Warren Buffett, el llamado “Oráculo de Omaha” por todos los inversores del mundo, sigue sorprendiendo y llamando la atención a los 95 años. Ha anunciado hace unas semanas una importante inversión de 350 millones de dólares en “The New York Times”, seis años después de vender su cadena de periódicos regionales americanos y decir que la industria estaba acabada. Y, además, teniendo en cuenta la guerra declarada por Donald Trump a la prensa progresista americana, con “The New York Times” y la CNN a la cabeza. Pero algo ha debido de ver Buffett en su modelo de negocio y su gestión de la era digital para creer en el éxito de su nueva inversión.
El mito de Buffett para los amantes del dinero ha seguido creciendo sin parar desde hace más de 60 años. Lo ha hecho no sólo por sus éxitos indudables en la inversión, sino por sus ideas y su propio tipo de vida sencilla, alejada del modelo de los grandes millonarios. También por su relación empresarial y personal con su socio Charles Munger, fallecido en 2023, con el que protagonizó decenas de inolvidables juntas de accionistas de su emporio Berkshire Hathaway. Su historia refleja la vida de un niño prodigio de los negocios, cuyas habilidades y persistencia apuntó ya en su infancia. Buffett nació en Omaha en medio de la Gran Depresión de los años treinta. Su padre era un corredor de bolsa con inclinación a la política. Cuenta la leyenda que con seis años compraba cajas de Coca-Cola, que vendía con un recargo del 20% a sus compañeros de escuela. A saber, si es verdad. Obligado por su padre estudió en la Universidad de Columbia y aprendió las claves de la inversión empresarial. A su regreso a Omaha, fundó en 1956 Buffett Associates para ya hacerse millonario a principios de los 60. En esa época, se produce el encuentro con Charles Munger, que cambiaría la vida de ambos. En 1965 compraron Berkshire Hathaway, entonces una empresa textil en declive, utilizando su flujo de caja para afrontar inversiones ambiciosas como la aseguradora Geico, Apple, Coca-Cola, See´s Candies, BNSF Railways, Duracell, American Express, Bank of America, Dairy Queen y tantas otras. Mientras Buffet era el hombre abierto, optimista y comunicativo, Charlie Munger hacía gala de una inteligencia fría y honesta para discernir lo correcto del error. “Yo ejecutaba lo planes, Charlie los diseñaba”, dijo Buffett en la muerte de su amigo.
Antes de entrar en sus lecciones de inversión, es interesante conocer algo al personaje. Warren Buffett se aleja mucho de la personalidad del típico inversor, pues gusta de la sencillez y de la frugalidad. Se jacta de que pasa la mayor parte del día devorando libros sin parar. “Mis hijos me ven como un libro con patas”, suele decir para explicar su amor a la lectura de todo tipo, entre las que figuran la psicología, la historia, la biología y la física. Dedica el 80% de su tiempo a leer, consumiendo una media de 500 páginas diarias.
Vive en la misma casa que compró en 1958 por poco más de 30.000 dólares, cada mañana suele desayunar en el McDonald de la esquina de camino al trabajo y bebe cantidades ingentes de Cherry Coke. No tiene chófer, pues conduce su propio Cadillac y no posee yates. Su única debilidad es el uso de avión privado de su empresa NetJets. Gusta de pasar el tiempo libre jugando a las cartas y tocando el ukelele. Fundó la entidad The Giving Pledge, comprometiéndose a donar el 99% de su inmensa fortuna a causas filantrópicas.
Muchos inversores se preguntan qué haría Buffett en su caso; ahora que las bolsas del mundo tiemblan ante los vaivenes del el conflicto de Oriente Medio. Por eso, es interesante recopilar algunas de las enseñanzas de este mago de la inversión empresarial. La mayor parte están vertidas en sus anuales juntas generales de accionistas en las que compartía escenario y reflexiones con su inseparable Charlie Munger.
Su primera y segunda regla de oro son obvias y prosaicas. La 1, nunca pierdas dinero. La 2, recuerda siempre la número 1. No está de más recordarlas, pues es bastante común perder dinero en las inversiones. Pero vayamos ya con algunas materias de mayor hondura. Por ejemplo, “nunca inviertas en lo que no entiendes”. Insiste una y otra vez, quizás por eso devora libros, en la necesidad de entender cómo una empresa gana dinero, huyendo de las inversiones que por una u otra razón se ponen de moda.
Precio y valor no son lo mismo. Precio es lo que se paga, valor es lo que se recibe al cabo de un tiempo. Por esta razón, buscaba empresas con un buen valor intrínseco, con sólidos fundamentos, independiente de su momento, en las que viera capacidad de recuperación. Otra de sus reglas de oro, es la denominada moat. Se refiere a la protección otorgada por una ventaja competitiva como puede la marca, las patentes, los costes de producción, la cartera, etc. De la misma forma, acuñó la idea del “margen de seguridad” que conduce a invertir con un diferencial que proteja el posible fallo en los iniciales cálculos. También, defiende la idea de no tener miedo a las caídas del mercado, pues su experiencia le avaló con operaciones de comprar buenas empresas a precios de saldo. Por eso insistía en el planteamiento de ser codicioso cuando los demás sienten miedo y temeroso cuando los demás sienten codicia. Para sacar provecho de las fluctuaciones de mercado, recomienda mantener siempre una mentalidad crítica e independiente para poder actuar contra los excesos de volatilidad, ya sean en sentido alcista o bajista. “No hay que tomarse demasiado en serio los resultados anuales. En su lugar, céntrate en las medias de cuatro o cinco años”, señalaba.
Otra de sus constantes es la reputación basada en la integridad, indicando que sus decisiones deben considerar la idea de cómo quedarían reflejadas en la portada de los periódicos. “Se necesitan 20 años para construir una reputación y cinco minutos para arruinarla”, acuñó esta frase. Firme defensor del talento y de la importancia en la gestión empresarial, siempre se inclinó por rodearse de personas y equipos que fueran mejor que él en algún aspecto. Cree en el largo plazo de la inversión. Durante el siglo XX, Estados Unidos atravesó dos guerras mundiales, la Gran Depresión, recesiones, crisis financieras, epidemias e inestabilidad política. Sin embargo, el Dow Jones subió con mucha fuerza en ese periodo. “Si no estás dispuesto a mantener una acción durante diez años, ni siquiera pienses en tenerla durante diez minutos”, así explicaba su criterio del largo plazo.
No se cansa de decir que la mejor inversión no está en las empresas, sino que “la más importante que puedes hacer es en ti mismo”. “Uno puede prepararse mejor para el futuro económico invirtiendo en su propia educación. Si se estudia mucho y se aprende a una edad temprana, se estará en las mejores circunstancias para asegurar el futuro”.
Aunque siga en la sombra, dejó la posición de consejero delegado de Berskshire Hathaway en las manos de Greg Abel. Como es esperable, su distancia y la desaparición de Munger abren incógnitas respecto al futuro de una de las principales entidades inversoras del mundo. Pero, sus enseñanzas ahí quedarán para cualquiera que quiera aprender los misterios de las inversiones, del dinero y de las empresas. Incluso, de la propia vida, ese activo tan valioso.
