Cuando la monarca más longeva de la historia británica nació hace cien años este martes, Isabel Alejandra María Windsor no apuntaba al trono de Inglaterra, pero el amor de su tío por una divorciada estadounidense cambió su biografía para siempre. La vida relativamente cómoda que la esperaba como nieta y sobrina de reyes, con más privilegios que responsabilidades, se convirtió en la ficción alternativa de un universo paralelo en el que el que Eduardo VIII, hermano mayor de su padre, no habría abdicado en 1936, tras apenas once meses, para casarse con Wallis Simpson. A la tierna edad de diez años, la niña que en 1952 pasaría a ser conocida como Isabel II aprendió una valiosa lección: en la argamasa real, el destino no se elige, se acepta.
Sin manual de instrucciones y como única mujer en un mundo de hombres, Isabel II reescribió las normas en un mundo cambiante en el que las monarquías daban paso a sistemas íntegramente democráticos y la otrora sacrosanta inviolabilidad real colisionaba con los principios de la razón. La primogénita de Jorge VI, también soberano por azar, asumió la corona apenas alcanzado el cuarto de siglo, casada, con dos hijos y con todo por demostrar, tanto a las anquilosadas estructuras palaciegas, como a líderes políticos, prensa y, por encima de todo, a sus súbditos, a quienes había prometido ya durante su primer viaje oficial al extranjero, en su 21 cumpleaños, “servir con devoción durante toda la vida, sea larga o corta”.

Isabel II supo cómo suplir la inexperiencia y la falta de educación formal que se le imputaban en los primeros años con estoicismo y dedicación, con un despliegue de sentido del deber y servicio público que cimentaron una reputación prácticamente sin mácula. Admirablemente tras siete décadas en el trono, la reina apenas dio un paso en falso en el ojo público e incluso tras los contados episodios menos afortunados, supo recuperarse, como los ocho días que en 1966 tardó en visitar la localidad galesa de Aberfan, en la que un accidente en una mina había dejado 144 muertos. Visiblemente afectada, los británicos apreciaron la emoción evidente en una soberana conocida por su contención, la misma que le reprocharían tres décadas después tras la muerte de Diana de Gales.
Su decisión inicial de permanecer en su residencia escocesa de Balmoral y el rechazo a poner las banderas a media asta generaron probablemente la crisis más seria de su reinado, con graves críticas que hundirían la popularidad de la Casa Real en una década, la de los 90, particularmente tumultuosa, con el colapso de los matrimonios de tres de sus cuatro hijos. La separación de los príncipes de Gales fue particularmente problemática por tratarse del heredero y no haber precedente histórico de un monarca británico divorciado, lo que ponía a Isabel II en una incómoda posición dado su rol como jefa de Estado y máxima responsable de la Iglesia Anglicana

No sería, sin embargo, la única ocasión en que su descendencia pondría en jaque a la institución, forzando la asfixiante dicotomía entre su papel de madre y su responsabilidad como reina. La leyenda en el Reino Unido mantiene que su gran debilidad y el agujero en la línea de flotación de la Corona fue siempre su tercer hijo, Andrés, segundo en la línea de sucesión durante los 22 primeros años de su vida. Actualmente exiliado por orden de su hermano Carlos III, quien completó la humillación definitiva de retirarle el título de príncipe conferido al nacer y bajo investigación policial por sus vínculos con el pedófilo norteamericano Jeffrey Epstein, la sombra del ex duque de York continúa atenazando la reputación de la Casa Real.
La deshonra de Andrés es un problema heredado para el rey, por lo que el foco está ahora en la matriarca que hizo cuanto pudo para proteger al hijo más díscolo, al que veía también como el más desprotegido. Fue ella quien le habría prestado los 12 millones de libras (unos 13,8 millones de euros) para cerrar un acuerdo extra judicial con Virginia Giuffre, la víctima de Epstein que lo acusa de haber abusado de ella cuando era menor. Andrés siempre ha defendido su inocencia, pero su caída, gradual aunque imparable, actúa como fábula moral sobre el peligro de un modelo dinástico, fundamentado la progenitura, que ha dejado otros ejemplos como el príncipe Harry, cuya salida voluntaria de la Casa Real y exorcización pública de sus reproches supusieron uno de los grandes disgustos de los últimos años de Isabel II.

Su principal motivación fue siempre la protección de la institución, la corona por encima de los lazos de sangre. Concebía su papel como un símbolo, como un concepto con el que tenía que fusionarse para que la imagen de reina prevaleciese sobre su carácter, sus preferencias y anhelos. Más allá de su amor por los caballos y los perros, su faceta privada ha sido siempre un enigma, tal como ella lo había diseñado. Concebía su misión como la de una figura distinguible, aunque no íntimamente accesible; que genera confianza, pero sin abrirse en canal, un lienzo en blanco en el que los británicos pudiesen proyectar lo que quisieran ver.
En sus setenta años de reinado generó un prototipo que, para sorpresa generalizada, replica hoy en día su hijo, quien ha completando una transición suave que cumple con el mantra de “evolución, no revolución”. La efigie que parecía eterna de Isabel II ha sido reemplazada en monedas, sellos y retratos oficiales por la de Carlos, materializando la renovación constante que representa una institución obligada a adaptarse a los tiempos, sin perder su esencia fundamental. Evitando la controversia, hacienda gala de modestia e incluso de predictibilidad, la niña que hace cien años había nacido como personaje secundario de la Casa Real se convirtió en uno de los iconos globales más reconocibles, como dijo el presidente francés, Emmanuel Macron, tras su muerte en septiembre de 2022: “Para los británicos es vuestra reina. Para el mundo, es la reina”.
