindan son los mismos que se fueron una tarde de verano de los gobiernos autonómicos.
