A las 12:33 del 28 de abril de 2025, España se apagó. Fue un corte abrupto. En apenas segundos desapareció cerca del 60% de la producción eléctrica del país y más de 50 millones de personas se quedaron sin suministro en uno de los mayores colapsos energéticos vividos en Europa en décadas. Los trenes se detuvieron, los semáforos dejaron de ordenar el tráfico y los ascensores se quedaron inmóviles. Las oficinas se vaciaron y los móviles quedaron convertidos en objetos inútiles.
Una inesperada vuelta a la vida analógica
Para una parte del país, el apagón tuvo algo de insólita tregua. Sin correos, sin reuniones, sin pantallas, sin notificaciones. En muchos barrios de Madrid, Barcelona o Valencia, la escena adquirió un aire extraño, casi festivo con niños jugando a media tarde, vecinos hablando en los portales y grupos enteros sentados al sol. El corte se resumía en una anécdota memorable.
Para otra parte del país, la realidad era bien diferente. Personas con ELA, EPOC, insuficiencia respiratoria, enfermedades neuromusculares, parálisis cerebral grave, diálisis domiciliaria, ventilación mecánica u oxigenoterapia vivieron el apagón como una cuenta atrás. Con las baterías en caída libre, las familias contaban minutos. Mientras el país descubría la fragilidad de su red eléctrica, ellos descubrían la fragilidad de su propia supervivencia.

Los hospitales resistieron. Activaron grupos electrógenos, priorizaron UCI, quirófanos urgentes y urgencias, y mantuvieron el sistema sanitario. La gran vulnerabilidad apareció en las casas, los centros de salud, las farmacias y las residencias, esos lugares donde miles de personas viven pendientes de aparatos que nadie ve hasta que dejan de tener corriente.
La ironía de una muerte dulce
Con la información que quedó documentada públicamente, el balance fue de al menos cinco fallecidos vinculados al apagón. El caso más devastador ocurrió en Taboadela, Ourense, en una casa de tres plantas donde murieron tres miembros de una misma familia. Un hombre de 81 años, su esposa de 77 y su hijo de 56. Él, un hombre muy conocido por haber sido juez de paz, según nos relatan en uno de los restaurantes de la localidad, necesitaba un respirador. “Para mantenerlo en funcionamiento durante el corte, la familia utilizó un generador. La investigación apuntó a una intoxicación por monóxido de carbono. El aparato, colocado en el sótano, acumuló gases en la vivienda hasta causar una muerte silenciosa”. Esa asfixia química los forenses la describen con el eufemismo terrible de “muerte dulce”.
A esa historia se sumó la de una mujer de 46 años en Alzira (Valencia), que falleció en su casa cuando la máquina de oxígeno que la ayudaba a respirar dejó de funcionar por falta de suministro. Los agentes que llegaron al domicilio intentaron reanimarla durante casi media hora. No pudieron salvarla.
Y en el barrio madrileño de Carabanchel, una vecina murió en un incendio cuya hipótesis principal apuntó al uso de una vela en plena falta de electricidad. El fuego dejó también 13 personas atendidas por inhalación de humo y cinco traslados hospitalarios. Hubo más casos investigados y más sospechas, pero la cifra oficial fue cinco. Cinco fallecidos en un país que a esas mismas horas se felicitaba por haber redescubierto la conversación al aire libre.

El gran apagón dejó escenas que solo parecen absurdas hasta que se entienden bien. Una de ellas, la de los hospitales convertidos en refugios para encontrar electricidad. En la asociación APEPOC, de pacientes con EPOC, nos cuentan que muchos electrodependientes acudieron a centros sanitarios o incluso pasaron allí la noche simplemente para poder conectar sus dispositivos.
Ingenio para sobrevivir
Los testimonios son demoledores. En Granada, la familia de un niño de 10 años con parálisis cerebral grave e insuficiencia respiratoria crónica logró mantener su sistema de soporte enchufándolo a una furgoneta adaptada. Una alargadera que cruzaba desde el jardín hasta su habitación sostuvo durante horas lo que debería haber garantizado un sistema entero.
En Madrid, un paciente con ELA sobrevivió la jornada con la ayuda de un coche adaptado y la de los vecinos y la Policía Municipal, que colaboraron para cargar la máquina de la que dependía. En Murcia, la madre de una joven con una enfermedad rara explicó que no pudo dejarla dormir porque necesitaba un dispositivo BIPAP nocturno y, sin él, existía riesgo de ahogo. La noche transcurrió vigilando la saturación de oxígeno con un pulsioxímetro cuya batería también estaba a punto de extinguirse.

Algo parecido ocurrió con los pacientes renales. La Federación Nacional ALCER alertó de la especial vulnerabilidad de las personas en diálisis. En los hospitales, la actividad crítica logró mantenerse. En los domicilios, en cambio, aparecieron las interrupciones, los aplazamientos y la angustia de no saber si el tratamiento podría completarse o si habría forma de contactar con alguien.
Uno de los casos conocidos fue el de José Vicente, de 36 años, en Alcobendas, que estaba realizando diálisis domiciliaria cuando se fue la luz. Le quedaba media hora. La batería de la máquina apenas ofrecía quince minutos. Tuvieron que desconectarla manualmente, con sangre aún en el circuito, mientras trataban de localizar sin éxito al centro sanitario.
Qué pasará la próxima vez
El problema del apagón no fue solo la caída del suministro. Fue también la caída simultánea de muchos de los sistemas que hacen posible la vida cotidiana sin que reparemos en ellos, como la telefonía, internet, la coordinación y la capacidad de respuesta. En ese sentido, el apagón fue también una radiografía social que mostró la vulnerabilidad del sistema eléctrico y, de forma más dramática, la desigualdad de las dependencias.

¿Qué causó exactamente el apagón? La explicación oficial habla de una sobretensión de origen multifactorial, una cadena de inestabilidades, oscilaciones y desconexiones que acabó desplomando el sistema. Se descartó un ciberataque. Pero las responsabilidades permanecen borrosas. Se habla de fallos de gestión, problemas en centrales, debilidades estructurales de la red, expedientes sancionadores en curso, investigaciones todavía abiertas. Un año después, nos preguntamos qué pasará la próxima vez.
