En apenas unas semanas se nos ha facilitado la lectura de los mensajes en redes sociales procedentes de todos los países imaginables, en todos los idiomas, y en esa Babel cibernética hemos podido constatar dos abominaciones. La primera, que se traducen a hachazos (es decir, a golpe de IA) y que sería conveniente que previéramos la influencia que los neologismos, la paronimia y las aberraciones gramaticales ejercerán sobre nuestra propia lengua en un tiempo muy breve. Mi particular guerra contra el gerundio se quedará chiquita frente a lo que se nos viene encima.
La segunda es que las mujeres se quejan de lo mismo en todas partes. Se defienden de manera parecida, porque ya sabíamos que los mensajes misóginos y que las tendencias ultraconservadores carecen de la más mínima originalidad —de hecho, se refuerzan con esa falta de originalidad, y no se consensuan tanto como se copian— e, independientemente de las evidentes diferencias de edad, las circunstancias de su país o el contexto en el que escriben, insisten en la violencia sexual y física, en el control del que son víctimas, en la soledad frente a la crianza de sus hijos y los mensajes que a lo largo de los años han recibido sobre su propia valía.
Se quejan, además, de algo menos visible pero igual de persistente: la carga mental, ese zumbido constante que no aparece en las estadísticas ni en los titulares, que no se mide, pero se padece. La planificación de la vida cotidiana, el recuerdo de lo que falta, la anticipación de los cuidados, la vigilancia emocional de los otros.
Y ahí es donde la atroz traducción automática revela su paradoja más incómoda. Porque, pese a sus torpezas, pese a sus errores sintácticos y sus giros absurdos, hay algo que traslada con inquietante precisión: el patrón. Cambian las palabras, se descoyuntan las frases, pero el contenido permanece intacto, como si la experiencia femenina primigenia escribiera un texto original del que todas las demás versiones no fueran sino copias ligeramente defectuosas.
Y no solo es el que podamos leer a una mujer japonesa mexicana o polaca quejarse de lo mismo, sino que entendamos perfectamente a qué se refiere sin glosario, ni adaptación cultural. Reconocemos cada escena, cada gesto, cada frase.
La grieta en ese muro inexpugnable es que si mensaje misógino se copia, la resistencia también. Si el odio se exporta, la conciencia se comparte. Nunca antes había sido tan sencillo que contrastáramos relatos, que se detectaran patrones o desmontaran argumentos que se presentan como inevitables o naturales. La tecnología que deforma el lenguaje también ilumina las estructuras.
Y aquí, en el fondo de la caja de Pandora, asoma la esperanza: nada mejorará por inercia, ahora vemos con más claridad que no estamos solas, que lo que ocurre no es anecdótico ni individual, que forma parte de algo más amplio que exige respuestas colectivas. Lo sabíamos, pero no es lo mismo el conocimiento abstracto que un post en nuestro propio móvil, en tiempo real, al que podemos responder, una voz a la que podemos dar réplica. Y tal vez, cuando dentro de unos años miremos atrás, celebremos aquellos textos mal traducidos porque nos permitieron nombrar aquello común que nos estaba ocurriendo. Entenderse —aunque sea en una lengua imperfecta— es siempre el primer paso para la rebelión.
