La lupa de la Directora

La paradoja Sánchez: contra Trump, con Delcy

La política internacional de Pedro Sánchez se ha convertido en una especie de paradoja indescifrable. Una cosa y su contraria sin solución de continuidad. Es el efecto Trump, que ha dado una vuelta al mapa político mundial como si fuera...

La política internacional de Pedro Sánchez se ha convertido en una especie de paradoja indescifrable. Una cosa y su contraria sin solución de continuidad. Es el efecto Trump, que ha dado una vuelta al mapa político mundial como si fuera un calcetín. Las cancillerías occidentales han perdido el radar, la confusión se ha convertido en norma y la incertidumbre se ha adueñado del planeta. La guerra de Irán es la evidencia palmaria de este torbellino de sobresaltos sin que se avizore de momento una solución hacia la estabilidad. “Todo lo que era cercano se aleja”, diría Goethe.

En este panorama diabólico, la llegada a España de María Corina Machado ha puesto el foco en alguna de estas contradicciones en las que incurre la política exterior del Gobierno español. El primer volantazo hacia Venezuela ocurrió cuando Sánchez dejó de apoyar al entonces presidente interino Juan Guaidó y se alineó con las posiciones del por entonces dictador, Nicolás Maduro. Nunca el líder socialista español osó calificar el régimen chavista de “dictatorial”, ni reclamó la liberación de presos políticos, ni condenó las políticas salvajes del régimen.

María Corina Machado, la líder opositora venezolana y premio Nobel de la Paz. EFE/ Javier Lizón

María Corina Machado, premio Nobel de la Paz,  ha puesto el foco sobre estas extrañas líneas por las que discurre la diplomacia española. Mientras la líder de la oposición venezolana, que fue respaldada por ocho millones de votos en las elecciones de hace dos años, recibe todo tipo de homenajes y distinciones en Madrid, Sánchez convoca en Barcelona al grupo de Puebla, entre los que figuran Lula, Sheinbaun, Petro y otros ilustres de la izquierda iberoamericana, para entonar vivas a Delcy Rodríguez, presidenta interina de Venezuela por el antojo directo de Donald Trump.

Algo raro pasa aquí. No se puede encabezar la liga mundial contra ‘el monstruo’ norteamericano y, al tiempo, deshacerse en elogios y parabienes hacia la mandataria que colocó en Caracas. Sublime contradicción.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, saluda a la presidenta de México, Claudia Sheinbaum.
EFE/Alberto Estévez

Huyendo de los escándalos que hacen zozobrar su legislatura, ya prácticamente sepultada, Sánchez ha optado por desarrollar el grueso de su actividad fuera de nuestras fronteras. Un recurso habitual de los dirigentes con escaso respaldo intramuros de su nación. De esta forma, Sánchez se ha convertido el estandarte y guía de lo que se denomina “el sur global”, esa reacción anti-Trump en la que militan todos aquellos países que no se sienten representados en el bloque occidental y que en su día intentaron agruparse en torno al movimiento de los No Alineados con escaso éxito.

El jefe del Gobierno defendió esta propuesta en su reciente visita a Pekín ante Xi Jinping. “Que Occidente renuncie a cuotas de representatividad”, sentenció sin pestañear.  Un requiebro programático hacia “el lado correcto de la historia”, como le alabó Jinping, que roza lo estrambótico y que ha despertado enormes reticencias en la UE, donde ya se considera el caso español como un asunto preocupante.

He aquí el gran teatro del absurdo. Ignora a María Corina, respaldada por ocho millones de votos en las elecciones de hace dos años, y se abraza a Delcy, apenas tres millones de papeletas en aquellos comicios manipulados, que es ahora mismo la marioneta cuyos pasos dirigen firmemente desde Washington.  El pragmatismo en la diplomacia conduce a enormes despropósitos como el de este curioso triángulo Trump-Delcy-Sánchez que ha puesto en evidencia lo indefendible de la posición española ante la nueva etapa venezolana.

No es el único caso de la paradojas de Sánchez. Todavía está por conocer la trastienda del abandono a la causa saharaui, sin explicación ni argumento alguno. La izquierda nacional se tragó semejante sapo sin apenas emitir más que algún grito de protesta.

Otro despropósito aparece en la posición española ante Ucrania. Se multiplica Sánchez en fotografías con Zelensky, lo que está bien, se le envía algún obsequio de ayuda militar, se le remiten cantidades prudentes de ayuda económica y se cantan las proezas del pueblo ucraniano a la menor oportunidad.

Sin embargo, cuando era más necesario y oportuno hacerlo, es decir, en China, ni una palabra sale de la garganta del presidente español contra la invasión rusa, ni un reproche al tiranuelo Putin, ni una denuncia de su política. Xi Jinping es el timonel del bloque en el que se alinean gobiernos tan escasamente democráticos como Corea del Norte, Irán y la propia Rusia y no resultaba adecuado incomodar a tan egregio anfitrión. ¿Es eso la realpolitik? ¿Abrazar a Delcy/Trump y despreciar a María Corina? ¿Ahogar en carantoñas a Zelensky mientras se rinde cortesía a su verdugo?

El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez (i), posando junto al presidente chino, Xi Jinping. EFE/ Borja Puig de la Bellacasa /Pool Moncloa

En este ‘revoltillo loquiforme’, que diría Galdós, se mueve la acción exterior española que deambula por una laberíntico juego de desatinos con el que Sánchez pretende movilizar a su izquierda, tan apesadumbrada, bajo la pancarta del ‘No a la Guerra’ y con la efigie de Trump como el gran espantajo a derribar. Quizás llegue muy lejos, a saber, pero mientras tanto está redondeando unas cuantas actuaciones muy próximas al ridículo.

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