A través tanto de la ficción cinematográfica como de la televisiva, y ya sea compaginando o alternando las labores de realizador y guionista, Borja Cobeaga lleva tiempo confirmado como uno de los grandes exponentes de la comedia española actual. Justo un año después de que viera la luz su película más reciente como director, Los aitas -retrato de la paternidad en los años 80-, ahora lo hace Altas capacidades, sátira sobre la hipocresía de la llamada clase media y sobre los centros educativos para las élites que ha coescrito junto al director Víctor García León.

Basó Los aitas en su experiencia personal como hijo de su padre, y ha escrito Altas capacidades basándose en parte en su experiencia como padre de su hijo. ¿Atraviesa una fase autobiográfica?
Sí, y no olvidemos que mi serie No me gusta conducir (2022) se basó en mi propia experiencia al sacarme el carnet de conducir a los 40. Mi mujer se queja de que vuelco todo lo que pasa en la familia en mis guiones, y hasta hace no mucho mi madre me regañaba por lo mismo. Supongo que me resulta terapéutico. Además, doy por hecho que lo que me pasa a mí también les pasa a los demás, y siento que contarlo me conecta con ellos.
¿No siente pudor al hacerlo?
Igual debería, porque pensar que tu vida cotidiana interesa a los extraños es muy algo narcisista. Mi colega Albert Serra tenía cierta razón cuando se quejó de la tendencia del nuevo cine catalán a la autoficción. “¿Cómo me van a interesar esas vidas si no me interesa ni la mía, que es mucho más interesante?”. Pero no, no lo siento.
Entre otras cosas, Altas capacidades critica la facilidad con la que las personas renunciamos a nuestros valores morales cuando chocan con nuestros intereses personales. ¿De verdad somos tan hipócritas?
Somos muy autoindulgentes, y creo que tiene que ver con el signo de los tiempos. Cuando yo era más joven, estaba muy en boga la falsa modestia; ahora, al contrario, lo que se lleva es presumir sin ningún pudor de todo, como si fuéramos esos raperos que aparecen en los videoclips lanzando billetes. Me deja perplejo. Y cada vez escucho más a menudo a gente que dice: “yo nunca me arrepiento de nada”. No lo entiendo, la verdad, porque yo cada mañana me arrepiento de 26 cosas nada más levantarme.

¿Diría que los padres usan la crianza de sus hijos para resolver sus propias frustraciones, como hacen los protagonistas de la película?
Sin duda, los padres proyectamos nuestras mierdas sobre nuestros hijos. Y creo que, en general, intentamos tener con ellos una actitud contraria a la que nuestros padres tuvieron con nosotros. Yo, por ejemplo, intento que mi hijo nunca se aburra, y él no concibe la idea de hacerlo; tiene una agenda social increíble, parece la de un ministro. También creo, y es otro asunto apuntado en la película, que tendemos a a proteger y defender a nuestros hijos a toda costa aunque se comporten como patanes.
Y aunque, por ejemplo, compren el discurso machista y reaccionario que actualmente tanto está calando entre la gente joven..
Cierto. Yo tengo un proyecto entre ceja y ceja, que es una película sobre un padre que descubre que su hijo es la reecarnación de Hitler; se titularía Mi luchita. Me encantaría hacerla, pero la verdad es que cada vez que le cuento la idea a algún productor, se le tuerce el gesto. Yo soy el típico padre que está tenso todo el rato, así que entiendo cada vez más a quienes deciden no tener hijos. Es un follón. A mí me da mucho miedo que mi hijo acabe cayéndome mal, o que resulte no ser alguien especial, o que no le vaya bien la vida. Todos los padres, o casi todos, tememos lo mismo, y el tipo de colegios privados que la película retrata se nutren de esos temores.
De ahí el título Altas capacidades…
Eso es. Para convencerte de que pagues una millonada al mes por su educación, esos centros elitistas te venden la moto de que tu crío tiene altas capacidades. Cuando yo buscaba colegio para mi hijo, entré en contacto con alguno, y me di cuenta de que encarnan el capitalismo salvaje aplicado a la enseñanza, como si mezclaran los dictados del método Montessori con los del IBEX. Tienen lemas como “Educamos a los futuros líderes”, que me parecen de una pretenciosidad mayúscula.

Pero es cierto, ¿no es así? ¿Cuántos futuros líderes cree usted que van a colegio públicos?
Muy pocos, es verdad. En líneas generales, la educación no hace más que contribuir a la segregación entre ricos y pobres. Y por eso no es extraño que, por ejemplo, todos los miembros del consejo de dirección de una gran empresa sean exalumnos del mismo colegio. Puede que, en algunos casos, los sistemas de becas permitan que se active el ascensor social, pero son la excepción.
‘Altas capacidades’ también tiene mucho de sátira contra esa clase pudiente. ¿Reconoce que atacar a los ricos le proporciona cierto placer perverso?
Por supuesto. Cuando paseo por la calle, cada vez veo a más gente conduciendo un Ferrari o un Porsche, y confieso que me irrita un poco. Yo creo que, en buena medida, el humor y la sátira funcionan a modo de revancha contra la realidad, como una forma de sobrevivir a ella.
En cualquier caso, parece que últimamente hacer sátira de la realidad se ha convertido en deporte de riesgo, y que algunos chistes acaban en denuncia. ¿Qué opina de ello?
A lo largo de mi vida yo he hecho humor con ETA y con otros asuntos potencialmente delicados, y mentiría si dijera que he tenido que morderme la lengua alguna vez. En cualquier caso, creo que la gente tiene tanto derecho a protestar por un chiste que no le gusta como el que el cómico tiene a contarlo en público. Considero que se debería poder hacer chistes con todo y que, si haces el chiste, debes estar dispuesto a aguantar que te pongan verde. En cualquier caso no deberían ponerse vetos al humor, porque hacerlo es como sugerir que el público es incapaz de distinguir lo que le parece moralmente apropiado y lo que no o, en otras palabras, tratarlo de idiota.
