Opinión

Diseño contra artesanía: el relato que define el valor de las cosas

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Entre tantas semanas de diseño, nuevos conceptos y cada vez más aires de grandeza entre muchos autodeonimnados artistas, les debo confesar que ando bastante reflexivo. Vivimos en una época fascinante. O al menos eso nos gusta repetir. Una era donde todo parece estar alineado con valores como la sostenibilidad, la conciencia social o el consumo responsable. Pero, si rascamos un poco —lo justo, sin profundizar demasiado, no vaya a ser que incomode— quizá lo que encontramos no es tan sólido como aparenta.

Porque sí, hablamos mucho de artesanía. De procesos lentos. De lo hecho a mano. De lo auténtico. Pero, ¿cuántas veces ese relato no es más que una capa superficial? ¿Cuántas veces la artesanía se utiliza como argumento estético y no como fundamento real?

Parece cada vez mas presente la idea hacia una insistencia constante en separar artesanía y diseño. Y, en realidad, la distinción tiene sentido. No es lo mismo hacer una pieza que diseñar el sistema que permite replicarla. No es lo mismo ejecutar que proyectar, ni resolver desde la mano que desde la estructura. Hasta ahí, todo correcto.

El problema no obstante, empieza cuando esa diferencia deja de ser técnica y se convierte en política. Sí, política una vez más. Y así reflexionaba el creador de contenido Esteban Go hace unos días en sus redes sociales. Un perfil que habla del mejor diseño desde la crítica, al cual les invito a seguir y que me hizo reflexionar sobre el siguiente artículo.

La diferencia no está en el objeto

Tendemos a pensar que un objeto “es” artesanía o “es” diseño por naturaleza. Como si esa condición estuviera inscrita en su forma, en su material o en su proceso. Pero no funciona así.

La diferencia no vive en el objeto. Vive en quién lo nombra. Un utensilio tradicional puede contener décadas —o siglos— de conocimiento acumulado: decisiones sobre materiales, ergonomía, temperatura, resistencia. Es, en muchos casos, pura ingeniería aplicada. Sin embargo, se le etiqueta como artesanía, casi de forma automática, como si eso lo situara en un plano menor.

En cambio, cuando ese mismo nivel de inteligencia se valida desde ciertos contextos, pasa a llamarse diseño. Y ahí es donde la conversación debería volverse incómoda.

Nombrar también es jerarquizar

Un molcajete no es solo una pieza tallada: es conocimiento sobre porosidad, fricción, durabilidad. Una silla Acapulco no es únicamente un objeto estético: es una solución estructural, ligera, replicable. Un kadai de acero al carbono resuelve la distribución del calor con una precisión que muchos productos industrializados ni siquiera alcanzan.

Y, sin embargo, rara vez hablamos de ellos en los mismos términos que utilizamos para referirnos al diseño contemporáneo. ¿Por qué? porque nombrar también es jerarquizar. Y esa jerarquía no es inocente.

Llamar “artesanía” a ciertos objetos no solo describe su origen; también condiciona su valor en el mercado. Permite pagar menos a quien los produce y cobrar más a quien los recontextualiza, los edita o los introduce en circuitos donde el relato pesa más que el proceso. También podríamos pensar que la artesanía viene producida de gente con menos recursos y el diseño se alaba.

En los últimos años, la artesanía ha sido absorbida por el discurso del diseño. Texturas, imperfecciones, procesos manuales… todo se convierte en un recurso visual atractivo. Una forma de construir identidad de marca, de conectar con un consumidor que busca autenticidad.

Pero muchas veces esa integración se queda en la superficie. Se adopta la estética de lo artesanal sin asumir su lógica. Se replica su lenguaje sin respetar sus tiempos. Se convierte en una especie de coartada visual que legitima productos que siguen respondiendo a dinámicas industriales convencionales. La artesanía, en este contexto, deja de ser práctica para convertirse en imagen.

El privilegio de poner nombre

No es que todo lo que se produce en el sur sea artesanía y todo lo que se produce en el norte sea diseño. Esa simplificación es cómoda, pero no explica nada. La cuestión es otra: quién tiene el micrófono para decidir cómo se llaman las cosas.

Históricamente, los centros de poder económico y cultural han sido también los centros de validación. Son los que definen qué entra en el circuito del diseño, qué se expone, qué se teoriza, qué se vende como innovación. Mientras tanto, otros saberes quedan relegados a la categoría de lo tradicional, lo local, lo artesanal. No porque carezcan de complejidad, sino porque no controlan el relato. Y sin relato, no hay reconocimiento.

No se trata de borrar la distinción entre artesanía y diseño. Esa diferencia existe y es útil. Permite entender procesos, escalas, intenciones. Lo que sí conviene cuestionar es la jerarquía implícita que hemos construido alrededor de esos términos. Porque cuando el diseño se posiciona sistemáticamente por encima de la artesanía, no está describiendo una realidad objetiva. Está reproduciendo una estructura de poder.

Más allá del lenguaje

Sostener que el diseño es “alemán” y la artesanía “india” implica un sesgo. Cuando alguien como Dieter Rams crea una afeitadora en la Alemania de los años 60, se le llama diseño industrial; en cambio, si un artesano de Rajastán toma decisiones igual de complejas al trabajar el metal a mano, su trabajo se etiqueta como artesanía. El resultado es que el objeto de Rams termina en el Museum of Modern Art, mientras que el del artesano se vende en una tienda de aeropuerto.

Separar “diseño” de “artesanía” es una idea relativamente reciente, propia de Occidente en el siglo XX. Por ejemplo, los tejidos de La Guajira incorporan siglos de elecciones sobre color, forma y técnica, y el hecho de que se comercialicen como artesanía en lugar de diseño no dice nada sobre su valor o complejidad. Al final, llamar “artesanía” a lo que proviene del sur y “diseño” a lo del norte responde más a una postura política que a una diferencia real entre los objetos.

Quizá el reto no sea redefinir las palabras, sino revisar quién las utiliza y con qué propósito. Entender que detrás de cada etiqueta hay una forma de organizar el valor, de distribuir el reconocimiento, de legitimar ciertos discursos frente a otros. En un momento donde todo parece cuidadosamente diseñado para parecer auténtico, la verdadera honestidad pasa por mirar más allá del lenguaje.

No nos olvidemos: lo que llamamos artesanía no es una categoría inferior, sino un sistema de conocimiento que nunca necesitó ser validado como diseño para serlo.

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