Opinión

Pies descalzos

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Hay un momento en La Regenta, cuando Ana Ozores se encuentra ya casi completamente bajo el dominio moral y emocional de don Fermín, en el que la convence para que procesione como penitente. Toda Vetusta se concentra para ver a la hermosa Ana, la intachable casada, que, junto al penitente de toda la vida, único y un poco histriónico, avanza descalza en pago de no se sabe muy bien qué culpa.

Mientras tanto, Obdulia y Visitación, amigas pero no mucho de Ana, duchas en hipocresía y en el manejo social, la observan con envidia (nunca Vetusta estuvo tan pendiente del escote de las bellas como de los pies que se entreven bajo la sobria túnica de la Regenta) e incluso, tienen que reconocer, con una pizca de lujuria. Su marido, en cambio, se desespera. “Sedúzcanmela, clama, pero que no se entregue a la iglesia”. Para desgracia de todos, ambas cosas ocurrirán, con el tiempo.

Pensaba en ese pasaje, tan bien narrado, que se completa con la vergüenza que siente a cada paso la pobre Ana, que no sabe muy bien cómo se ha dejado meter en ese embrollo, con las fotografías de las procesiones y los oficios de Semana Santa que han circulado, donde chicas muy jóvenes, algunas de ellas, las más celebradas, bonitas, visten de manolas con el mismo rigor y la misma adherencia a las normas que algunas guiris que se ven arrastradas por la imparable marea de la Feria de Abril o el Rocío. Como les ocurría a las Obdulias y las Visitaciones de Clarín, modestas, pero no mucho.

Y si Clarín se burlaba ya entonces de los excesos de la devoción traducidos en un espectáculo público, si en esas páginas queda ya claro el apego que algunos sienten por mostrarse incluso cuando la fe requiere recogimiento, dignidad y reflexión; si arrastramos siglos de ostentación entremezclados con las festividades religiosas, y unos pocos años de aleccionamiento, más evangélico que católico, más rígido que caritativo entre las huestes más jóvenes, que lo han abrazado con el mismo convencimiento y la misma frivolidad con la que sus abuelos se iban a la India y encontraban un nuevo sentido a la turbia sociedad europea de los 70.

Si todo eso ocurre, y ocurría, y muy posiblemente ocurrirá, y ya se burlaba de la falsa devoción y de los excesos por llamar la atención que esta conlleva, un asturiano ácido que murió joven, hace ciento veinticinco años, pero que supo poner el dedo en la llaga en una sociedad tan deudora de las apariencias como la nuestra, ya qué más decir: que la Regenta se arrepintió de haberse expuesto, que los pies destrozados le dolieron menos tiempo que la vergüenza de haberse sentido usada para otros fines, que para quien desea pura pornografía todo es yesca. Que la tradición lo cubre todo, lo incluye todo, lo borra todo. Y que las chicas bonitas sirven siempre como anzuelo, como excusa, y al final, la culpa recae sobre ellas, nunca sobre quienes las convencieron y las guiaron.

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