Durante 32 años, el primer domingo de mayo era su día de la madre, de manera indiscutible. Inmaculada Andrés, zamorana, había tenido un niño y una niña; su vida transcurría entre las bondades y avatares propios de lo cotidiano. Tenía el hogar y el negocio familiar en Tábara y, salvo los dos años que su hija estuvo estudiando en Londres, hablaba con ella o la veía cada día. Nunca faltaba su cita espontánea para tomar un café o hacerle una vista a los abuelos. Casi siempre, a propuesta de Leticia. Hasta que la perdió para siempre.
El 3 de mayo de 2018, un menor de 16 años la asesinó. Leticia Rosino tenía 32. Acababa de mudarse a Castrogonzalo, a una casita que había comprado con su novio David. Tenían planes y un futuro por delante. Pero en su camino se cruzó Diego. “Desde el primer momento supe cómo se llamaba. Aunque yo lo llamo ‘el asesino'”, zanja Inma. En el fondo, prefiere no hablar de él. Ni siquiera quiso verlo en el juicio. No lo pone cara. Solo sabe su nombre y lo que hizo. Lo primero, golpear a su hija con una piedra e intentar estrangularla. La quería semiinconsciente e indefensa para poder vejarla sin piedad. Lo hizo. La violó salvajemente. Pero no le bastó. Cogió la misma piedra para volver a golpearla, y la cambió por una más grande con el fin de quitarle la vida. Cuando lo logró, se fue.

A Leticia la buscaron durante horas hasta que dieron con ella en el paraje en el que la había dejado sin vida su asesino. El mismo que intentó desviar el sentido de las batidas, al paso incluso del novio de la joven, quien sí lo conocía del pueblo. Diego era el hijo del pastor. Capaz de acusar a su propio padre de ser el asesino, con tal de librarse él, como así hizo hasta que decidió confesar la verdad: que la asaltó mientras paseaba. Esa tarde, Leticia iba al encuentro de David para ir a la piscina a nadar juntos, como un jueves cualquiera.
Tres días después, el primer domingo de mayo, se celebró su funeral. “A Leticia la enterramos el día de la madre y este año me hacen otro regalo”. Inmaculada es incapaz de ocultar el resquemor en su voz. Por tener 16 años cuando cometió el crimen, al asesino de su hija le condenaron a ocho años de condena por violar y asesinar a Leticia Rosino, de acuerdo con la Ley del Menor. De haber sido mayor de edad en 2018, por los mismos delitos se habría enfrentado a la pena máxima: prisión permanente revisable. Sin embargo, este 4 de mayo saldrá en libertad con 24 años. Imaginen qué dirá la madre de su víctima al saberlo: “Ojalá pudiera abrir yo la puerta y tenerla de regalo, aunque me hubiera perdido ocho años de su vida. Ojalá. Pero no, él sale y ella seguirá en el nicho para siempre”.
No le pilla de nuevas. Inma echó las cuentas hace tiempo. Sabía en qué fecha saldaría el asesino su deuda con la justicia. Lejos de lo que para ella sería suficiente. Por eso, rehuyó pastillas y terapias, y se aferró a un objetivo del que no se ha desviado en estos ocho años: conseguir que muertes como las de su hija supusieran una pena mayor. Endurecer la Ley del Menor, al menos en lo referente a delitos de sangre. “Yo creo en la reinserción”, aclara, “y él ahora tiene una segunda oportunidad, que espero la aproveche por su bien y el bien de la sociedad, porque si no qué peligro público”.

