“Hija de puta”, “puta”, “tu mamá prefiere estar zorreando por ahí” o “vas a terminar siendo una puta como tu madre porque se va a quedar sin padre”. Estas son algunas de las expresiones literales recogidas en una denuncia presentada ante el juzgado de violencia sobre la mujer nº 8 de Madrid. Sin embargo, al analizar esa causa, el magistrado David Mamán Benchimol sostuvo en su auto de sobreseimiento, sobre unas medidas urgentes que el maltratador no recurrió, que “los mensajes en cuestión no permiten pensar desde luego en una persona maltratadora de manera habitual pues su forma de expresarse refleja mucho más amor que voluntad de humillarla”.
La frase fue la más polémica de la resolución. Porque entre esos “mensajes en cuestión” figuraban precisamente insultos y descalificaciones como los relatados en la denuncia. Pese a ello, el juez consideró que el conjunto de la comunicación reflejaba más amor que intención de humillar. El propio auto reconocía además que “efectivamente el investigado pudo haber insultado en momentos puntuales a la denunciante en días indeterminados”. Con esa formulación, los hechos quedaban reducidos a episodios aislados y no a una posible dinámica de maltrato continuado.

Junto a los insultos también constaban mensajes posteriores del propio investigado en los que reconocía comportamientos previos, pedía perdón y prometía cambiar. Según la denuncia, escribió frases como “por favor, si antes te llame hija de puta fue porque me dio coraje” o “te juro que lo siento todo el mal que te hice, estoy arrepentido.”
“Una persona atormentada por su comportamiento”
Esos mensajes de disculpa fueron incorporados también al razonamiento judicial. El magistrado afirmaba que en ellos existía “una gran dosis de arrepentimiento de cualquier arranque de ira que pudiera haber tenido.” Es decir, las peticiones de perdón y promesas posteriores aparecían como un elemento favorable en la valoración del denunciado.
No fue la única expresión llamativa del auto. En otro de sus párrafos, Mamán añadía que de la lectura de los mensajes “se deduce más bien que el investigado es una persona atormentada por su comportamiento en momentos puntuales en relación a ella al tenerle una gran afectividad.” La resolución no solo descartaba indicios delictivos, sino que trazaba una descripción emocional del investigado como alguien afectado y movido por sentimientos hacia la denunciante.
El auto arrancaba, de hecho, con una negación global de relevancia penal: “De lo actuado y particularmente de los mensajes aportados, este instructor no aprecia indicios delictivos.” Sobre esa base, el magistrado decretó el sobreseimiento provisional de la causa y dejó sin efecto las medidas de protección acordadas apenas unas semanas antes por el mismo juzgado.
Maltrato psicológico, físico y sexual
Sin embargo, la denuncia que dio origen a ese procedimiento no se limitaba a insultos. La mujer relató que, desde prácticamente el inicio de la convivencia, sufría una situación continuada de maltrato psicológico y físico, con insultos, desprecio, vejaciones, amenazas, control constante, gritos e ira incontrolable. También describía episodios de violencia extrema sobre objetos de la vivienda, golpes a paredes y un clima de miedo permanente dentro del domicilio familiar.
El escrito incorporaba además acusaciones de especial gravedad en el ámbito sexual. Según la denunciante, había sido obligada en distintas ocasiones, mediante intimidación y en otras usando la fuerza, a mantener relaciones sin consentimiento, incluyendo intentos de violación frustrados por forcejeos. Parte de esos episodios, añadía la denuncia, habrían sido presenciados por la hija menor de ambos.
La situación de la niña ocupaba también un lugar central en la denuncia. La menor habría visto agresiones contra su madre, manifestaba temor a su padre y presentaba síntomas de ansiedad y depresión. Se aportó incluso un informe psicológico en el que se recogía que verbalizaba miedo por las conductas del padre hacia ella y hacia su madre, así como acoso verbal, psicológico y en ocasiones físico.
La denunciante sostenía igualmente que terminó abandonando el domicilio con su hija por miedo, trasladándose a casa de sus padres, y que seguía recibiendo presión y hostigamiento a través del teléfono y la mensajería.
Es sobre ese conjunto de hechos —amenazas, violencia psicológica, agresividad física, denuncias de abusos sexuales, miedo y afectación directa de una menor— sobre el que después recayó un auto que habló de amor, arrepentimiento, afectividad y de una “persona atormentada”.
