El asesino de Francisca Cadenas, ante sus huesos: “Sé lo que hay ahí”

La UCO entró en la casa con pico y pala, convencidos de que Julián enterró allí a Francisca. "Apestaba y estaba desordenado", revelan a Artículo14

Francisca Cadenas - Sociedad
La desaparición de Francisca Cadenas sigue siendo un misterio siete años después
RTVE

Ellos no lo sabían, pero estaban en una ratonera sin escapatoria posible. Los hermanos González arrancaron la semana con una citación en el cuartel de Zafra, en Badajoz, y la han terminado a punto de entrar en prisión. Al menos uno, acusado de asesinar a Francisca Cadenas. Los dos por igual han seguido, sin saberlo, el calendario previsto por la Guardia Civil. Había una hoja de ruta planificada para derrotarlos, cuyo inicio pasaba por marearlos en un desconcierto de idas y venidas al cuartel. En un principio, por separado, aunque acompañados siempre por su abogado que mantuvo su inocencia in crescendo, pasando de asumirla un martes “al 200 por cien” para alcanzar el 400 el jueves, y terminar claudicando el vienes al escuchar la confesión de Julián.

El Juli, el pequeño de los hermanos, podría enfrentarse a sus 50 años a la prisión permanente revisable, según avance el proceso y se conozcan detalles de la autopsia, que revelen causa y mecánica de la muerte. Tiempo al tiempo. A su hermano Lolo, de 55, al que el asesino ha querido dejar fuera de la ecuación, es previsible que lo manden a prisión provisional, a falta de concretar su implicación real. Al ser hermanos, el delito de encubrimiento queda despenalizado. Y de salir en libertad con medidas cautelares, una vuelta a casa sería, cuento menos complicada. Es el escenario del crimen y queda a tan solo unos pasos del hogar de la víctima, en Hornachos. En esos escasos 30 metros en los que se movió Francis antes de desaparecer el 9 de mayo de 2017 y en los que la UCO fijó su mirada cuando tomó las riendas de la investigación, en 2024.

“Sé lo que hay ahí”

“La casa apestaba y lo tenían todo destartalado, como si tuvieran síndrome de Diógenes“. Es la primera impresión que tuvieron los investigadores de la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil cuando este miércoles entraron en la casa, sobre las 9 de la mañana. Desde que abrieron la puerta guardaron silencio. Pero observaron todo: la entrada de los investigadores de la UCO, del ECIO -encargados de las inspecciones oculares- y de todo su dispositivo. Iban dispuestos a picar lo que hiciera falta, a discreción, y así se lo comunicaron a los dueños de la casa: “¿Dónde está el cuerpo? Decidnos dónde está. Vamos a levantar la casa entera”. Y ante su silencio y su mirada inexpresiva, empezaron a picar.

Sin planos de la casa ni georradar, ni sus experimentados agentes caninos Junco y Dylan, que llegaron 24 horas después a la vivienda y marcaron con su olfato casi una decena de puntos, de los que Criminalística se llevó muestras para averiguar si se trata de sangre de la víctima o no. De los huesos hallados tienen la certeza. Son de Francis. Cuando desapareció tenía 59 años y vestía mallas negras y camiseta rosa. En el boquete cavado en el suelo, del que los agentes sacaron sus restos entre el cemento y el propio forjado, no hallaron nada más: no estaban envueltos en nada, ni en tela, caja o maletín, tampoco se trataba de una arqueta sino de una cavidad abierta para enterrarlos, que quedó sellada después con baldosas. Encima, una lavadora, rodeada de mantas, una planta…  Desorden. Aunque a simple vista se notase el movimiento de tierras. Cuando le mostraron el hallazgo a los hermanos, solo Julián acertó a decir: “Sé lo que hay ahí”.

Impertérritos y cero colaboradores

Una manifestación espontánea de ese tipo, hecha ante esa audiencia, no pasa desapercibida, pero no cuenta como confesión. Esta llegó casi 48 horas después del largo y exhaustivo registro, en el que ninguno volvió a abrir la boca, hasta que el viernes a mediodía se personó en el cuartel José Duarte, abogado de los detenidos, que interpeló así a Julián:

– ¿Eres responsable de los hechos?

– Sí, lo soy. Pero mi hermano, no.

De su boca no salió ningún detalle más. Impertérritos, en palabras de los agentes presentes. El cómo o porqué siguen siendo dos incógnitas a resolver. “Es impensable que aleguen ahora colaboración tras estos nueve años”, resume tajante Verónica Guerrero, abogada de la familia de los Meneses Cadenas desde el principio: “Nunca tuvimos como tal a Lolo y Julián como culpables. Pero ambos estaban en el radar de los 30 metros en los que se perdió la pista de Francis, máximo 50 si se hace el recorrido completo hasta el coche”.

Una calle sin salida

En ese coche la esperaba un matrimonio de amigos, Antonio y Adelaida. “Su hija era como una nieta para mi madre y ellos como de la familia. Por eso nos contó encajar su distanciamiento. Al poco de la desaparición se fueron de Hornachos”, recordaba José Meneses en una entrevista concedida a Artículo14, hace dos años. El hijo pequeño de Francisca todavía esperaba la confirmación de que la UCO iba a encargarse de la investigación, como habían reclamado durante años al constatar el callejón al que habían llegado los primeros agentes.

A los hermanos González los habían interrogado e inspeccionado su casa. “Como a tantos otros y tantas otras”, recalcan fuentes de la Unidad Central Operativa. Niegan de manera taxativa que fueran sus únicos sospechosos y quitan relevancia a la información que circula sobre el sonido de un taladro o unas obras en el interior de la vivienda, ahora registrada, los días posteriores a la desaparición.

También se sospechó de la familia

En casi nueve años, las sospechas han recaído en cada uno de los vecinos que residen en este recorrido, y principalmente en las tres personas que trataron o se cruzaron con ella aquella noche de luna llena: el matrimonio amigo y un temporero dominicano, Carlos Guzmán, al que Francis saludó en el cruce del pasadizo que conectaba la calle Hernández Cortes, donde estaba aparcado el coche, con la calle Nueva, en la que vivía Francisca desde que se casó. En Hornachos, a la calle Nueva la llaman “la calle sin salida”. Esa pareció sería la deriva del caso una vez descartados los tres sospechosos posibles, tras decenas de interrogatorios, batidas y sondeos de pozos, pantanos y casas revisadas, desde el sótano a la buhardilla, incluso las desocupadas, y sin dar con una respuesta.

“A nosotros también nos investigaron, y lo entiendo porque debían comprobarlo todo, pero no fue agradable”, reconoció José Meneses a Artículo14. La familia lo vivió entonces como una demora en la investigación, y ahora como el desvío de un foco que podría haber apuntado directamente a sus vecinos. “Esperamos que el levantamiento del secreto de sumario aclare todas las dudas”, apunta Verónica Guerrero, la abogada de la familia que en 2020 se enfrentó a la resolución de un caso similar, el de Manuela Chavero. Su asesino –Eugenio Delgado, también vecino, de 24 años– le propinó una brutal paliza tras agredirla sexualmente. El jurado en su veredicto de culpabilidad dijo de él que tenía “un concepto distorsionado de la libertad sexual de las mujeres”. Le cayó la prisión permanente revisable. En el caso de Francisca Cadenas, esa sospecha está por confirmar.

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