“He encontrado un zulo en la casa que investigaron por el crimen de Esther López, en Traspinedo”. Es la llamada que hace justo una semana atienden en la Guardia Civil. Al otro lado del teléfono, Luis cuenta que llama siguiendo la recomendación de su abogado. Pico en mano, acaba de encontrar un sótano desconocido mientras buscaba una humedad en la vivienda vallisoletana que cinco meses atrás compró al padre del Óscar Sanz, el único acusado del asesinato de Esther, la joven de 35 años hallada sin vida en 2022. Apunta que nadie le informó de la existencia de ese espacio, que halló bajo una litera al levantar varias baldosas y una capa de espuma de poliuretano, al igual que no figuraba en los planos que le entregaron. Con lo que decidió informar del hallazgo por si acaso los investigadores tampoco tenían conocimiento del mismo. Como así era.

23 días a la intemperie
En ninguna página del sumario del caso Traspinedo se especula con que exista un espacio así. El zulo es por tanto la pieza que, a día de hoy, no encaja con la tesis de la UCO. Por supuesto, si las muestras recabadas estos días arrojan otros resultados el relato de la investigación cambiará. Pero sobre el papel entregado al juez tras cuatro años de investigación, a nivel policial y pericial se llega a la misma conclusión: el cadáver de Esther nunca estuvo en un espacio cerrado, oculto o protegido de inclemencias. Ni tan siquiera se plantea. En su reconstrucción del crimen, los investigadores deducen que a las pocas horas de su muerte, el 12 de enero de 2022, Óscar dejó el cuerpo en la cuneta donde lo encontraron casi un mes después.
El trabajo del laboratorio del Criminalística ahonda en la misma dirección cuando señalan la presencia de sustancias “verdes” y “blanquecinas” halladas en la ropa de la víctima, que vinculan a la vegetación de la zona. Incluso sobre el famoso hongo encontrado en las uñas de la víctima, del que esta semana se ha mencionado la posibilidad de que su origen estuviera en el zulo, los expertos no aportan nada en ese sentido. Solo especifican que se trata del hongo Dictyostelium que, según la Sociedad Española de Bioquímica y Biología Molecular, es una “ameba social, un organismo unicelular, que vive en el suelo”. Lo que afianza la hipótesis de todo el atestado: que el cuerpo sin vida de Esther estuvo 23 días a la intemperie, expuesto a la neblina, heladas y elevada humedad de principios de año en la comarca de la Tierra de Pinares.

Secuencia mortal
La noche del crimen, Traspinedo dormía a 7 grados bajo cero. Pero al menos, un hombre y una mujer seguían despiertos a altas horas de la madrugada. Óscar, de 38 años, y Esther, de 35, habían seguido camino juntos en el coche de él sobre las tres de la madrugada cuando el resto del grupo se retiró. Habían salido por la zona de las bodegas, bebiendo alcohol y consumiendo cocaína. Él conocía sobre todo a la hermana de Esther. De ella, todo su entorno la definió como extrovertida y alegre, igual que coincidían en definirla como temperamental.
El principal investigado también recurrió al carácter de la joven cuando alegó su inocencia. Según Óscar, Esther se bajó de su coche enfardada porque ella insistió en seguir de fiesta y él se negó. “Rancio y ‘cortapedos’ o algo similar”, asegura que le llamó antes de proseguir su camino a pie por la carretera. Sola. Pero el volcado de datos del Volkswagen T-Roc de Óscar no confirmó su versión: no consta ninguna parada del coche hasta que llega a la casa. Lo que pasó allí sigue siendo parte del misterio.

