España lleva ya unos cuantos años instalada en una dinámica que se reproduce con demasiada precisión: cuanto más tormentosa y turbulenta se muestra la superficie de la actualidad, más calmadas y quietas están las aguas en el fondo.
Todas las semanas asistimos a un cúmulo de titulares que van de la declaración estrambótica a una inútil iniciativa legal, y de un estéril debate parlamentario a una arremetida de un dirigente público contra otro en las redes sociales. Con el tiempo nos hemos acostumbrado a pasar así las semanas; las iniciamos con debates provisionales que concitan temporalmente todo el interés público, pero que permanecen en nuestra memoria lo mismo que un puñado de vídeos de TikTok.
Lo que, sin embargo, permanece ahí a unos metros de la superficie es la acumulación progresiva de procedimientos judiciales que afectan a quienes rodean al presidente del Gobierno. Este no es un fenómeno que funcione con la espectacularidad de un terremoto, sino que lo hace como la humedad: se filtra poco a poco, lo va impregnando todo y, una vez instalada, es extraordinariamente difícil de eliminar. Semana tras semana, con la regularidad de un metrónomo, aparece algún auto nuevo, alguna declaración ante el juez, algún informe policial que añade una capa de gravedad más al panorama. Con el tiempo ya hemos dejado de creer que habrá un golpe definitivo, pero la humedad va corroyendo poco a poco la estructura del edificio.
Frente a esto, durante los últimos años han hecho fortuna dos lecturas que merecen ser desmontadas por separado.
Ni resignación ni colapso
La primera es la del conformismo social. Se trata de la idea, comúnmente aceptada, de que, exhaustos, los ciudadanos han terminado por asumir que la corrupción forma ya parte del paisaje. Que en el volquete de la indignación pública no cabe ni una gota más, que el escándalo repetido pierde fuerza y que la sociedad española digiere con naturalidad cualquier escándalo como lo hace la pitón con un carnero. En realidad, aunque la sociedad pueda estar saturada de noticias y seguir procesándolas en silencio, no habrá nada que les haga cambiar de opinión.
La segunda lectura equivocada es la del catastrofismo impaciente, ese que, fomentado en determinadas tertulias, anticipaba un colapso inminente y dramático gracias a una explosiva revelación que lo cambiaría todo de golpe. Sería un error pensar que, al no cumplirse ese guion, una parte de la sociedad yace instalada en el nihilismo, pues el hecho de que no truene no significa que el cielo esté despejado; más bien al contrario.
Los jueces no tienen prisa, pero no se detienen
En paralelo y en silencio sigue operando una maquinaria judicial que, ajena a los calendarios electorales y a las necesidades comunicativas de cualquier partido, trabaja a su propio ritmo. Los jueces no tienen prisa, pero tampoco se detienen.
Para el Gobierno, la estrategia es la de seguir gobernando como si el ruido judicial le fuese ajeno y como si tarde o temprano fuera a disiparse como lo hacen las tormentas. El problema es que no existe causa judicial que haya cumplido, en el sentido en que él lo esperaba, con la prerrogativa del presidente del Gobierno cuando ha manifestado que «el tiempo y la justicia lo pondrán todo en su sitio».
En cuanto a las consecuencias electorales, no hace falta concluir que no es que puedan llegar, sino que ya lo están haciendo. La historia de la democracia española demuestra que el electorado en su conjunto ni suele tolerar la corrupción ni ofrece precedentes de impunidad para quien la protagonice. Al contrario, los gobiernos que acumularon este tipo de sombras terminaron pagando, sin excepción, primero con erosión demoscópica y luego con turbulentas salidas del poder. La conclusión es que el mecanismo no es el del castigo inmediato, sino el de la progresiva e inevitable erosión.
La factura ya está llegando
Hace mucho tiempo que este proceso se puso en marcha. Una parte del electorado que votó al PSOE hace dos años está emigrando, y no siempre hacia opciones moderadas. En varias comunidades autónomas ese desplazamiento ya ha tenido expresión concreta en resultados reales. Y, a nivel nacional, si la caída aún no es abultada es solo porque el PSOE se sostiene gracias a votantes de espacios más débiles.
En todas las democracias siempre llega un momento en que el acreedor, que es el ciudadano, pasa la factura. Ese momento no tiene fecha fija en el calendario, pero tiene una lógica que suele cumplirse con bastante precisión.
