Dolores Vázquez, del linchamiento público al homenaje institucional 27 años después

27 años después del asesinato de Rocío, el Gobierno ha decidido rendirle un homenaje institucional a Dolores Vázquez. El acto, organizado por el Ministerio de Igualdad, se celebrará el 27 de abril

¿Qué ocurre cuando una sociedad decide quién es culpable antes de que lo diga un tribunal? La historia de Dolores Vázquez es, ante todo, la historia de una mujer a la que le arrebataron algo más que la libertad. Le arrebataron el nombre, la identidad, la voz y el derecho a ser mirada sin sospecha. Su rostro fue durante meses el de la “asesina perfecta” en televisiones, portadas y tertulias. Su silencio, interpretado como frialdad. Su orientación sexual, convertida en un rasgo sospechoso. Su carácter reservado, en prueba circunstancial.

Todo empezó con la desaparición de Rocío Wanninkhof en octubre de 1999 en Mijas. Tenía 19 años. No volvió a casa tras quedar con sus amigas. Tres semanas después apareció su cuerpo con nueve puñaladas. La conmoción fue absoluta y la necesidad de respuestas, urgente. En ese clima de angustia colectiva, alguien debía ocupar el lugar del culpable.

Ese lugar lo ocupó Dolores

Expareja de la madre de Rocío, con la que había convivido once años, su nombre comenzó a circular en los corrillos mediáticos antes de que existiera una prueba que la señalara. Su detención, en septiembre de 2000, fue retransmitida casi como un espectáculo. Las cámaras estaban allí, los gritos de “¡asesina!” también. A partir de ese momento, el juicio ya no se celebraba solo en la Audiencia Provincial de Málaga, se celebraba en la opinión pública.

Pero Dolores tenía coartada y aquella noche estuvo en casa cuidando de su madre enferma y de una niña pequeña. Salió apenas cinco minutos para comprar tabaco y tirar la basura. No había ADN, no había testigos, no había pruebas físicas que la situaran en la escena del crimen. Pero sí había una narrativa que encajaba demasiado bien con los prejuicios: La mujer celosa, fría, “masculinizada”, y capaz de vengarse de la hija de su expareja.

El relato prendió con una facilidad inquietante

Durante el juicio, que duró 16 días y se convirtió en un fenómeno mediático, la imagen de Dolores fue desmontada pieza a pieza hasta convertirla en un personaje sin matices. Dos miembros del jurado votaron por su absolución, pero no fue suficiente. En 2001 fue condenada a 15 años de prisión y al pago de una indemnización millonaria. Entró en la cárcel convertida en símbolo del mal y allí pasó 519 días.

En febrero de 2002, el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía anuló la sentencia por “falta de motivación”. El jurado no había explicado de forma lógica por qué la consideraba culpable y el juez no había corregido esa carencia. Dolores salió de prisión a la espera de un nuevo juicio que nunca llegó a celebrarse.

Mientras tanto, otra joven, Sonia Carabantes, era asesinada. El ADN encontrado en sus uñas llevó hasta Tony Alexander King. El mismo ADN apareció en un cigarrillo hallado junto al cuerpo de Rocío Wanninkhof. El verdadero asesino estaba identificado. Confesó ambos crímenes. Fue condenado. Y con ello, la inocencia de Dolores Vázquez quedó demostrada.

Pero la absolución no devuelve el tiempo perdido ni recompone una vida rota. Tras su salida, se marchó al Reino Unido para huir del foco mediático. Años después regresó a su Galicia natal y se instaló en Betanzos, donde vive de forma discreta, lejos de cámaras y titulares. Rara vez concede entrevistas y solo habla cuando es imprescindible recordar lo que ocurrió.

Igualdad le rinde homenaje

Ahora, 27 años después del asesinato de Rocío, el Gobierno ha decidido rendirle un homenaje institucional. El acto, organizado por el Ministerio de Igualdad, se celebrará el 27 de abril, en una fecha cercana al Día de la Visibilidad Lésbica. Dolores recibirá la Medalla a la Promoción de los Valores de Igualdad en un gesto que busca reparar, al menos simbólicamente, el daño causado.

Desde el Ministerio explican el sentido del homenaje. “Desde la Dirección General para la Igualdad real y efectiva de las personas LGTBI+ consideramos que a través de los medios se construyó una imagen pública de Dolores que no se correspondía con la realidad, vulnerando su presunción de inocencia y estableciendo un juicio paralelo. Es verdad que el asesinato causó una gran conmoción social pero no hubo equilibrio en las noticias de ella que aparecían publicadas, muchas reforzadas en falsos estereotipos de las mujeres lesbianas”.

No es habitual que una institución reconozca de manera tan explícita el papel que jugaron los prejuicios en un caso judicial. Tampoco que lo haga tantos años después. Pero el Ministerio insiste en que este acto no es solo un homenaje personal, sino un ejercicio de memoria colectiva.

“Este es un acto de homenaje y reparación. Es muy importante reconocernos en el pasado porque no hay democracia sin memoria. El caso de Dolores Vázquez para toda la comunidad debe estar siempre presente especialmente para que nunca se repita una situación como la que vivió ella. La sociedad aprendió y seguramente ante una situación similar actuarían todos los agentes implicados de manera muy distinta. Es un símbolo, pero ante todo es una persona que fue muy maltratada y que merece todo el cariño que le vamos a dar en el acto”.

Dolores, que en algún momento dijo que perdió su libertad, su identidad y su voz, se ha convertido sin buscarlo en un referente involuntario de lo que sucede cuando la justicia se contamina de opinión pública y de estereotipos. Su caso ha sido analizado en libros, documentales y estudios académicos como ejemplo paradigmático de lesbofobia social e institucional.

Pero detrás del símbolo sigue estando la mujer. La que aquella noche salió cinco minutos de casa y regresó sin saber que su vida acababa de cambiar para siempre. La que escuchó cómo la llamaban asesina antes de sentarse en el banquillo. La que pasó 17 meses en prisión por un crimen que no cometió. La que tuvo que marcharse del país para poder empezar de nuevo.