La tesis policial es que llegaron juntos a la vivienda del único sospechoso y que allí se desencadenó una violenta discusión, sin que se pueda descartar ni afirmar que lo motivó el intento de agresión sexual pues la ropa estaba intacta, sin signos de violencia más allá del pequeño desgarro en la chaqueta beis que Esther estrenó esos días. Los investigadores hablan de “arrebato”: el chispazo que desencadenó una secuencia mortal, en la que Esther terminó atropellada en la carretera de la urbanización El Romeral, cerca de la casa de Óscar, a uno velocidad de impacto de unos 45 km/h.
Los golpes que presentó su cuerpo no arrojaban duda posible en ese sentido. Pero tardaron en demostrar que no se trataba de un hecho accidental con huida del conductor, sino que estaban ante un acto homicida. Los agentes del ERAT (Equipo de Reconstrucción de Accidentes de Tráfico) tuvieron que emplearse a fondo. Elaboraron una pieza clave en la causa: la recreación en 3D de cómo debió de producirse el atropello mortal. Pero además, la investigación concluyó que la cuneta en la que hallaron el cuerpo el 5 de febrero de 2022, casi un mes después de la desaparición y a unos tres kilómetros de Traspinedo, no era el lugar del atropello, sino que estaban en una escena simulada por la posición en la que estaban tanto ella como sus pertenencias; el móvil cerca de los pies y el bolso tirado en un lateral.

En ese momento aún tenían tres sospechosos, las tres últimas personas que habían visto a Esther con vida entre las que estaba Óscar. Casualmente, unos años antes sufrió un accidente justo en ese tramo, al salirse de vía en una curva anterior. La teoría que manejan los mindhunters es que todo criminal que busca una salida recurre a lo conocido y por eso eligió esa localización para simular un atropello lejos de su casa. Después, era cuestión de esperar que la encontraran. Lo que pasó 23 días después, pese a que la zona se peinó en dos ocasiones. Para la familia, ese último dato ha sido determinante estos años. Convencidos de que el cadáver no estuvo a la intemperie, siempre han sostenido que él ocultó el cadáver en algún lugar preservado hasta horas antes del hallazgo.
El zulo es la pieza que para el entorno de Esther encaja por fin las incógnitas del rompecabezas, pero desmontaría parte del trabajo policial. Dos meses después del crimen, en 2022, los agentes pasaron cuatro días tomando muestras en la casa del principal sospechoso. Movieron todos los muebles, incluso la litera de una de las tres habitaciones bajo la cual apareció hace una semana la trampilla. Aunque en la inspección ocular tampoco detectaron ninguna baldosa sospechosa que estuviese tapando el acceso al sótano. Tampoco vieron desde el exterior el respiradero que indicaría la existencia de un habitáculo subterráneo. Ni muchos menos dejaron constancia del apunte que supuestamente les hizo Óscar, presente entonces en la inspección como lo ha estado esta semana en el registro, sobre la bodega sellada por su padre 20 años atrás. “La UCO miente y manipula”, se defendió esta semana ante los periodistas que le preguntaban en plena calle.
“Nos vamos tan tranquilas como vinimos, porque evidentemente no se ha encontrado nada”, zanjaron sin embargo las abogadas del encausado al terminarse los registros del zulo: “Pocas muestras para como suelen ser. Se han llevado del borde de la trampilla y de la escalera, que no han podido usar para bajar porque estaba muy oxidada”. El fondo del zulo tenía 30 centímetros de agua que los GEAS (Grupo Especial de Actividades Subacuáticas) tuvieron que achicar ambos días. Óscar solo estuvo el primero.

En cuatro años, el único acusado a día de hoy ha declarado tres veces y siempre ha mantenido su inocencia. Incluso ahora que va camino del banquillo, Óscar ha atendido altanero a los periodistas. Sigue en libertad con medidas cautelares, pese a que la familia ha solicitado cinco veces su ingreso en prisión provisional, pero la jueza siempre entendió que no procedía pues no existía riesgo de destrucción de pruebas. Su valoración no quita para que el proceso haya seguido su curso. Fiscalía pide 18 años entre rejas y la acusación particular un total de 39. Aunque no hay fecha de juicio y las partes asumen que el cotejo de pruebas recogidas lo retrasará.
