En el tan citado Manual de resistencia cabría otro capítulo sobre la necesidad y la virtud: cómo Pedro Sánchez ha sabido leer la agenda de Donald Trump y sus implicaciones para Europa, y cómo su némesis ha ido cobrando fuerza hasta el colofón de esta semana.
Moncloa quería reforzar el perfil de política exterior del presidente con su cuarto viaje a Pekín y cerrar en Barcelona con la mayor concentración de líderes progresistas que se recuerda. Cada parada merece su propia lectura, pero los miembros del Ejecutivo regresan de la “IV Reunión en Defensa de la Democracia” y de la Cumbre Global Progresista con la sensación de haber cumplido el objetivo. Para el Ejecutivo, la internacional progresista contra Trump nace en España de la mano de Sánchez y se hace con toda la izquierda, bajo el liderazgo más influyente del espacio político.
El riesgo y el precio con China
El viaje a China es un pilar importante para Moncloa a la hora de definir con quién se alinean. Para el Gobierno, el aliado chino requiere prudencia, pero es también una apuesta geopolítica y económica – con la crisis energética de por medio – para conseguir inversiones millonarias.

Pasa por colocar a España como país preferente frente al resto de socios europeos que compiten por las inversiones tecnológicas del gigante asiático, equilibrando una balanza comercial desfavorable. Tiene su riesgo y su precio, pero no ven fisuras a corto plazo y ven a la oposición simplificando el viaje al colocar a China en el lado de los enemigos de Europa. Y señalan la contradicción del discurso del PP con el viaje del presidente gallego Fernando Rueda o las reuniones de otros líderes europeos con Xi Jinping.
El momento político global está concentrado en el minuto-resultado de la guerra de Irán. Cuánto va a durar y cuánto daño puede hacer a la economía de cada país. Mientras Trump es incapaz de cerrar el conflicto y el FMI -entre otros tantos indicadores- ya rebaja el crecimiento del próximo año, la posición de Sánchez la han seguido otros líderes europeos y tímidamente el conjunto de la UE.
El No a la guerra
El plantón a Trump tuvo su zona de peligro para la diplomacia y las relaciones comerciales. Ya nadie contiene el aliento en el Gobierno y ven en el No a la guerra y el No a Trump su mayor acierto del trimestre. Porque después de Sánchez, ha llegado el británico Starmer y el telefonazo de Trump al Corriere de la Sera para romper con Georgia Meloni, una traidora que “no tiene coraje” por no apoyar la guerra.
La embestida verbal de Trump contra su mejor aliada europea da la razón a Sánchez en el espacio progresista y desactiva a la oposición. Si para el PP el problema eran las formas de Sánchez, en Moncloa han demostrado que el problema era Trump. Hasta Vox ha tenido que desmarcarse por primera vez para defender a Meloni en la semana que ha caído Viktor Orban en Hungría.

Así que Sánchez ha pasado de “estar muerto” en diciembre -muy tocado por el cerco de causas judiciales- a ser el líder de izquierdas más escuchado, según fuentes del Gabinete. El presidente ha decretado el fin de la “internacional ultraderechista” en Barcelona. Lo ha hecho ante todas las familias socialdemócratas europeas, latinoamericanas, africanas y organizaciones de más de cien países.
El mérito de Barcelona ha estado en juntar al núcleo duro del Gobierno, del vicepresidente Carlos Cuerpo, Félix Bolaños y Teresa Ribera, mujer fuerte en Europa, con mandatarios que van de Lula Da Silva a Hillary Clinton, de la izquierda más contestataria al establishment demócrata. En lo institucional, es importante la fotografía con Claudia Sheimbaun, el fin de una crisis diplomática que arrastraba desde Manuel López Obrador y que ahora es una alianza a futuro, en palabras de Sheimbaum. Para el Gobierno, la avanzadilla de Felipe VI reconociendo que hubo “mucho abuso” en la colonización ha sido otra manera de desactivar las críticas de la oposición.
Una derrota política anunciada
Aunque Sánchez domine la agenda internacional, en lo terrenal la semana se juega en vivienda y vuelta al ‘caso Ábalos’. Este martes llega el Plan Estatal de Vivienda al Consejo de ministros y la próxima semana la convalidación en el Congreso del decreto de alquileres de Sumar. Una derrota política anunciada por Junts.
Y un desgaste para Sumar, que anunció protestas en la calle y no hay previstas grandes concentraciones. Según fuentes del ministerio, el Plan de Vivienda se aprobará el martes y el PP tiene que decidir después si lo aplica. El Gobierno no deja de ser consciente de sus limitaciones y la falta de votos.
Pero la sartén por el mango es de quien tiene el presupuesto. Si las comunidades se niegan, tendrán que explicarlo, señalan. Ahora que el PP ha decidido levantarse de las conferencias sectoriales (la última, la de infancia), tiene que explicar si se suma a un plan con unos fondos que son al 60/40, 7.000 millones de euros que se transfieren a las comunidades condicionadas con los criterios del ministerio. El principal, la calificación permanente de protección. Es decir, un parque de viviendas con dinero público que no se pierda después en el mercado libre.
El contexto de la crisis energética
Lo que no irá al Consejo ni pretenden estudiar de manera exprés son las medidas anunciadas por Europa sobre el teletrabajo o abaratar el transporte para frenar la crisis energética. Según fuentes de Moncloa, cuando la Comisión lo plantee en firme esta próxima semana, lo analizarán. En Economía entienden que los deberes están hechos tras aprobar el mayor paquete de medidas de la UE, 5.000 millones de euros.
Y luego viene la guinda, la agenda judicial que el ejecutivo no puede controlar. La tercera semana con Ábalos-Koldo-Aldama en el banquillo, previa a la traca final de sus comparecencias. Un espectáculo demoledor para la marca PSOE y la de Sánchez. Aunque lo den por amortizado, cada declaración es el retrato en directo de al menos dos años de desfalcos. La corrupción más burda, como dicen altos cargos off the record. Y aunque no respondan por ello, tampoco escampa.
