En Sigüenza, cuando la luz todavía duda en aparecer y el aire conserva el frío de la noche, suena el toque de diana. No hay ruido digital, sino botas marcando el paso sobre la tierra; no hay notificaciones, sino brújulas; no hay pereza, sino disciplina.
El campamento castrense El Cid, pese a su nombre medieval, es hoy uno de los espacios más contemporáneos para formar en valores. Refleja el artículo 14 de la Constitución, la igualdad sin distinciones se hace presente, y aquí las chicas también son guerreras.
“No somos un campamento militar, somos un campamento castrense”, subraya uno de los instructores. En esa diferencia, aparentemente semántica, se esconde toda una filosofía: Sin armas, pero con propósito. Y es que en El Cid, por no haber, no hay “ni un tirachinas”; porque aquí, su arma es la disciplina. Se trata de despojar al imaginario militar de su elemento más evidente, la fuerza, para quedarse con lo esencial: el carácter. Porque, como explica el fundador y director del campamento, José Gómez, el oficio militar solo existe cuando hay herramienta. Sin ella, lo que queda es otra cosa: orden, respeto, esfuerzo, equipo.

Y ahí es donde entra el concepto castrense. Durante trece días -del 3 al 15 de agosto- más de doscientos jóvenes conviven en un entorno donde todo está diseñado para empujarles un poco más allá de sí mismos. Visten uniforme, lo que les convertirá en iguales, sin distinción y serán instruidos a orientarse, hacer marchas, buceo, y competir. Pero también reptan bajo cuerdas tensadas, suben y bajan escaleras sin parar, y se enfrentan a pruebas que obligan a controlar la respiración y la mente, como la piscina de agua fría donde el instructor entra con ellos: si ellos pasan frío, él también. También hay tiempo para parar, reflexionan, hablar. Porque no es solo un campamento físico. Es, sobre todo, un proyecto educativo.
La disciplina como lenguaje común
Aquí el uniforme no es estética, es pedagogía. Iguala, borra etiquetas, hace que todos partan del mismo punto. “Todos somos iguales”, insisten.
La disciplina no se impone como castigo, sino como estructura. Es el hilo conductor que permite que todo lo demás ocurra: el respeto al compañero, la escucha, la convivencia. Y funciona. Casi la mitad de los participantes repiten. Muchas veces, estos jóvenes llegan empujados por sus familias y se marchan con algo inesperado: amistades profundas, sentido de pertenencia, incluso vocación.

En apenas cinco años de su existencia, ya hay casos de jóvenes que pasaron por El Cid y hoy han elegido una carrera militar. Uno de ellos, incluso, ha vuelto como instructor.
Por las tardes, cuando el cuerpo ya ha trabajado, llega el turno de la mente, donde trabajan con los cadetes el crecimiento personal. Se habla de emociones, de frustración, de metas. Se les pregunta qué les apasiona, qué se les da bien, por qué no estudian bien o por qué discuten en casa. Se trabaja la reconciliación con los padres: entender que hicieron lo mejor que pudieron desde su nivel de conciencia.
De forma deliberada no hay ideología, ni religión, ni política. Porque aquí, la neutralidad no es ausencia de valores, sino el espacio donde todos caben. Y es que por el campamento han pasado jóvenes musulmanes, jóvenes con diversidad funcional, participantes de distintos países. Todos con un punto en común: la búsqueda de algo más.

Mujeres que también pisan firme
En un entorno que históricamente ha sido masculino, en El Cid, entre un 35% y un 40% de las participantes son chicas. No es una cuota, es presencia real. Y no solo es el número, sino el rol pues algunas repiten de años anteriores y se convierten en jefas de pelotón o de compañía… No están ahí como excepción sino como una más. También cuenta con instructoras, una de ellas es Cristina, infante de Marina, que lleva cinco años formando a jóvenes en orientación, cartografía o vida en la naturaleza. Con naturalidad y con autoridad.
En el barro, en las escaleras, en la piscina helada o en la prueba de rescate acuático, ellas hacen exactamente lo mismo que sus compañeros. Corren, reptan, lideran, evalúan. Aquí el género no opera, la igualdad no se explica, basta con ser vivida.

Según destacan el director del campamento no han notado el “efecto Leonor”. La presencia de la Princesa de Asturias en las Fuerzas Armadas no ha modificado el equilibrio de participación femenina ni se ha visto un efecto llamada, porque presencia femenina ya se ha normalizado en estos campamentos y en los seis años desde que se fundó es una tendencia estable. Las chicas están, y están para quedarse.
Los instructores voluntarios, todos ellos renunciando a parte de sus vacaciones para formar en valores, acompañan cada paso. No cobran, no buscan reconocimiento. Son uno más en el barro, en el frío, en el agua. Y entre ellos, son varias las instructoras honoríficas que se acercan hasta allí para darles una lección magistral. También, el año pasado contaron con un referente inesperado: Roque, un niño con parálisis cerebral y más de 38 operaciones, que recuerda a los cadetes que lo importante no es correr más ni saltar más, sino estar vivos, estar bien y mantener una actitud positiva. Su intervención es una sacudida emocional que nadie olvida.
Pero no solo se instruyen los más jóvenes sino que, en paralelo, también hay un campamento para senior donde también se inscriben algunos padres.
Más de 200 cadetes practican la instrucción castrense al aire libre.
Más allá del verano
El Cid no pretende formar soldados. Pretende formar personas capaces de trabajar en equipo, de esforzarse, de respetar y de superarse. Puede que algunos acaben vistiendo uniforme algún día. Otros no. Pero todos se llevan algo menos visible y más duradero: una forma de estar en el mundo. Aquí descubren que cuando la mente dice “no puedo”, aún no han llegado ni al 30% de lo que pueden dar. Que el miedo al agua se vence reeducando a la mente. Que la pereza es el mayor enemigo de los nuevos hábitos. Que el carácter se construye en equipo.
En una época marcada por la inmediatez, este campamento propone lo contrario: tiempo, esfuerzo y proceso. Y quizá por eso engancha. Porque, al final, la épica no está en las armas. Está en el carácter. Y ese, aquí, se entrena cada día.
