Un día en una escuela infantil pública: sola ante todo

Las condiciones no ayudan. Las ratios son elevadas, hasta veinte niños por educadora en el tramo de 2 a 3 años, y los equipos cada vez son más inestables

Escena de la película 'Sala de profesores'.

A las 7:45h de la mañana, cuando la mayoría de la ciudad aún está despertando, Beatriz Melero ya está trabajando. No está en su aula de 0 a 1 años, ni preparando materiales, ni organizando la jornada para sus pequeños bebés. Está cubriendo el servicio de desayuno.

“Hay semanas que me toca desayuno, y eso significa que ya no puedo ir a mi aula, abrir las persianas y preparar con calma el día. Cuando termino, a las nueve, tengo que hacerlo todo en cinco minutos, porque ya están entrando los niños”, explica.

Cinco minutos para transformar un aula vacía en un espacio seguro y estimulante.

La entrada: estar en todo y no llegar a nada

La entrada se convierte en un pequeño torbellino. Entre las nueve y las nueve y media, las familias llegan de forma escalonada: a veces de una en una, otras en grupo. Cada una trae algo consigo: una pregunta, una preocupación, un detalle del día anterior.

“Te pueden venir varias familias a la vez, darte información, preguntarte cosas… y tú tienes que atenderlas, claro. Pero en ese momento no estás viendo a los niños que ya están en el aula”, relata.

La escena es cotidiana, pero encierra un problema visible: la imposibilidad de abarcarlo todo cuando solo hay una persona sosteniéndolo. “Estás con las familias, pero sabes que dentro del aula pueden estar pasando mil cosas y no llegas”, añade.

A lo largo de la mañana esa sensación no desaparece. Llega la hora de la comida, uno de los momentos más delicados en cualquier escuela infantil. En teoría, hay apoyo. En la práctica, ese apoyo es intermitente.

“Hay ratos en los que estoy completamente sola y tengo que dar de comer a catorce criaturas que todavía no saben usar una cuchara. Tienes que ir uno a uno, pero no puedes multiplicarte”, explica.

Niños esperando, otros llorando, algunos intentando comer solos antes de tiempo. “Muchas veces acaban aprendiendo por resignación. Intentan hacerlo ellos solos, aunque no estén preparados, porque no hay otra opción”, dice.

El baño: el punto más vulnerable

Después llegan los cambios de pañal, una tarea cotidiana que, en estas condiciones, se convierte en uno de los momentos más delicados de la jornada.

“El cambio de pañal es una situación muy tensa y potencialmente peligrosa. Si estoy en el baño con un niño, tengo a otros trece en el aula sin poder verlos directamente”, explica.

Unos alumnos escuchan a su profesor en su aula en un colegio
EFE/ Javier Cebollada

Puede parecer un instante breve, pero en estas edades cualquier segundo cuenta. “Pueden caerse, hacerse daño… y tú estás a unos metros, sin poder intervenir al momento”, añade.

La siesta tampoco trae descanso. Ni para ellas ni, muchas veces, para ellos. Hay que bajar colchonetas, acompañar a los niños en sus rituales, entender que cada uno llega con necesidades distintas.

“Hay niños que duermen en brazos, otros que necesitan caricias, otros que vienen de dormir en colecho… cada uno tiene su rutina. ¿Cómo haces eso con catorce a la vez?”, se pregunta.

La respuesta vuelve a ser la misma: no se puede. “Al final, como en la comida, se adaptan como pueden. Se duermen porque no hay otra opción, no porque sea lo ideal”, reconoce.

Y entre medias están las tareas invisibles. La limpieza, por ejemplo. En muchos centros, una sola persona se encarga de hasta doce aulas.

“Después de comer o de una actividad, no da tiempo a que limpien todo. Así que tienes que barrer tú, recoger, porque sabes que los niños van a estar en el suelo”, explica. Y luego está todo aquello que no figura en los horarios, como la preparación.

“No tenemos horas no lectivas. Programar actividades, preparar materiales… o lo haces sobre la marcha o te lo llevas a casa”, señala.

Ratios altas, equipos inestables

Las condiciones no ayudan. Las ratios son elevadas -hasta veinte niños por educadora en el tramo de 2 a 3 años– y los equipos cada vez son más inestables. “Se están haciendo contratos de dos o tres horas. Eso hace que el equipo no sea estable, porque la gente acaba marchándose. Así no puedes construir nada”, denuncia.

Si alguien enferma -algo frecuente, dado que trabajan en contacto constante con virus- la situación empeora. “No nos cubren las bajas. Y, claro, si ya somos pocas, imagínate un día en el que faltan dos o tres personas. Es caótico”, resume.

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EFE

El entorno tampoco acompaña. “Hay escuelas con goteras, patios muy deteriorados y falta de material. Muchas veces tiramos de lo que aporta la AMPA”, cuenta.

En verano, la situación se agrava. “Tenemos que abrir en julio, con aulas a 30 grados, sin aire acondicionado en muchos casos. Es muy duro, tanto para nosotras como para los niños”, explica.

A todo esto se suma el salario. “Llevo quince años trabajando y cobro 1.042 euros netos. Pedimos un sueldo digno, porque la responsabilidad que tenemos es enorme”, denuncia.

Al final de la jornada, cuando las familias regresan, la escena se repite en sentido inverso.

“Estás explicando a una madre o a un padre cómo ha ido el día y, al mismo tiempo, tienes a los niños en el aula sin poder atenderlos a todos. Incluso puede que tengas que interrumpir para cambiar un pañal”, describe.

Cuando por fin se cierra la puerta, la jornada no termina del todo. Quedan tareas pendientes, planificación, materiales. Muchas de ellas se harán en casa, fuera de horario y sin reconocimiento.

“Hay días en los que te vas con ansiedad, porque sientes que no has llegado a todo. Y no es por falta de ganas, es que no se puede”, confiesa.

Mañana, antes de las ocho, todo volverá a empezar. Volverán las prisas, las decisiones imposibles, los momentos en los que hay que elegir a quién atender primero. Y volverá esa sensación constante de no llegar.

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