Opinión

Irán y Estados Unidos: orgullo y prejuicio en el pulso geopolítico

Actualizado: h
FacebookXLinkedInWhatsApp

Hace ya casi dos meses que Estados Unidos e Israel iniciaron un conflicto bélico contra Irán. Fue el 28 de febrero de este año cuando ambos países lanzaron ataques a gran escala contra el país persa. Como sucede en todas las guerras, una vez encendida la mecha, el caos se desató. No obstante, con carácter previo –y, posiblemente, con la idea de ir allanando el terreno ante una potencial invasión– las potencias agresoras insistieron en la amenaza que representaba el programa nuclear iraní. En paralelo, también se puso de relieve la idea de que era preciso provocar la caída del régimen de los ayatolás. Los argumentos fueron debidamente dispuestos sobre el tablero geopolítico; el engranaje, en definitiva, estaba ya en pleno funcionamiento hasta que, en la fecha referida, la chispa terminó por prender, generando una escalada que acabaría arrastrando a la región a un escenario de inestabilidad como el actual.

Irán respondió a los ataques con firmeza. Aprovechó la ocasión para indicar que su reacción quedaba amparada por el paraguas normativo de la legítima defensa recogido en el Capítulo VII de la Carta de Naciones Unidas. Este planteamiento resulta cuestionable, puesto que dicha excepción exige no sólo haber padecido un ataque armado previo, sino también cumplir con –entre otros– el principio de proporcionalidad; un extremo que Teherán habría obviado al extender sus ataques a buena parte de los países de su entorno.

El bloqueo del estrecho de Ormuz

Desde el principio, gran parte del enfrentamiento armado ha girado en torno a un enclave: el estrecho de Ormuz. Este angosto pasillo marítimo que une el golfo Pérsico con el de Omán –y por el que en tiempos de paz circulaba hasta el 20% del petróleo mundial– fue cerrado por el Estado agredido. Esta maniobra, tildada de ilícita por buena parte de los expertos, se ha erigido a su vez como uno de los factores que más están impactando en el devenir del conflicto. De hecho, ante esta particular coyuntura, Estados Unidos mostraba un alto grado de frustración a través de su máximo dirigente político que, rozando la histeria al proferir toda clase de advertencias apocalípticas, instaba a Teherán para que la normalidad regresara a sus aguas.

Una mujer camina frente a un mural que representa un portaaviones estadounidense bajo ataque iraní en el centro de Teherán

Posteriormente, se alcanzó una tregua de dos semanas. Sin embargo, el grado de irritación de la Administración norteamericana se fue agudizando al comprobar que los líderes iraníes seguían sin estar dispuestos a realizar movimiento alguno. Así pues, una de las arterias más importantes para la navegación comercial seguía siendo inaccesible para la mayor parte de los buques, aunque las acciones bélicas se habían detenido. La Casa Blanca, acto seguido, impuso un cerco naval contra los puertos iraníes. Esta estrategia tan inesperada como difícilmente justificable podría condensarse en una suerte de oxímoron estratégico: bloquear para desbloquear. Esta medida, además, contraviene el Derecho Internacional Humanitario, el cual estipula que el paréntesis fijado por las partes beligerantes en el transcurso de una contienda –por muy frágil o precario que sea– no admite actos de guerra. Así pues, el cierre de la ruta marítima iraní no debió de haberse implementado.

Un termómetro de la economía mundial

La falta de juicio de Estados Unidos alcanza cotas difíciles de justificar en los últimos días cuando Irán, el viernes pasado, en un gesto de apaciguamiento anunció el desbloqueo del estrecho y su compromiso de mantenerlo abierto hasta el final de la tregua. Esta decisión fue celebrada por Washington, pero no significó un cambio de planes con respecto a la interdicción naval impuesta. A las pocas horas, los líderes iraníes volvieron a cerrar el disputado corredor marítimo. Es evidente que las aguas de Ormuz llevan un tiempo convertidas en un punto geográfico fundamental cuya relevancia trasciende lo estrictamente militar, erigiéndose en una suerte de termómetro con el que medir la marcha de la economía mundial. Precisamente por eso, este espacio es objeto de deseo de todos; sin embargo, esta garganta marítima sigue erigiéndose como una suerte de manzana prohibida: accesible en apariencia, pero vedada en la práctica para la navegación internacional.

Imagen difundida por la CENTCOM que muestra el buque comercial con bandera iraní M/V, después de que los marines de EE UU abordaran
EFE

Sea como fuere, los acontecimientos no terminan aquí. Ante esta escalada de desconfianza, Donald Trump afirmó este martes que el periodo de la tregua quedaba extendido, al mismo tiempo que declaraba que los puertos y las costas iraníes seguirían bloqueados hasta que llegara la correspondiente propuesta de Irán. Este avance ha tenido lugar gracias a la mediación paquistaní. No hay mucha más información acerca del tiempo extra de paz que se añade. Esta indeterminación temporal sugiere, en todo caso, cómo el dirigente político parece hacer y deshacer a su antojo los pactos adoptados; cómo, en función de su parecer, el conflicto puede recrudecerse o rebajarse en intensidad. No obstante, la Guardia Revolucionaria iraní se muestra dispuesta a atacar. De hecho, en medio de esta prórroga de paz en la que se encuentran las partes implicadas, se ha sabido que Irán ha capturado varios buques ubicados en los alrededores de Ormuz.

Volatilidad y contradicciones

Es imposible anticipar qué es lo que puede pasar en los próximos días ante un escenario tan convulso y volátil como este. Ello, además, se ve agravado por un Donald Trump más errático y contradictorio que nunca. Lo anterior debe combinarse con el hecho de que Irán se muestra abiertamente combativo; el país persa parece estar dispuesto a mostrar sus fauces más oscuras en el caso de recibir algún tipo de golpe. Así lo indicó el embajador iraní en Pakistán, Reza Amiri Moghadam, cuando en redes sociales y parafraseando a la escritora Jane Austen –en su obra Orgullo y Prejuicio– afirmaba que era “una verdad universalmente reconocida” que “un país, en posesión de una gran civilización, no negociará bajo amenazas ni coerción”. Una declaración de intenciones que revela una idea fundamental: Irán no tiene la mínima intención de quedar subyugado, ni de ceder ante presiones externas que cuestionen su soberanía aún a riesgo de prolongar la confrontación y agravar la responsabilidad regional.

Irán
Una iraní pasa junto a una valla que hace referencia al estrecho de Ormuz y en la que se lee en persa «Para siempre en manos de Irán», en una plaza de Teherán
Efe

Como si de un tiempo de descuento se tratara, Islamabad sigue con la idea de auspiciar una segunda ronda de negociaciones. Veremos si finalmente las partes enfrentadas logran dejar a un lado su orgullo y su prejuicio para abrir la puerta a una solución diplomática real o si, por el contrario, la región se encamina hacia una nueva fase de confrontación abierta cuyas consecuencias resultan, hoy, imprevisibles.