En la madrugada del 26 de abril de 1986, el reactor número 4 de la central nuclear de Chernóbil explotó en la entonces Ucrania soviética. Durante días ardió el grafito, y con él se elevó a la atmósfera una mezcla de radionúclidos que se dispersó por amplias zonas de Bielorrusia, Rusia, Ucrania y parte de Europa. La historia del accidente suele contarse en errores humanos, fallos de diseño, yodo radiactivo, cesio-137, pero la forma más humana de narrarlo es siguiendo qué ocurrió en los cuerpos, las casas y las decisiones íntimas de las mujeres que lo sufrieron.
La evacuación empezó con una mentira piadosa. A muchos habitantes de Prípiat se les dijo que salieran por unos días, con lo imprescindible. No volverían. En la primavera y el verano de 1986, unas 116.000 personas fueron evacuadas de la zona que rodeaba la central. En los años siguientes, otras 220.000 fueron reasentadas. En total, más de cinco millones de personas vivieron en territorios de Bielorrusia, Rusia y Ucrania.
Recomponer la vida
Ese desarraigo no afectó a todo el mundo igual. En el caso de las mujeres, el desplazamiento coincidió a menudo con el embarazo, la crianza o la adolescencia, etapas en las que el cuerpo y la vida cotidiana ya son, por sí mismos, delicados. La catástrofe rompió redes familiares, alteró trayectorias vitales y dejó a muchas mujeres a cargo de recomponer la vida en un paisaje de incertidumbre.

El propio balance del Chernobyl Forum subrayó que, junto a la exposición radiológica, el accidente tuvo efectos socioeconómicos y psicológicos profundos, agravados por la mala comunicación institucional y por la desintegración social posterior a la caída de la URSS.
Desde el punto de vista médico, el efecto mejor estudiado es la epidemia de cáncer de tiroides entre quienes eran niños y adolescentes cuando ocurrió el accidente. En las primeras semanas, muchos menores ingirieron yodo-131 a través de leche contaminada. La tiroides infantil, más pequeña y metabólicamente más activa, absorbió más dosis. Según la OMS, en Bielorrusia, Rusia y Ucrania se habían diagnosticado ya cerca de 5.000 casos entre quienes tenían hasta 18 años en 1986; la evaluación posterior de UNSCEAR elevó por encima de 6.000 los casos registrados en ese grupo para 2005.
En niñas, el cáncer de tiroides se multiplicó hasta por 30
En el caso de las mujeres, la tiroides interviene en funciones decisivas, como fertilidad, ovulación, embarazo y metabolismo hormonal. Teniendo en cuenta que la patología tiroidea les afecta de manera desproporcionada, Chernóbil amplificó el problema. En Bielorrusia, las tasas en mujeres subieron hasta 12 veces, y en niñas menores de 14 años en zonas de alto riesgo, casi 30 veces.

La investigación ha ido afinando además otras hipótesis inquietantes. Por ejemplo, la huella que dejó la exposición prenatal. Un estudio de cohorte liderado por Maureen Hatch encontró asociación entre la exposición intrauterina a la lluvia radiactiva de Chernóbil y un mayor riesgo posterior de cáncer tiroideo y nódulos benignos.
Cientos de miles de abortos motivados por miedo
Con el embarazo, sin embargo, la ciencia obliga a escribir con más prudencia. En los meses posteriores al accidente, el miedo recorrió Europa sin demasiadas certezas. Hubo cientos de miles de interrupciones voluntarias del embarazo motivadas por el temor a malformaciones, incluso en países con dosis muy bajas. Los informes de la OMS y UNSCEAR coinciden en que no se ha demostrado un aumento claro y consistente de malformaciones congénitas, mortalidad neonatal o daño hereditario atribuible a la radiación de Chernóbil.
Informes iniciales de hospitales cercanos reportaron anomalías como “bebés sirena” o manchas en la piel, pero se atribuyen a estrés, mejor detección o condiciones preexistentes, no a radiación directa. Se observaron también problemas placentarios por cesio-137 en fetos, pero sin elevar tasas de malformaciones más allá de lo esperado. Casos como “corazón de Chernóbil” carecen de respaldo científico causal.

Eso no significa que no hubiera sufrimiento ni complicaciones, pero la evidencia es desigual y muy dependiente de la dosis. En las zonas más contaminadas hubo estudios que apuntaron a peores resultados obstétricos y a más ansiedad en torno al embarazo; pero el consenso internacional sigue siendo cauteloso. El gran efecto inequívoco de Chernóbil en la población general no fue, por tanto, una explosión de defectos congénitos, sino el aumento del cáncer tiroideo infantil y un daño psicológico y social mucho más extendido de lo que durante años se quiso admitir.
Menor satisfacción vital
Las investigaciones hablan de “reacciones psicológicas generalizadas” debidas sobre todo al miedo a la radiación. La OMS describió un impacto serio sobre la salud mental y el bienestar, en gran medida subclínico pero persistente: sentimientos de indefensión, hipervigilancia y percepción crónicamente empeorada de la propia salud.
La economía también ayuda a ponerle cifras a esa herida. El trabajo de Anna y Natalia Danzer, basado en datos representativos de Ucrania, encontró que la exposición a Chernóbil se asocia décadas después con menor satisfacción vital y peor salud mental percibida. Cuando el análisis se centró en quienes fueron niñas, el efecto negativo a largo plazo aparecía con especial claridad.

En las mujeres, esa carga psicológica provocó que: la maternidad dejara de ser solo un hecho biológico o un proyecto familiar para convertirse en una gestión del riesgo. Tener hijos, retrasarlos, no tenerlos, vigilar cada síntoma, desconfiar del propio cuerpo, sospechar del entorno, vivir bajo la sombra de una amenaza invisible. Cualquier decisión estaba contaminada por la incertidumbre.
Las comunidades rurales, donde el cuidado antes se repartía entre abuelas, vecinas y redes de apoyo de proximidad, fueron sustituidas a menudo por apartamentos anónimos, reasentamientos improvisados y ciudades donde las familias debían empezar de cero. Las madres evacuadas tuvieron que criar en un mundo donde algo tan elemental como el aire, la leche, el agua o el suelo provocaban intranquilidad. Chernóbil alteró la idea de qué significa proteger a un hijo. Por eso, cuarenta años después, la catástrofe de nuclear cabe por completo en una tabla epidemiológica.
