Opinión

Democracia a la venezolana

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Venezuela no está volviendo a la democracia, está obligada a reinventarla. Después de años de miedo, violencia e incertidumbre, sus ciudadanos tenemos el reto de crear nuestra propia versión de esta palabra tan abusada, y dedicarnos todos los días a una reconstrucción que también será emocional.

La democracia, vista de forma general como la discusión y deliberación pública, será, por primera vez, a la venezolana. Se tratará de un pacto de verdad, donde no solo organizaremos elecciones y decidiremos lo que queremos y a quien queremos, sino creeremos que sus resultados son reales; donde recuperaremos las instituciones, pero sobre todo la confianza en ellas; donde dejaremos atrás el miedo a decir que somos libres de verdad.

Pero para llegar a ese punto, finalmente en muchos años somos protagonistas de una transición que ya empezó. “La transición es ésta”, le dijo esta semana María Corina Machado a un grupo de periodistas en una conversación off the record, y también lo resalté en mi cuaderno, porque es verdad que esa transición no inició el 3 de enero con la captura de Nicolás Maduro y Cilia Flores, sino el día en que descubrimos que los hechos son más potentes que los relatos impuestos y demostramos nuestra victoria electoral, el 28 de julio de 2024, frente a un sistema autoritario y casi omnipotente.

Personas reaccionan al conocer la aprobación de la ley de amnistía para presos políticos este jueves.
EFE/ Miguel Gutiérrez

Desde esa fecha, asumimos la verdad como narrativa y aprendimos que dudar de todo no era suficiente. Ese día, defendimos la verdad como espacio común y nos asumimos como unos freedom fighters con un currículo extenso en peleas y suficientes referencias para hablar con propiedad sobre el abuso.

Por eso, la democracia a la venezolana será una referencia para quienes tuvieron que construir su propio esquema de libertades ante la falta de antecedentes similares. Será un sistema político representativo de verdad, con garantías y espacio para todos, con estándares de libertad medibles, instituciones transparentes y abiertas al escrutinio, con un Estado de Derecho real donde el poder estará sometido a la ley, con una ciudadanía activa que se organiza y demanda a sus autoridades, con libertad de expresión reconocible y una sociedad vibrante que regresará a su casa con la experiencia aprendida en cientos de países donde la democracia ha sido exitosa.

Personas lloran durante una protesta alrededor de El Helicoide este sábado, en Caracas (Venezuela).
EFE/Ronald Peña R

Haremos la democracia como nunca y nuestra definición se reseñará desde lo cotidiano: las familias que se reencontrarán después de años de discusiones políticas y migración obligada, las comunidades que volverán a compartir tradiciones y no delaciones, los periodistas que podrán hacer su trabajo libremente sin temer ofender al gobierno de turno, los emprendedores que pensarán en oportunidades de negocio en ciudades listas para la inversión y el talento local, servicios públicos eficientes y ciudadanos capaces de cumplir y hacer cumplir reglas compartidas.

En definitiva, los venezolanos podremos sentirnos orgullosos de lo que somos, y no hablo solo de nuestra nacionalidad, sino de la experiencia democrática que podremos compartir al mundo, explicando que la democracia no comienza en un palacio presidencial, sino en cada ciudadano que logre recuperar gestos mínimos de convivencia y libertad, con instituciones a sus servicio.

La democracia no será un titular; será un hecho comprobable y nuestro. Países como España saben que las transiciones no son lineales, ni perfectas, pero Venezuela enfrenta un desafío distinto: hacer que ese cambio sea creíble, y todo indica que lo veremos este mismo año.