Opinión

Si no hay cura, no hay serie

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Nunca he sido particularmente fan del cine y la televisión española. Te sientas a ver una serie una peli con cierta expectativa, y en los primeros minutos ya sabes exactamente lo que te espera. Diálogos que parecen escritos por alguien que cree que hablar natural es decir “joder” cada tres palabras. Escenas innecesariamente explícitas, como si la única forma de mantener la atención del espectador fuese incomodarle. Y una sensación constante de que todo está un poco sobreactuado, un poco más pendiente de impactar que de contar bien una historia.

Pero lo peor ni siquiera es eso. Hay algo que empieza a ser demasiado evidente como para seguir fingiendo que es casualidad. Da igual la historia. Da igual el contexto. Da igual que esté justificado o que haya que inventárselo desde cero: si hay que elegir un villano, la Iglesia siempre entra en el casting

Hace unos meses leí La novia gitana. Me enganchó la historia, los personajes, la crudeza de la historia. Cuando vi que habían hecho una serie, me picó la curiosidad. Sabía que habría cambios, es inevitable, pero no esperaba esto.

En el libro, el origen del asesino es duro precisamente porque no tiene moraleja fácil. Es una historia de negligencia, de abandono, de decisiones humanas que acaban en tragedia. Una babysitter que se va de fiesta, un accidente, días en coma… y un niño encerrado, olvidado, marcado para siempre. Es incómodo, es creíble, y funciona.

En la serie, eso desaparece. Y en su lugar aparece un cura pedófilo que abusa de niñas en un orfanato y encierra al niño porque ha descubierto su secreto. Totalmente inventado.

Y aquí ya no estamos hablando de adaptar una historia. Estamos hablando de reescribirla para que encaje en un marco ideológico muy concreto. Porque no es que el libro sugiriese esa línea y la hayan desarrollado más. Es que no tiene absolutamente nada que ver.

Se lo han inventado.

La pregunta es inevitable: ¿por qué?

Porque esto no es un caso aislado ni una decisión creativa puntual. Es un patrón. Da igual el punto de partida, da igual que tenga sentido o no: si hay que construir un origen oscuro, un trauma, un villano… la Iglesia siempre está disponible. Siempre encaja.

Y lo más llamativo es que ni siquiera se disimula. No hay matiz, no hay complejidad, no hay intención de aportar algo nuevo. Es el recurso fácil de siempre, repetido hasta el agotamiento: sotana, abuso, oscuridad. El pack completo.

Que sí, que han existido casos reales. Y deben ser denunciados. Pero una cosa es reflejar la realidad y otra muy distinta es convertirla en plantilla narrativa universal, hasta el punto de introducirla incluso donde no estaba.

Porque entonces ya no estás contando una historia. Estás utilizando una historia para reforzar una idea.

Y eso es lo que empieza a cansar. No solo por lo ideológico, sino por lo creativo. Porque demuestra una falta de imaginación preocupante en una industria que presume constantemente de lo contrario. Si todas las historias acaban recurriendo al mismo villano, no es que el mundo sea simple. Es que el guion lo es.

Esto conecta con algo más amplio que se ha vuelto cada vez más evidente: ya no se trata de construir relatos complejos, sino de señalar. De dejar claro quién es el malo, quién representa qué, y con qué debe quedarse el espectador al salir. Y cuando entras en esa lógica, todo lo demás pasa a segundo plano: la coherencia, la fidelidad a la obra original, incluso el sentido común. Lo importante es que encaje en el relato ideológico.

Por eso, lo preocupante no es solo esta serie en concreto. Es la sensación de que ya sabemos lo que va a pasar antes empezar a ver algo nuevo. Que ya intuimos quién va a ser el villano, qué discurso se va a colar entre líneas y en qué momento va a aparecer la escena gratuita que no aporta nada más que ruido.

Y eso, en teoría, es lo contrario de la buena ficción.

Porque la buena ficción sorprende, incomoda, plantea preguntas. No repite consignas. No convierte cada historia en un vehículo para reforzar prejuicios. No necesita inventarse culpables cuando ya tiene un relato sólido entre manos.

Pero claro, eso exige talento. Y, sobre todo, exige ganas de contar historias, no de manipularlas.