“Si fuera tan grave, denunciaría”

Analizamos con la psicóloga especializada en violencia de género, Laura Salgado Álvarez, por qué muchas mujeres no denuncian, tardan en hacerlo o se acogen a la dispensa de declarar contra su maltratador

Por qué la violencia de género no responde a patrones de conducta evidentes
KiloyCuarto

“Si fuera tan grave, denunciaría”. Esa frase, repetida con frecuencia, resume uno de los principales errores al abordar la violencia de género. Porque, en la práctica, denunciar no siempre es fácil, ni inmediato, ni siquiera lo más seguro. Laura Salgado Álvarez, psicóloga experta en violencia de género en la asociación Alma, insiste en que muchas mujeres no denuncian no por falta de motivos, sino precisamente por todo lo que tienen en juego.

“Con la denuncia puedes seguridad por un lado, pero perder estabilidad por otro”

No hay una única explicación. Cada historia responde a circunstancias distintas, aunque sí se repiten patrones. Uno de los más importantes tiene que ver con lo material. La dependencia económica sigue siendo una barrera clave, sobre todo en relaciones largas en las que la mujer no ha tenido acceso al empleo o a la formación. Dar el paso implica asumir pérdidas importantes. “Muchas veces si esa persona denuncia o se separa, gana seguridad por un lado, pero pierde en estabilidad en otro”.

A ese factor económico se suma el impacto psicológico. Las dinámicas de control y manipulación erosionan la autoestima hasta el punto de que la víctima puede llegar a cuestionar su propia percepción. Con el tiempo, interioriza un relato que la deslegitima. “Ha aprendido que no tiene derechos, que su versión de la realidad es errónea y que nadie la va a creer”.

El miedo atraviesa todo el proceso. No solo el temor a denunciar, sino a lo que puede venir después. La posibilidad de que la violencia aumente, de que el agresor reaccione o de que dirija el daño hacia los hijos pesa en cada decisión. En esa lógica, la seguridad no siempre se percibe como una garantía. “¿Qué pesa más, la seguridad que puedo encontrar o la violencia que siento más cierta?”

Muchas mujeres sienten que cualquier paso que den será cuestionado

A ese temor se añade la presión social. Muchas mujeres sienten que cualquier paso que den será cuestionado. Denunciar pronto o tarde, quedarse o irse, todo parece estar bajo sospecha. La sensación de juicio constante actúa como freno. “Si denuncias demasiado pronto, es demasiado pronto; si es tarde, es demasiado tarde”.

Cuando hay hijos, la situación se vuelve aún más compleja. Persiste la idea de que necesitan un padre, incluso en contextos de violencia. Esa creencia convive con otra realidad: el impacto directo sobre los menores de edad. En algunos casos, la decisión de romper llega precisamente ahí, cuando el foco deja de estar solo en la propia supervivencia.

Denunciar, además, no significa cerrar el problema. Iniciar un proceso judicial puede abrir una nueva etapa marcada por la exposición y el desgaste. Algunas mujeres se enfrentan a situaciones en las que se sienten cuestionadas o revictimizadas dentro del propio sistema. Muchas lo viven así: “es el principio de otro calvario”.

De ahí la importancia del acompañamiento. El aislamiento forma parte de las dinámicas de control, y romperlo amplía las posibilidades de salida. Contar con apoyo, información y una red cercana marca la diferencia a la hora de tomar decisiones. “Lo más importante es el acompañamiento”.

Ese recorrido también ayuda a entender por qué algunas mujeres denuncian y después se retractan. El miedo vuelve a aparecer, junto a creencias muy arraigadas sobre la familia, la culpa o el fracaso personal. Nada de eso desaparece de un día para otro y puede resurgir incluso después de haber iniciado el proceso.

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Cuándo se debe intervenir

Desde fuera, surge a menudo la duda de cuándo intervenir. La respuesta no es simple. Actuar sin valorar bien la situación puede tener efectos contraproducentes. La recomendación pasa por recopilar pruebas y acudir a recursos especializados que permitan analizar cada caso con detalle. Cuando el riesgo para la vida es evidente, la necesidad de actuar resulta más clara.

Más allá de las decisiones individuales, el problema tiene una dimensión estructural. La dificultad para entender por qué una mujer no denuncia responde también a una mirada simplificada de la violencia de género y a creencias profundamente arraigadas. A ello se suma la influencia de discursos que, especialmente entre los jóvenes, están reforzando visiones distorsionadas sobre las relaciones y los roles de género.

Para Salgado Álvarez, el reto pasa por cambiar el enfoque. No se trata de juzgar, sino de comprender las condiciones en las que se toman estas decisiones. Solo así es posible ofrecer respuestas eficaces.

Porque salir de la violencia no depende únicamente de la voluntad individual. Depende de algo más básico. Que existan alternativas reales. Que haya apoyo sostenido. Y que ninguna mujer tenga que enfrentarse sola a una decisión que puede ponerlo todo en riesgo.