Tengo una nueva adicción, se llama LinkedIn. Un terreno pestilente que ni disfruto ni aprovecho, pero que me dijeron hace años que era imprescindible. Jamás me ha salido un trabajo por LinkedIn, pero cada semana recibo media docena de mensajes de gente (bots, en realidad) que me quieren vender algún curso de motivación para la empresa que no tengo.
Cuando entré esta red social – en teoría ubicada a lo laboral – no era conocida ni popular. La gente posteaba poco, y yo mantenía una discreta nómina de 200 contactos, que es lo suyo. Ahora tengo 1.332 y al 80% no solo no les conozco en persona, sino que no sé quiénes son (y no creo que ellos sepan quién soy yo tampoco). Ahora posteo casi a diario, con hastío y un poco de mala leche. Me dice mi novio que no debo usarlo así, y me quiere rehacer el perfil para que sea más práctico. Le digo que sí, pero pienso diferente. Creo que en su sector sí puede tener utilidad, pero en el mío tiene poca o ninguna.
LinkedIn es el paroxismo de la trola. Una de las personas más tóxicas que me he echado a la cara en el mundo laboral tiene un perfil que, de no conocerla, me haría pensar que realmente es todo lo que pone ahí. De entre todo lo que dice, la realidad es que ha pasado dos o tres meses por empresas de las que ha sido expulsada cuando se han dado cuenta de cómo respira. Algunas de las personas más valiosas con las que me he cruzado apenas actualizan su perfil o lo tienen casi sin rellenar. ¿Les serviría de algo hacerlo? No lo sé. Tienen más de cincuenta años.

La nueva plaga de esta plataforma es la IA. Prácticamente todo lo que te escupe el interfaz es morralla esquizoide escrita con Chat GPT donde un señor que vende humo en otro país te da consejos para triunfar en el trabajo, en la vida, y en las finanzas. No tendría nada de particular si hubiera un chorreo de bromas y cuchufletas en las respuestas, pero lo que responden otros perfiles (de señores y señoras de más de cuarenta años que, al parecer, tienen dinero como para pagar casa y coche) es desesperanzador, porque le dan toda la razón a esos consejos sobre invertir a los 20 años para comprar una casa a los 30 porque en esta vida todo es meritocracia. En otras palabras: la red social más seria es la que está poblada por la gente más idiota, o por lo menos es donde más escriben los idiotas.
En LinkedIn hay que darle las gracias a la vida cuando te despiden (por la oportunidad). En LinkedIn hay que agradecer el paro que no te dan (por la resiliencia). Hemos de abrazar cualquier nueva forma de explotación (por el avance), y es importante que no cuestionemos nada, no sea que nuestro próximo contratador vea que alguna vez hemos dicho algo crítico. En LinkedIn se premian servilismo y tibieza. Nadie quiere contratar a alguien que echa pestes de todos los sitios en los que ha estado (yo tampoco querría), pero no entiendo cómo no desconfían asimismo de los que encuentran una lección de vida en todas y cada una de las cosas que les pasan a lo largo del día.

Entro en todas las redes sociales siempre pensando que las cosas mejorarán, que tendré una nueva oportunidad de algo, o que encontraré una solución para algún problema concreto. Entro a Facebook y mis amigos de más edad se quejan de todo. Se quejan durante párrafos y párrafos. Como me dijo un día el compañero y amigo Jesús Palacios al ver la filípica que uno había puesto por respuesta, “por esta extensión de texto yo ya cobro”. En Facebook la gente les manda cartas abiertas a presidentes del gobierno que no les leen “Señor Rajoy”, “Señor Sánchez”, “Señor Trump”. En Facebook la gente se muere, pero como ya no hay casi nadie, no nos enteramos. “Feliz cumpleaños Uriel, ¿cómo te va?”, le escribió en 2023 una chica a un amigo fallecido en 2012.
En Instagram la gente es feliz y moderadamente rica. Viajan mucho. Viajan todo el rato. Comen cosas bonitas y estéticas (aesthetic dice la chavalada). Hacen yoga. Celebran la vida, dan las gracias por el amor. Y a veces comparten alguna cosa sobre desgracias globales, entre foto del culo y foto del culo. En Instagram no existe la pobreza salvo en Gaza, porque creo que Sudán aún no ha aterrizado en la red social del Coachella.

En Twitter (ahora X, pero nunca lo llamaremos así) la gente es pobre, muy pobre. Nadie tiene dinero, aunque trabajen doce horas al día. Todo el mundo sin excepción es la primera persona de su árbol genealógico en pisar una universidad. Sus padres han crecido descalzos y sus abuelas han vendido cerillas de niñas. En Twitter todo es conciencia de clase y entradas para el concierto de Rosalía.
En Tiktok solo hay influencers y chavales jugándose la vida en retos absurdos. Y pedófilos que miran pero no postean. Y ladrones. Y chinos, muchos chinos. También hay gente sin filtro esperando volverse viral. En Tiktok está casi todo el mundo, en realidad.

…pero si cierro Instagram, Twitter, Facebook y Tiktok mi vida sigue igual. Si cierro LinkedIn me quedo sin saber cómo de tontos podemos llegar a ser, y cuánto tiempo se puede de verdad perder en tratar de demostrar que uno es el mejor profesional de cuantos han pisado la Tierra. Y eso no sé si me lo quiero perder.
