“El juez David Mamán tiene un comportamiento parcial y favorable al agresor”

Tres abogados que han litigado ante el magistrado David Mamán describen interrupciones, preguntas vetadas y trato desigual en vistas de violencia de género

El magistrado David Mamán
KiloyCuarto

Del magistrado del juzgado de violencia sobre la mujer número 8 de Madrid, David Mamán Benchimol, ya se conocen sus declaraciones públicas, se han leído sus resoluciones judiciales y han hablado las mujeres que pasaron por su juzgado. Pero dentro de la sala había más testigos directos de lo que ocurría en las vistas: los abogados que defendían a las denunciantes y presenciaron de primera mano su forma de actuar. Tres de ellos —Joaquín González, Sara Vicente y Carolina Castro— relatan ahora cómo era litigar ante el titular del juzgado.

Los tres describen enormes dificultades para ejercer con normalidad la defensa de las víctimas. La abogada Sara Vicente asegura que en una de las causas que llevó ante él la sensación fue que no se iba a permitir una investigación real de los hechos denunciados. “No permitía preguntas en el interrogatorio a la víctima”, resume. Según su testimonio, tampoco dejó desarrollar cuestiones relevantes a los testigos y el clima de la vista terminó afectando a su clienta: “La víctima salió llorando de la sala”.

El magistrado David Mamán

“Vulnera el artículo 24 de la Constitución”

Vicente sostiene además que, después de que la Audiencia Provincial ordenara reabrir una causa previamente archivada, las pruebas practicadas en sala “evidenciaban que no iba a permitir la investigación del delito, ni el esclarecimiento de los hechos”. La letrada explica que preparaba una queja ante el Consejo General del Poder Judicial por lo sucedido y añade que, a su juicio, se vulneró el derecho de defensa de su clienta. “Vulnera desde luego el artículo 24 de la Constitución”, afirma en referencia al derecho a la tutela judicial efectiva.

Carolina Castro coincide en esa misma dinámica. “Le encanta declarar las preguntas impertinentes”, afirma sobre la forma de dirigir los interrogatorios. Según explica, muchas preguntas eran cortadas con rapidez y no se permitía a las denunciantes contextualizar suficientemente episodios de violencia psicológica, control o amenazas prolongadas en el tiempo. “No permite que se expliquen las cosas suficientemente”, sostiene.

Diferencia de trato entre las partes

A su juicio, esa forma de conducir las vistas provocaba una sensación recurrente entre muchas mujeres. “Sales de la sala con la sensación de que no has tenido un trato igualitario”, asegura. La misma letrada describe además una diferencia de trato entre las partes. “Revictimiza a la víctima”, afirma. Y añade que observó “un trato desigual respecto de los investigados, a los que trata con muchísimo más respeto y empatía”. Según su experiencia profesional, el contraste era visible en el tono, el margen para responder y la forma de dirigirse a denunciantes e investigados.

Castro enmarca además el problema en una realidad más amplia de algunos juzgados de violencia sobre la mujer, aunque subraya que el caso de Mamán presentaba rasgos especialmente marcados. “No es la excepción, ojalá fuera la excepción”, señala. Sin embargo, insiste en que en este caso la sensación al entrar en sala era particularmente nítida: “Parece como que le molesta tener que tramitar denuncias de víctimas”. Y remata: “Entras en la sala y es la impresión que te da, como que le estás molestando por presentar una denuncia pidiendo auxilio judicial”.

Joaquín González, abogado de una de las mujeres que denunció ante ese juzgado, mantiene una valoración similar. Explica que una jueza sustituta acordó inicialmente medidas de protección urgentes, pero que, cuando Mamán retomó el asunto, las dejó sin efecto y archivó la causa. En relación con una de las vistas posteriores, resume así cómo vivió aquella actuación: “En mi opinión, tuvo un comportamiento en la vista parcial, que beneficiaba al denunciado”.

“Estoy harto de estos temas”

El letrado asegura además que, al término de una sesión, escuchó del magistrado una frase que no ha olvidado: “Estoy harto de estos temas”. González, que afirma haber coincidido con numerosos jueces a lo largo de su carrera, sintetiza así su experiencia con Mamán: “Como este no hay ninguno. Este es único”.

También describe resoluciones que, a su juicio, ignoraban el contexto de miedo de la menor implicada en el procedimiento y el incumplimiento reiterado del régimen de visitas por parte del padre denunciado. Según explica, mientras la madre acudía al punto de encuentro familiar con la hija, era el progenitor quien faltaba de forma reiterada sin consecuencias aparentes. Pese a ello, sostiene que el reproche judicial se dirigía principalmente contra la denunciante. “Ella se sintió como si fuera la agresora”, afirma.

Sara Vicente aporta otro episodio anterior que considera revelador. Relata el caso de una mujer que denunció agresiones sexuales dentro de la pareja y que, según su versión, renunció a acciones sin haber comprendido plenamente el alcance jurídico de esa decisión. La letrada intentó reabrir el asunto sin éxito. “No conseguí absolutamente nada”, lamenta.

Más allá de los matices de cada procedimiento, los tres abogados describen un mismo patrón: interrogatorios interrumpidos, preguntas vetadas, escaso margen para desarrollar el relato de las denunciantes y una percepción persistente de trato desigual entre víctimas e investigados en un juzgado especializado, precisamente, en violencia sobre la mujer.