Opinión

El pacto imposible

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Mi querido amigo Eduardo Moyano, ingeniero y sociólogo, investigador, estudioso y profesoral, senequista cordobés, defendía hace unos días en su blog de “Cordópolis” la necesidad de afrontar un pacto nacional por las infraestructuras ante el evidente deterioro que presentan y la falta de reacción y diligencia por parte de este Gobierno denominado a sí mismo como progresista. Poco progresista, pienso yo, es hipotecar el progreso cuando se abandonan al deterioro inexorable del tiempo los pantanos, las carreteras y la red de ferrocarriles. Eduardo Moyano, me consta porque le conozco bien, no tiene un pelo de ingenuo y, menos, de tonto. Yo que tengo muchos más que él, no caigo en la serafinesca candidez de pensar ni por un momento que estos partidos nuestros que han hecho del odio africano su modus vivendi, su modus operandi, se les pase ni por un momento por la cabeza la idea de afrontar conjuntamente un problema de la envergadura y magnitud del envejecimiento de esos capitales activos para el funcionamiento y desarrollo de este maltratado país nuestro. Ellos no están para eso. Están para vituperarse, para atacarse, para perseguirse. A veces me pregunto qué pensaran sus madres al verlos sacudirse con fiereza en la tribuna del Congreso. Mala inversión en su educación cívica.

Autovía del Suroeste - Sociedad
Carretera A-5 a la altura de Talavera de la Reina (Toledo)
Wikipedia

No están para eso, pero deberían estarlo. Deberían estudiar el problema, evaluar su solución y poner los recursos para solucionarlo en un acuerdo entre los partidos que creen en España y apuestan por su progreso y su futuro. No me refiero a aquellas fuerzas políticas que insultan a España y, en compensación, se llevan la tajada más grande del plato. Deberían de hacer lo mismo con otras muchas cosas. Mi frágil memoria me cita la educación, las pensiones, la defensa o la política exterior. Con el propósito noble e interesado de que este país, y sus casi 50 millones de habitantes, funcionará con seriedad y no fuera dando bandazos cada pocos años.

Pero no sólo somos Eduardo y servidor los que reclaman un pacto necesario por las infraestructuras. SEOPAN, la patronal de las empresas de infraestructuras, también lo hizo, aunque su voz clamó en el desierto como un mundano Juan el Bautista.

En los últimos 25 años, incluso podríamos remontarnos al inicio de los noventa, España ha pasado por una dilatada etapa de construcción de infraestructuras a otra de congelación inversora. De forma y manera que el esfuerzo dedicado al transporte, la energía y las telecomunicaciones se paralizó por completo tanto en inversión nueva como, y esto es lo que más preocupa, en su mantenimiento. Quien esto escribe, con años de dedicación al sector, escuchó en más de una ocasión a altos dignatarios del ministerio del ramo en privado y en público que en España ya no eran necesarias nuevas inversiones. Y allí quedaron nuestra alta velocidad y nuestras autovías, y no digamos aquellos pantanos de Franco, que llenaron las imágenes del No-Do y tanto nos enorgullecían.

Construcción de viviendas en Madrid
Europa Press

FUNCAS acaba de publicar un excelente informe de 274 páginas titulado “La economía de las infraestructuras en España: realidad, retos y recomendaciones”, dirigido por Ginés de Rus y Carlos Ocaña. Sin ambages, colige que esta etapa de “contención en la inversión pública, especialmente en mantenimiento y renovación de activos existentes, lo que ha generado problemas de obsolescencia, pérdida de eficiencia y mayor vulnerabilidad ante riesgos climáticos y tecnológicos”. Llevamos muchos años sin invertir. No se hizo en la década de 2010. Se recuperó tímida y temporalmente con la pandemia gracias a los fondos Next Generation de dudosa ejecución. Tampoco se está haciendo en esta década de 2020. Esta orfandad inversora “se convirtió en estructural, con consecuencias significativas el ajuste recayó no solo sobre nuevos proyectos, sino también sobre el mantenimiento y la renovación del stock existente”, colige el informe.

Sus autores defienden la necesidad de una planificación a largo plazo, que considere la financiación y la evaluación económica, así como de la colaboración público-privada y priorizar el mantenimiento de infraestructuras existentes frente a nuevas inversiones.

Funcas no da cifras, como sí hizo SEOPAN en otro informe que cuenta con un año de vida. España necesita 150.000 millones de euros de inversión en infraestructuras de Esta inversión se desglosa en 85.083 M€ en actuaciones planificadas, 57.000 millones en modernización y adaptación de infraestructuras existentes y 8.500 en proyectos innovadores. Posiblemente, cambiarían sus datos tras los acontecimientos de estos últimos meses.

ACEX (Asociación de Empresas de Conservación y Explotación de Infraestructuras) estima que España necesita 5.000 millones al año para conservar su red viaria en buen estado. La Red de Carreteras del Estado cuenta con 40.000 kilómetros que precisarían de una inversión de 50.000 euros por kilómetro. Se estima que el déficit acumulado asciende por encima de los 13.000 millones. En ferrocarril, el acuerdo entre el Ministerio y los maquinistas cifran una inversión de 8.000 millones en el período 26-30 en Adif y en Alta Velocidad. Con respecto a las obras hidráulicas, este articulista no ha sido capaz de encontrar datos, pero su experiencia le indica que la cifra será muy elevada. Algunos grupos de ingenieros cifran el mantenimiento de presas en unos 500-600 millones anuales.

En su conjunto, la inversión pública en mantenimiento de infraestructuras de transporte se ha situado por debajo del 0,5% del PIB, cifra inferior al entorno del 1% recomendadas por expertos y técnicos.

A grandes males, grandes remedios. Aunque es difícil saber de dónde va a sacar España la financiación para solucionar el agujero de las pensiones, mejorar la sanidad pública, gastar en defensa y seguridad y abordar el mantenimiento de sus infraestructuras, al tiempo que crear nuevas en energía y redes digitales, por ejemplo. Las infraestructuras representan el cimiento de la economía y del bienestar social, significan crecimiento y desarrollo. Además, necesitan adaptarse a nuevos riesgos derivados del cambio climático, inundaciones o ciberataques. Si no fuera por el inveterado optimismo que tengo en el ser humano, en general, y en el español, en particular, diría que el futuro no se presenta de color de rosa. Posiblemente, el mayor problema no derive de la carencia de recursos, sino de la ausencia de políticos que crean de verdad en la idea del progreso que no es otra cosa que avanzar; es decir, la acción de ir adelante.