La vida de Alexandra di Stefano parece escrita con varios alfabetos a la vez: el del periodismo internacional, el de la literatura, el de la meditación y el de una búsqueda interior que la acompaña desde niña. Periodista, escritora, poeta, profesora de mindfulness y creadora de joyas simbólicas, su trayectoria no cabe en una sola etiqueta. Tal vez porque nunca ha vivido de espaldas a esa inquietud que la ha llevado a cruzar países, cubrir conflictos, escribir novelas y enseñar a otras personas a mirar hacia dentro.
De origen catalán y apellidos italianos, Alexandra di Stefano trabajó durante dos décadas para la Agencia EFE, el servicio en inglés de la DPA alemana y la Agenzia Ansa italiana. Su biografía profesional está atravesada por destinos internacionales, noticias duras y una mirada muy particular sobre el mundo. “Soy bisnieta del pintor impresionista Eliseo Meifrén; mi madre siempre fue una voraz lectora y me inculcó el amor por los clásicos y por los temas espirituales”, cuenta a sus 64 años en una entrevista exclusiva con La Vanguardia.
Una infancia marcada por los libros, el arte y la búsqueda espiritual
El universo cultural en el que creció Alexandra di Stefano fue decisivo. La biblioteca familiar, el amor por la lectura, la herencia artística y el contacto temprano con prácticas meditativas moldearon una personalidad difícil de encerrar en una sola vocación. “De niña quería ser a veces escritora, a veces monja y a veces cantante de la bohemia francesa”, recuerda con humor en La Vanguardia.
Aquella mezcla de imaginación, espiritualidad y deseo de expresión acabaría convirtiéndose en una brújula vital. Di Stefano no ha dejado de buscar respuestas sobre la existencia, la naturaleza del ser y la realidad. Esa inquietud ha estado presente en sus viajes, en sus crónicas, en sus novelas, en sus poemas y también en las clases de meditación que imparte hoy en Barcelona.
Del periodismo internacional a la literatura
Su llegada al periodismo tuvo algo de azar. Filóloga árabe de formación, encontró una oportunidad en la Agencia Efe cuando todavía no había cumplido los treinta. “Soy filóloga árabe y la agencia EFE buscaba a alguien que supiese lenguas”, explica. En 1989 recaló en Chipre, enclave clave para la información internacional y punto de observación privilegiado de algunos de los grandes conflictos de la época.
Desde allí cubrió noticias relacionadas con Irán y la guerra de Irak. El contexto era intenso, casi novelesco. “Mis mejores amigos de entonces eran espías, diplomáticos y periodistas. Nuestras cenas eran en la línea verde, que partía Nicosia en dos, la última ciudad dividida del mundo. ¡Imagínate qué divertido!”, rememora.
El periodismo le dio oficio, disciplina y una forma de mirar. Las crónicas de radio, las noticias y los reportajes le proporcionaron, según ella misma reconoce, herramientas internas para dar el salto posterior a la novela y a la poesía. La escritura siempre estuvo ahí, esperando su momento.
El Premio Planeta y la palabra como arma
La primera novela de Alexandra di Stefano, El sueño de una sombra, tiene un fuerte componente autobiográfico y quedó entre las diez finalistas del Premio Planeta 2020. En ella aparecen tres de los pilares que han sostenido su vida: el periodismo, la justicia social y la espiritualidad. “Fue una alegría y una sorpresa para mí”, reconoce en La Vanguardia al recordar aquella selección.
La obra abordaba realidades durísimas que había conocido durante sus años de trabajo y observación internacional: el maltrato de la mano de obra en Dubái, las condiciones del servicio doméstico en los países del Golfo Pérsico o los niños secuestrados para participar en carreras de camellos. Imágenes que no se borran fácilmente. “Me horrorizan la banalidad del mal y la inmoralidad de las sociedades en tiempos de paz”, afirma.
Después llegaron dos poemarios: Un salto al infinito y Todo es un grito para decirte que me quieras. El primero se apoya en sus experiencias meditativas. El segundo tiene un tono de denuncia social y mira hacia heridas abiertas como los niños de Gaza o las mujeres afganas. Para Alexandra di Stefano, escribir no es un adorno ni un refugio inofensivo. “Para mí la palabra es un arma”, resume.
Espiritualidad, joyas y una vida en transformación
La búsqueda interior atraviesa toda su trayectoria. En cada país, Alexandra di Stefano encontró maestros y tradiciones distintas: desde un maestro cristiano esotérico en Chipre hasta un yogui en Dubái o sufíes en Indonesia. Esa red de aprendizajes le permitió sostenerse frente a algunas de las realidades más duras que tuvo que documentar como periodista.
Pero su creatividad no se detuvo en la literatura. También encontró en la joyería una forma de expresión artística. Inspirada por orfebres de Dubái y por antiguos diseños cerámicos, creó una colección llamada Anima Mundi. Son piezas multiculturales y multiespirituales, cargadas de símbolos. “No valoro los objetos por cuánto cuestan, sino por lo que quieren decir”, explica.
Esa idea de transformación aparece una y otra vez en su discurso. Para ella, cambiar no es una cuestión de edad, sino de conciencia. “Se puede dar a cualquier edad”, defiende. Y añade: “Cuando nos transformamos, también podemos transformar el mundo”.
Mindfulness para mayores y una nueva etapa creativa
Hoy, Alexandra di Stefano imparte clases semanales de meditación en el Casal de Gent Gran Maria Aurèlia Capmany de Barcelona. Su curso, Mindfulness: La naturaleza de la mente, reúne a medio centenar de alumnos de entre 60 y 90 años. Algunos llevan una década meditando con ella.
“Utilizo técnicas clásicas que aprendí con mis maestros, que son las que funcionan, y ahondamos sobre todo en el conocimiento interior: qué somos, qué queremos y cómo podemos mejorarnos a nosotros mismos y al entorno”, explica. La enseñanza se ha convertido así en otra prolongación de su forma de entender la vida: aprender, compartir y no dejar nunca de avanzar.
Su rutina también habla de esa serenidad buscada. Se levanta temprano, medita, practica yoga y escribe. Por la tarde lee o acude a algún acto cultural. Dice que vive acompasada “con el sol y los ritmos naturales”. Y, aunque ha superado los 60, no se siente atrapada por la edad. Tiene una nueva novela, otro poemario y un libro de relatos en camino.
“Yo creo que cuando nos sentimos vivos, estamos vivos. No me siento con la losa de los años sobre mi cabeza. Nadie sabe qué pasará mañana: yo me dejo fluir”, afirma. En esa frase cabe buena parte de su recorrido: el de una mujer que ha visto el mundo, ha contado sus heridas y ha decidido seguir escribiendo desde la calma.
