Opinión

Donald Trump bajo la estela de Groucho Marx: ¡que la posteridad espere!

Un musulmán chiíta paquistaní pisa una fotografía del presidente estadounidense Donald Trump durante una protesta contra Estados Unidos e Israel.
EFE/EPA/SHAHZAIB AKBER
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Desde este lunes, Washington ha bloqueado el tránsito de embarcaciones que pretendan desplazarse hacia o desde los muelles iraníes. Esta controvertida medida se ha implementado a pesar de que, a comienzos de la semana pasada, ambos países habían alcanzado un acuerdo de última hora conforme al cual se decretó un alto el fuego. En aquel momento, trascendió que las negociaciones entre las partes beligerantes no tardarían en producirse. Y, efectivamente, en Islamabad tuvo lugar una ronda inicial de contactos. No obstante, 21 horas después de que arrancaran las conversaciones, el vicepresidente estadounidense, J. D. Vance, se retiró de la mesa alegando que Teherán no aceptaba las condiciones planteadas. Con una frase lapidaria sostuvo lo siguiente: “Irán ha elegido no aceptar nuestras demandas”. Por el contrario, el régimen iraní denunció la falta de una verdadera voluntad negociadora por parte de Washington, a quien atribuyó el fracaso de este primer acercamiento.

En cualquier caso, este viernes la situación dio un vuelco cuando Irán anunció por sorpresa que el estrecho de Ormuz quedaba completamente abierto y libre a la circulación marítima mientras durara la tregua. Estados Unidos ha celebrado la noticia, pero insiste en mantener el cerco naval, lo que agudiza la fricción en un contexto ya de por sí volátil. Es evidente que esta medida, implementada desde este lunes, ha intensificado la presión ejercida sobre Irán, puesto que ninguna nave ha podido entrar ni salir de los puertos iraníes. De hecho, sus efectos pudieron constatarse cuando a los pocos días se informó de que al menos diez embarcaciones tuvieron que regresar a la costa iraní. Aunque Teherán aseguró que uno de sus petroleros había logrado superar los controles impuestos por Washington, también advirtió que esta pausa podría romperse si la situación persistía. Finalmente, ante un cambio de guion inesperado, el régimen iraní en un intento de desescalada ha optado por reabrir el estrecho sin que ello haya tenido, por el momento, un reflejo equivalente por parte de Estados Unidos.

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El bloqueo del Estrecho de Ormuz
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La decisión de la Casa Blanca –articulada con el propósito de asfixiar el comercio marítimo y estrangular aún más, si cabe, la ya maltrecha economía iraní– debe ser valorada bajo el prisma del Derecho Internacional. A tal efecto, conviene recordar que Irán había restringido el acceso al estrecho de Ormuz –corredor vital para, principalmente, el tráfico energético mundial– cuando comenzó el enfrentamiento armado con Estados Unidos e Israel. De hecho, esta circunstancia es la que ha llevado a Donald Trump a adoptar una estrategia de máxima presión: el comentado bloqueo selectivo conforme al cual ha permitido –en teoría– la circulación de buques con destino distinto.

En definitiva, Irán echó el cerrojo a la circulación marítima de sus aguas justo cuando se desató la tormenta bélica. Ahora bien, una vez reabierto el estrecho por parte de Irán, tras decretar el cese temporal de las hostilidades, Estados Unidos no sólo ha mantenido, sino que ha consolidado el impedimento de acceso a los puertos iraníes. Este matiz contextual no es menor y tiene, por supuesto, consecuencias jurídicas, ya que durante una tregua –sea más o menos precaria– las partes no pueden articular operaciones de guerra. Así se desprende del artículo 36 del Reglamento de La Haya de 1907. Bajo este planteamiento, cobra interés la Resolución 3314 (XXIX) de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en la medida en que califica como acto de agresión el bloqueo de los puertos o de las costas de un Estado por las fuerzas armadas de otro. Consecuentemente, la medida impuesta por Estados Unidos constituye una vulneración de la prohibición del uso de la fuerza contenida en el artículo 2.4 de la Carta de la ONU; una situación que se ha agravado aún más, si cabe, ante la actuación inesperada y reciente de Irán.

Donald Trump.
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Pero no sólo reviste importancia el análisis jurídico. Donald Trump sigue una lógica de acción–reacción que presenta, además, un marcado carácter paradójico: un bloqueo concebido para contrarrestar otro bloqueo con la diferencia de que, en el momento presente, uno de ellos ya ha sido levantado. También puede verse de otro modo: restablecer la legalidad internacional apartándose, precisamente, de ella. Esta actuación roza lo cómico si no fuera porque produce efectos reales sobre el terreno.

En todo caso, a estas alturas, todo parece plausible con Donald Trump al timón. Da la impresión de que no es plenamente consciente –o, quizá, ni siquiera le preocupa– del impacto que tienen sus decisiones. Dentro de su macabro catálogo de actuaciones, cabe traer a colación la hoja de ruta implementada en Gaza que violenta preceptos legales esenciales, entre otros, de la Carta de la ONU. En esta misma línea, su propuesta con respecto a la guerra en Ucrania resulta indignante cuando se constata su abierta inclinación a favorecer a Rusia que –no debe olvidarse– es el Estado agresor. A ello se suman las amenazas de hace unos meses conforme a las cuales quería hacerse con Groenlandia, lo que hubiera conllevado un acto de agresión contra un aliado. Algo, sin duda, tan inexplicable como bochornoso. La intervención militar en Venezuela, así como la guerra que inició en Irán sin proporcionar justificación legal alguna no deja de causar estupefacción desde la óptica del Derecho Internacional. La fuerza se erige como un instrumento cada vez más recurrente de su política exterior. Esta agresiva deriva se ve alimentada por altas dosis de imprevisibilidad, así como por una postura errática que roza lo caricaturesco.

¿La posteridad?

Otra cuestión llamativa es el hecho de que Donald Trump no parezca estar particularmente preocupado por su legado. Tal vez, como ya ironizaba Groucho Marx, su planteamiento sea este: “¿por qué debería preocuparme por la posteridad? ¿Qué ha hecho por mí?”. No resulta descabellado pensar que esta máxima la haya hecho suya. Ya proyectó una idea similar cuando afirmó que la ONU le había resultado inútil. Así pues, ¿para qué pensar en las consecuencias a largo plazo de sus decisiones si el beneficio inmediato parece erigirse en el criterio relevante? A este ritmo, puede que cuando la posteridad tenga algo que decir, ya no quede demasiado que explicar; algo que –en una clave de humor no muy alejada de la del propio Groucho– simplificaría bastante el trabajo a la propia posteridad.