Ella, mejor que nadie, tiene muy presente de lo que es capaz. Lo teme y le duele incluso no haber recibido una llamada informándole de sus posibles salidas en tercer grado. “Por saber a qué atenerme, porque no quiero encontrármelo jamás. Porque él tiene una orden de alejamiento de la familia de Leticia, pero a saber cuándo se cumplen”. De momento, de cara a su inminente salida de prisión –ingresó en el penal de Álava superado el tiempo máximo en un centro de menores cerrado- le comunicó al juzgado su próximo domicilio, en Bilbao y con pareja. Todo un desconcierto para Inmaculada Andrés: “¿Pero dónde ha conocido a esta chica si estaba en régimen cerrado? ¿Ella sabe con quién está? Porque, al ser menor, en su historial no queda constancia. Y, con 24 años que sale, puede acceder a todo tipo de profesiones, incluso con chavales… Y la gente no sabrá ponerle cara”.
Se lo plantea, pese a que ella ha evitado ponerle como dice: “Cara a un monstruo que no quiero conocer. No podría vivir con la incertidumbre de confundirle con otra persona similar”. Lo que no rebaja un ápice la intensidad de su principal objetivo, que arrancó a los dos años del crimen. En 2020, se puso en marcha la Fundación Leticia Rosino, auspiciada por la empresa en la que trabajaba Leticia, Lácteos Cobreros. Nació con el firme propósito de recoger firmas para cambiar una ley “que se queda corta, porque una vida no vale ocho años de cárcel ni cinco ni veinte”, recalca. Entregada a esa causa, durante ocho años ha contado su fin por doquier. A cada foráneo que pasaba por su supermercado, en Tábara, o cada vez que ha ido a algún lado. Una a una, recogió 26.000 firmas. “¿Qué más da ese número, cuántas firmas vale una vida?”, se lamenta. Aunque el pasado 23 de abril logró entregar 130.000 en el Congreso de los Diputados, gracias a la alianza con otras cuatro familias (dos de Sevilla, una de Córdoba y otra de Girona) con las que comparte tragedias similares. Sus hijos han muerto a manos de menores de edad.
Lleguen hasta dónde lleguen, en lo que respecta al asesino de Leticia Rosino todo seguirá su curso. Como el acto previsto para este domingo en Tábara, donde nació Leticia y donde pusieron su nombre al auditorio del pueblo, levantado en piedra románica y de unos 700 habitantes. A 35 kilómetros de Castrogonzalo, donde perdió la vida y donde también la homenajean cada verano con una carrera popular a favor de la Fundación. Y, pese lo duro que le resulta, como si un muro se levantase ante ella, Inmaculada va: “Se me pone el corazón de punta, porque paso por su trabajo, por su casa…”. Llevaba apenas cuatro meses viviendo allí. Estaba construyendo su futuro.

“Leticia era muy muy familiar. Le daba tiempo a todo. Organizaba meriendas y encuentros familiares los fines de semana, y a cada uno le dedicaba todo el tiempo que podía. Desde pequeñita siempre fue muy aplicada y estudiosa“. Cuando terminó Químicas y Ciencia y Tecnología de los Alimentos, se fue a Inglaterra de au pair para aprender inglés, y en cuanto regresó entró en el laboratorio de la empresa láctea. Sin despegarse del todo del negocio familiar, en el que echaba una mano con los repartos. Emprendedora, ayudó incluso a su hermano a montar un supermercado. “Qué quieres que te diga yo, era una hija diez“.
Igual que no estuvo en el juicio, pese a saber que el asesino pidió un perdón que no creyó, Inmaculada guarda en su casa el sumario en papel que nunca leyó. Son barreras infranqueables. “Intentas sobrevivir, pero es una cicatriz de por vida“, explica. Igual que convive con las fotografías enmarcadas de una Leticia vestida con el traje regional o en París, o en medio del pasto o posando juntas sonrientes ante un café como tanto les gustaba hacer, y sin embargo le resulta inviable abrir un álbum familiar o sentarse a ver las fotos de su hija siendo bebé. Lo que no le impide contarle cosas casi todos los días, mientras le lleva flores frescas al cementerio: “Como yo digo, voy a darle un beso a la piedra fría. Perdona que hable desde la rabia. Pero es que él sale y ella no vuelve. Con ocho años no se puede pagar una vida. Y encima este lunes hay un asesino y un violador más en la calle”.
