En una sala dedicada a la evolución del vestuario castrense, como las que pueden verse en distintos museos que aglutinan la historia militar o el de la asociación Retógenes, dos uniformes se miran frente a frente: uno de los modelos femeninos que se utilizaban en los años 90 y otro de los que hoy empiezan a llegar a los cuarteles. Entre ambos hay tres décadas de cambios y reclamaciones; un recorrido que explica cómo la igualdad también se cose.
Cuando el Instituto Biomecánico de Valencia clasificó los morfotipos femeninos en diábolo, campana y cilindro, el Ejército tuvo que asumir una evidencia: los uniformes que llevaban miles de militares no estaban diseñados para ellas. El patrón seguía siendo masculino. La igualdad, literalmente, tiraba de las costuras.

En febrero de 2025, una actualización normativa publicada en el BOE contenía, entre líneas, un cambio simbólico y material de enorme calado: por primera vez, la regulación de uniformidad de las Fuerzas Armadas reconocía explícitamente la necesidad de adaptar las prendas femeninas a la realidad del cuerpo de las mujeres y a su presencia creciente en los cuarteles.
La norma introducía tres novedades clave: el uso indistinto de falda o pantalón, la elección entre gorra de plato o gorro femenino y una regulación específica para la gestación. Además, el texto admite que algunas diferencias de prendas entre hombres y mujeres pueden mantenerse sin considerarse discriminatorias, siempre que respondan a criterios funcionales.

En el Ejército, donde cada prenda tiene un significado jerárquico, histórico y simbólico, estos cambios cuentan una historia más profunda: la de una institución que se adapta, lentamente, a la presencia de las mujeres.
La reforma de 2025 no partía de un vacío normativo. Desde 2016, una orden regulaba la uniformidad militar de forma general. Sin embargo, aquella norma, como todas las anteriores, estaba construida sobre una neutralidad que, en la práctica, asumía el patrón masculino como estándar y las mujeres vestían uniformes masculinos adaptados o versiones femeninas muy limitadas, sin que se abordara su realidad operativa.
Un estudio científico para el rediseño
Los primeros intentos por adaptarlos tenía taras. Y es que, alrededor del 30% de las mujeres al servicio de España reconocía utilizar los masculinos porque el femenino era demasiado estrecho en cintura y cadera. El Ejército impulsó un proyecto de rediseño basado en un estudio antropométrico del Instituto Biomecánico de Valencia. Por primera vez, el patrón del uniforme se construyó sobre datos científicos y no sobre el escalado de tallas masculinas.
El estudio clasificó los morfotipos femeninos en tres grandes grupos: diábolo el mayoritario y que engloba un 39% de la población femenina; campana, que representa al 25% de las mujeres; y cilindro, que supone el 36% de las féminas españolas. Debido a esta
variedad, la elección de un patrón único para cubrir las necesidades de la mayoría de las mujeres resulta complicado. El modelo anterior ofrecía 15 tallas combinando cinco anchos y tres largos, pero seguía siendo insuficiente. Para intentar dar una solución estructural al problema de los tallajes incluso el Parque y Centro de Abastecimiento de Material de Intendencia (PCAMI) adquirió un escáner destinado a realizar un estudio antropométrico completo de todo el personal, según publicó la revista Tierra. Por ello, el nuevo patrón nacía de una corrección necesaria: conservar el ancho de pecho, pero dar más espacio donde antes faltaba, en la cintura y la cadera. Tanto la camisola como el pantalón incorporaron un ajuste interno que consistía en una cinta elástica con ojales que permite adaptar la prenda al cuerpo de cada usuaria sin alterar su apariencia exterior.

En España, el primer traje premamá de la Guardia Civil se creó en 1999, diez años después de la incorporación de la mujer en las Fuerzas Armadas. Era una pieza popularmente conocida como pichi -con gorra teresina, corbata, camisola verde y zapatos de salón negros-, y su diseño fue producto de la creciente adhesión de mujeres a las filas del Instituto Armado. Asimismo, en 2013, Defensa abrió la convocatoria para fabricar 1.825 uniformes de campaña para embarazadas y tenían que ser de campaña boscoso pixelado para gestantes que estaban formados por una camisola y un pantalón. El tejido principal debía estar compuesto en un 70 por ciento de algodón y en un 30 por ciento, de poliamida.
Era el inicio de una implantación progresiva que marcó un punto de inflexión: por primera vez, el uniforme militar femenino se diseñaba para el cuerpo de las mujeres y no contra él.
El BOE también introduce un matiz relevante: admite que algunas diferencias de prendas entre hombres y mujeres pueden mantenerse sin considerarse discriminatorias.

Primeros prototipos en 2017
El diseño de uniformes adaptados a la fisonomía femenina plantea mayores exigencias técnicas que el masculino. Tal y como señalan desde la Fábrica Española de Confecciones S.A. (FECSA) a Artículo 14, su elaboración resulta más compleja, ya que no responde a líneas rectas, sino que requiere un patronaje más ajustado a las formas del cuerpo. Los primeros prototipos comenzaron a desarrollarse en 2017, mientras que las primeras entregas no se produjeron hasta 2021, recuerdan.
Pero, antes que los uniformes, la demanda de adaptación surgió en relación con los chalecos antibalas. Estos rimeros desarrollos no se originaron en el ámbito militar, sino a partir de la necesidad planteada por agentes de las policías autonómicas quienes hicieron a FECSA el primer encargo. Luego llegarían los chalecos antifragmento que lograron mantener las prestaciones de protección balística combinando un menor peso con altas capacidades de protección frente a distintos tipos de munición, además de incorporar sistemas de ajuste y de liberación rápida que facilitan su uso en situaciones operativas.

Formación en uniformología
La transformación no se limita a la ropa: también alcanza la formación. Desde el pasado martes, el Instituto de Historia Militar imparte durante tres semanas un ciclo divulgativo de uniformología para militares y civiles que examina, de forma teórica y práctica, la evolución de los diferentes uniformes militares españoles a lo largo de la historia, vinculándolos, según su época, a los acontecimientos políticos, sociales y económicos, a la moda, al entorno donde se adoptan, a la evolución tecnológica textil y al cometido para el que se requieren.
El objeto del curso es proporcionar al alumnado el conocimiento de los diferentes uniformes militares españoles, sus divisas, emblemas, distintivos y condecoraciones utilizados a lo largo de la historia, de manera que, al finalizar el ciclo, conozcan los hitos que marcaron los cambios fundamentales en el vestuario militar, las razones y circunstancias que los motivaron, las formas, colores y calidades, así como aquellos elementos auxiliares que forman parte de la uniformidad. Aunque el curso no está centrado en la mujer, la historia de la uniformidad militar también refleja su progresiva incorporación y los cambios que su presencia ha ido introduciendo en las prendas.

Las Fuerzas Armadas españolas han sido, en algunos aspectos, pioneras en Europa en la incorporación de mujeres. Pero la uniformidad, ese lenguaje silencioso que estructura la vida militar, ha sido uno de los ámbitos donde la igualdad ha avanzado más despacio.
En un entorno donde la disciplina y la tradición pesan tanto, cada cambio en el uniforme es también un cambio en la cultura. La presencia femenina sigue creciendo, pero aún está lejos de la paridad. La uniformidad es solo una pieza del puzzle, pero es una pieza visible y simbólica en una transformación que también se construye desde lo que se viste.
