Escucho en el Senado a María Jesús Montero, “la mujer con más poder en el conjunto de la democracia”, tan altiva y tan gallarda, con esa dislexia fonológica suya que marida y confunde, más anárquica que Durruti, más imprevisible que Camavinga, la consonante obstruyente fricativa dental sorda con la consonante obstruyente fricativa alveolar sorda –es decir, la “z” o “c” cuando va seguida de “i” o “e”, y la “s”–, y se me desvela como la musa definitiva, o algo así, que escribo en caliente e igual exagero. Su presencia puntual en la Cámara Alta de este lunes me recuerda su ausencia –¿temporal?– en el Palacio de las Cortes, y entiendo que ahora el Olimpo se ubica allende Despeñaperros, y que Calíope, Clío y Euterpe me han abandonado porque la exviseprecidenta, mi última fuente de inspiración, se ha marchado lejos con la intención de ser también la mujer con más poder en el conjunto de Andalucía, con permiso de la Virgen del Rocío y Jessica Bueno.
Montero le exige a la senadora voxera Paloma Gómez “preguntas concretas”: “No voy a contestar como ustedes quieran que yo conteste”. A porta gayola. Con el descaro macarra de un personaje de Eloy de la Iglesia pasado por Los Morancos. Con el alma desafiante del Quevedo revertiano que caminaba, cojitranco, con un “no queda sino batirnos” en la punta de la lengua. La comisión que investiga las presuntas irregularidades en la gestión de la SEPI, dice, no es más que un modo de putearla. Por qué hablar de aquel agujero negro pudiendo abordar “los cribados del cáncer de mama”. Ella, “la futura presidenta de Andalucía”, según Alfonso Gil, el senador socialista al que Cerdán, en el mismo “teatrillo chapucero”, le instó a preguntarse si está “en condiciones de hacerme a mí un reproche ético”. Ella, que tomó “las mejores decisiones para, en situación de pandemia, salvar 62.000 empleos”. Quién osa pronunciar su nombre y criticar su gestión en vano.
Añoro febrilmente el aplauso anátido y servil de Montero, su gestualidad facial mercúrea, su arrojo parlamentario, su defensa brava del argumentario sanchista. La candidata jura y perjura que “siempre ha habido control de la Sepi” y en mi cabeza suena aquel tango viejo de Juan Carlos Cobián y Enrique Cadícamo, “Nostalgias”: “Quiero emborrachar mi corazón / para apagar un loco amor / que más que amor es un sufrir”. Metafóricamente, quiere decirse. Estoy a un tris de recurrir a un emisario –estoy pensando en los amigos Santi Martínez-Vares o Paco Reyero, que comparten paisanaje con ella… y poco más, pero bueno, menos da una piedra– para que le cuenten que, desde que no pisa habitualmente la Carrera de San Jerónimo, este cronista hijodalgo, como cantaba Sabina en “Cuando aprieta el frío”, la extraña terriblemente y se siente seco “igual que un presidente dentro del autobús, / como una Kawasaki en un cuadro del Greco, / igual que un perro a cuadros, / igual que un gato azul”. Que le diga que la echo de menos. Y que, si se hostia electoralmente, como GAD3 asegura este lunes –PP de Moreno: 44,1% de los votos, 56-58 escaños; Montero, 23,5%, 28-29 escaños–, y regresa al Foro, como se comenta en los mentideros, este servidor la esperará con los brazos abiertos.
