Nunca nos lo habríamos imaginado. Durante años más bien lo creímos al revés. La izquierda aleccionaba sobre los peligros de la represión de los conservadores. Sobre todo de ellas. Pero varios estudios confirman un patrón claro y persistente: las mujeres que se identifican como socialistas o de izquierda muestran niveles significativamente más altos de ansiedad, depresión, diagnósticos de trastornos mentales y menor satisfacción vital que las conservadoras. Por lo menos es lo que sugieren sobre las americanas, y aquí siempre nos llega la ola. Este “gap de bienestar” no es nuevo, pero se ha ampliado desde 2010, especialmente entre las jóvenes. La evidencia proviene de encuestas representativas como el General Social Survey (GSS), Pew Research, American Family Survey 2024 y análisis de adolescentes del Monitoring the Future. Las datos no mienten: las chicas de izquierda parecen más infelices.
El contraste se llamativo. Según el American Family Survey de 2024, el 37% de las mujeres conservadoras jóvenes se declaran “completamente satisfechas” con su vida, frente a sólo el 12% de las “progresistas”. Es decir, las conservadoras tienen tres veces más probabilidades de declarar una satisfacción alta. En Pew Research (2020), el 56% de las mujeres blancas liberales de 18-29 años afirmaron haber pasado por un profesional de salud mental frente al 27-28% de las moderadas o conservadoras. Entre adolescentes, el estudio de Gimbrone et al. (2022) mostró que la depresión aumentó drásticamente entre las chicas liberales a partir de 2012, mucho más que en cualquier otro grupo. Los liberales en general son el doble de propensos a estar diagnosticados mentalmente que los conservadores, y esta brecha se ensancha entre las mujeres.

¿Por qué ocurre esto? Una explicación apunta al fundamentalismo de la justicia social o wokeness. Esta ideología fomenta distorsiones cognitivas clásicas de la depresión: catastrofismo, pensamiento en blanco y negro, constante rumiación sobre injusticias sistémicas y una visión victimista (“el mundo me oprime”). El libro de Jonathan Haidt y Greg Lukianoff, The Coddling of the American Mind (2018), ya advertía que estas formas de pensar, reforzadas en los campus y las redes sociales desde 2014, generaban una “indefensión aprendida”. En encuestas de FIRE (2024), con más de 55.000 estudiantes, los muy liberales -especialmente mujeres y no binarios- reportaban peor salud mental (57 % vs. 34 % en muy conservadoras). La interseccionalidad, al definir la vida como una opresión perpetua, erosiona la idea de control personal.
Otros factores son, precisamente, el autocontrol y la restricción. Como argumentan en The Atlantic (2024), la moderación -frenar los impulsos inmediatos- correlaciona con mayor bienestar a largo plazo. La derecha tiende a valorar más el deber, la familia, la religión y la gratitud, elementos que protegen contra la infelicidad. Los conservadores puntúan más alto en responsabilidad personal, optimismo realista y creencias morales trascendentes. En cambio, la cultura de la autenticidad y la expresión sin filtros (más alineada con la izquierda) coincide con el aumento de la depresión y la ansiedad desde 2010.

La “paradoja de la igualdad de género”, documentada por psicólogos como Stoet y Geary, añade otra capa. En sociedades ricas y equitativas como EE.UU. o Europa del Norte, las diferencias de personalidad y preferencias entre sexos se amplían: las mujeres, más libres de elegir, se inclinan hacia valores “izquierdistas” (empatía, igualdad emocional) y manifiestan más infelicidad relativa. Desde los años 70, la felicidad femenina ha caído en términos absolutos con respecto a los hombres pese a cualquier avance objetivo. Las jóvenes de hoy son mucho más liberales que los varones (40 % vs. 25 % en menores de 30, según Gallup), y esta brecha ideológica coincide con su mayor malestar. No faltan críticas: algunos sugieren que los conservadores niegan o no hablan de sus problemas, o que los de izquierda acceden más a terapia. Pero los estudios controlan por ingresos, educación, raza y acceso sanitario, y el patrón persiste. Además, la brecha se amplía en cohortes jóvenes, coincidiendo con el auge de las redes sociales y el activismo identitario.
En resumen, las datos apuntan a que sí: las chicas de izquierda son, en promedio, más infelices. No se trata de juzgar ideologías, sino de reconocer que ciertas visiones del mundo centradas en el victimismo, la rumiación (darle vueltas a las preocupaciones) y la baja auto restricción erosionan el bienestar. La felicidad, y los datos parecen sólidos, podría depender más del control personal, la gratitud y las relaciones estables que de denunciar constantemente al sistema. En una era de crisis mental juvenil, vale la pena preguntarse si la “justicia social” como religión secular no estará haciendo a sus fieles más desgraciados.
