El caso de Salma y por qué la violencia de género no responde a patrones de conducta evidentes

La puesta en libertad provisional del acusado de secuestrar, violar y torturar a Salma reabre el debate sobre cómo se interpreta la conducta de las víctimas en contextos de miedo, control y violencia

Por qué la violencia de género no responde a patrones de conducta evidentes
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,Cuando Salma pudo, huyó. No pidió ayuda a viandantes por la calle, no buscó una comisaría para contar el infierno que había vivido, casi como si no confiase en nada ni en nadie. Recorrió la distancia que la separaba de un lugar seguro hasta llegar a casa de alguien en quien sí confiaba, su expareja, y fue a este hombre a quien le contó lo que había vivido.

En ese momento, su estado físico era devastador y presentaba las siguientes lesiones: múltiples hematomas por todo el cuerpo, cicatrices de heridas antiguas, algunas compatibles con arma blanca, una brecha en la cabeza que requirió puntos de sutura, la pérdida de varios dientes y una lesión ocular grave que le había hecho perder la visión en un ojo.

Las heridas visibles son compatibles con una violencia sostenida, repetida, acumulada en el tiempo. Pero no solo su anatomía era un indicio claro, Salma, contó y narró dos años de infierno, habló de las heridas que no se ven, de las que destruyen.

El investigado por retener durante dos años a una mujer en contra de su voluntad el día que pasó a disposición judicial. Europa Press

La jueza no cree a Salma

Sin embargo, la jueza que investiga el caso no cree en su palabra. Tanto, como para dejar en libertad provisional a su supuesto agresor y captor, mientras se sigue investigando. En el auto judicial, esa duda se apoya en varios elementos: el testimonio de personas del entorno del acusado que aseguran que la mujer no estaba retenida, el hecho de que Salma saliese en ocasiones de la vivienda, que acudiese sola a una tienda o que no pidiese ayuda en espacios públicos, así como las características del lugar donde afirmó haber estado encerrada, donde, según se recoge, el pestillo se encontraba en el interior.

De estas circunstancias, la magistrada infiere que existen contradicciones suficientes como para cuestionar que la víctima estuviese privada de libertad contra su voluntad, llegando a descartar que durante casi dos años no pudiera entrar y salir del domicilio. Es decir, si podía salir, si no pidió ayuda, si interactuó con otras personas, entonces no estaba retenida.

Llama la atención el razonamiento de la magistrada, especializada en violencia de género, porque la lógica y la coherencia no se aplican en las dinámicas de una relación marcada por el miedo, el maltrato y el control.

Como explica la psicóloga Chelo Álvarez, la violencia de género, como fenómeno estructural y relacional, no responde a patrones de conducta simplistas ni coherentes desde fuera.

La indefensión aprendida

Se sostiene sobre dinámicas complejas como el control coercitivo, que implica aislamiento, miedo y dependencia emocional; la indefensión aprendida, que bloquea la capacidad de reacción de la víctima; la ambivalencia afectiva hacia el agresor; y la supervivencia adaptativa, que lleva a desarrollar conductas que, vistas desde fuera, pueden parecer contradictorias.

“Nuestra cárcek es mental”, explica Ana Bella
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En este contexto, que una mujer salga de una vivienda, que entre sola en una tienda o que no pida ayuda no demuestra libertad. Puede ser, precisamente, una forma de sobrevivir. Porque en estas situaciones, la ausencia de barrotes no significa ausencia de control.

A esa misma idea apunta Ana Bella, presidenta de la fundación que lleva su nombre, cuando describe cómo funciona ese control invisible: “La primera vez que salí a la tienda de la esquina sin decirle nada, cuando volví él estaba fuera de sí. Me arrinconó contra la pared, pegaba puñetazos… y acabé sintiéndome culpable por haber salido de casa sin avisar”.

“Nuestra cárcel es mental, aunque tengamos la comisaría al lado, no vamos a pedir ayuda”

Tenemos la llave de nuestra casa, pero no podemos salir. Nuestra cárcel es mental”, explica. “Nos tienen tan comida la cabeza y tenemos tanto miedo a las consecuencias, que aunque tengamos una comisaría al lado, no vamos a pedir ayuda”.

Ese miedo no es abstracto. Está sostenido por amenazas, por la violencia previa y por la idea constante de que cualquier intento de autonomía puede desencadenar algo peor. “Nos dicen: si te vas, te voy a hacer la vida imposible, voy a matar a tu familia, a tus hijos, me voy a suicidar… y eso nos paraliza”, insiste Ana Bella.

En ese contexto, la conducta de la víctima deja de responder a lo que desde fuera se consideraría lógico. No pedir ayuda, no huir cuando aparentemente podría hacerlo. No es incoherencia. Es supervivencia.