La elección de Rosa Crujeiras como primera rectora en la historia de la Universidad de Santiago de Compostela (USC), fundada en 1495, rompe casi cinco siglos de liderazgo exclusivamente masculino. Además, ocurrió algo inédito: por primera vez, dos mujeres compitieron por el rectorado. Este hecho refleja un cambio de época, aunque también evidencia lo excepcional que sigue siendo.
“Lo importante no es ser la primera, sino garantizar que no eres la última”, afirmó Crujeiras tras su elección. “Los avances visibles, pero todavía débiles e insuficientes”, nos indica desde Comisiones Obreras Santiago Cuesta, secretario de Universidad e Investigación. Nos muestra con cifras que hay una evolución clara. En 2012, solo seis mujeres dirigían universidades en España. Una década después, el número se ha multiplicado por casi cuatro, alcanzando las 21 rectoras.

Lo paradójico del sistema universitario es que las mujeres son mayoría entre el alumnado -más del 57 % en grado y más del 56 % en máster-, pero su presencia disminuye a medida que se asciende en la jerarquía académica. “En el nivel de cátedra apenas alcanzan el 27 %, un dato clave porque este escalón es, en la práctica, la antesala del rectorado”, señala Cuesta.
Cuello de botella
El resultado es que existe un embudo estructural. A medida que aumenta el poder, disminuye la presencia femenina. Ese cuello de botella fue uno de los ejes del encuentro “El liderazgo de la mujer en la universidad”, organizado en 2019 por la Fundación CYD. Allí, varias rectoras pusieron cifras a una realidad todavía presente: las mujeres representaban entonces apenas el 22,5 % de las cátedras. “La plena participación de la mujer en cargos ejecutivos es fundamental”, defendió Pilar Aranda, rectora de la Universidad de Granada, quien recordó que durante casi dos años fue la única mujer al frente de una universidad española.

La cuestión no es solo numérica. “El acceso a las cátedras -indica el secretario de Universidad de CCOO- exige una carrera investigadora continua, altamente competitiva y sin interrupciones. Y ahí es donde entran en juego factores que siguen afectando de manera desigual a las mujeres”.
Maternidad y cuidados
Uno de los principales frenos es la dificultad de compatibilizar la carrera académica con la maternidad y los cuidados. Como señalaba la rectora de la Universidad de Huelva, María Antonia Peña, “el desarrollo de la investigación requiere una alta dosis de dedicación y tiempo que no resulta fácilmente compatible con los roles familiares y domésticos que todavía asumen en solitario muchas profesoras”.
Este diagnóstico sigue plenamente vigente. Aunque las políticas de conciliación se han extendido, los datos cualitativos, como los recogidos en el informe Científicas en Cifras 2025, muestran que las mujeres perciben mayores dificultades que los hombres para acceder a oportunidades en igualdad de condiciones.

El problema no es solo la existencia de permisos o medidas formales, sino su impacto en las trayectorias. “La carrera académica sigue valorando la hiperdisponibilidad, la movilidad internacional y la producción constante, y penaliza las interrupciones”, dice Cuesta.
A ello se suma la mayor carga de cuidados, especialmente de personas mayores, que sigue recayendo sobre las mujeres. “Esta doble jornada reduce el tiempo disponible para investigar, publicar o participar en redes académicas, elementos clave para progresar”.
Existen otros obstáculos culturales, quizá más difíciles de cuantificar. “A nosotras se nos exige más. Tenemos que demostrar que somos excelentes. Y también medir más nuestras formas. La ambición en un hombre es positiva; en una mujer, no”, ha denunciado Crujeiras. Este tipo de sesgos se traduce en evaluaciones más exigentes, cuestionamiento de la autoridad femenina y expectativas de comportamiento diferentes. La propia campaña al rectorado pone de manifiesto estas dinámicas, con preguntas sobre conciliación o maternidad que rara vez se plantean a candidatos hombres. En palabras de otra candidata en la USC, Maite Flores, muchas mujeres siguen enfrentándose al juicio social de ser “malas madres” si asumen responsabilidades de liderazgo. Un mecanismo sutil de exclusión incluso antes de que se formalicen las candidaturas.
Quince años para alcanzar la paridad
El concepto de “techo de cristal” sigue siendo útil para describir el liderazgo en la Universidad. No se trata de una barrera, sino de un conjunto de obstáculos acumulados que se manifiesta en la menor presencia en cátedras, las trayectorias interrumpidas o ralentizadas, menor participación en redes de poder informales y la autoexclusión derivada de circunstancias poco favorables.
A pesar de ello, los indicadores recientes apuntan a una ligera mejora. El índice de techo de cristal en la carrera investigadora ha descendido en los últimos años, lo que sugiere que, de mantenerse la tendencia, la paridad podría alcanzarse en aproximadamente 15 años. Las universidades han desarrollado políticas activas de igualdad. Según el Ministerio de Ciencia, la integración de la perspectiva de género alcanza ya el 79,5 % en las universidades públicas. Los planes de igualdad, las medidas de conciliación y los protocolos contra el acoso son ya habituales. También se han introducido ajustes en los sistemas de evaluación para tener en cuenta la maternidad y los cuidados.
Sin embargo, los propios informes advierten de sus límites. Las mujeres valoran peor que los hombres estas medidas, lo que indica una brecha entre el diseño institucional y la experiencia real.
Además, muchas de estas políticas se centran en facilitar la conciliación sin cuestionar el modelo de carrera académica. Como resultado, el riesgo es que las mujeres se adapten a un sistema que sigue penalizando cualquier desviación de la norma masculina tradicional. La propia Crujeiras lo ha reconocido al evocar su trayectoria. Hija de marinero y ama de casa, formada en la educación pública, su llegada al rectorado simboliza una apertura del sistema, pero también las desigualdades de origen. “Siempre está la pregunta de cómo lo vas a hacer con los niños y la familia. Dudo mucho que se la hicieran a un hombre”, lamenta.
